El chico con el ano más limpio del mundo (A boy)

Fotografía Nan Goldin

Es febrero en Bruselas. El mes más corto del año. Y el más feo en la ciudad. Los dedos de Jon van perdiendo movilidad. El frío los atonta. Su destreza para liarse un piti se consume como el tabaco. Mueve sus piernas, sobre todo la izquierda, al compás de un disco rayado. Mañana, por fin, tiene una entrevista de trabajo. A su lado, Maarten. Maarten no fuma ni bebe; es un chico tímido. Eso le ayuda con Jon, especialmente cuando se emborracha y empieza a decir tonterías. Le cuida.

Las estufas de la terraza de Le Verschueren calientan levemente sus coronillas. El gato del bar se resguarda en el interior. En verano se aventura entre las mesas, pero desde el primer confinamiento ha perdido la confianza. Como Jon. Lleva tres cervezas encima. Siente presión. Mucha presión. En el pecho. En el cuello. En el culo. Aunque, en realidad, no es algo nuevo. En la escuela cuando jugaba al fútbol y su padre le gritaba desde las gradas. En el internado al que fue a parar cuando sus padres se separaron. Puede aguantar muchas más, aunque son las nueve y ninguno ha cenado. Sólo se acepta efectivo y Luka ha ido a sacar dinero. Los tres se conocen desde hace años, sin embargo, ninguno ha nacido en la ciudad. Luka paga las cervezas y les invita a un kebab con salsa picante y patatas fritas. Es el único con un trabajo digno. Luego irán a casa de Patricia. Ha insistido Jon. Han acordado.

Patricia vive en la calle Guillaume Tell con su hermana poeta. Entre Patricia y Jon hay algo. Reaccionan a sus posts en Instagram. En fiestas pre-COVID se buscaban, y acababan cerca, aunque estuvieran en la otra punta de una habitación. Jon no entiende por qué no han pasado de un beso. Fue hace un año en C12. Tomaron MDMA. ¿Quieres que te bese? Le preguntó Jon con una mano en su trasero. La pandemia lo había jodido todo; habían pasado meses sin verse. Sin consumirse.

Fotografía Nan Goldin

De camino, bolsas de basura blancas, azules y amarillas les acechan, esperando bajo la persistente lluvia a ser retiradas. Han comprado más cerveza en lata, y van bebiendo por el camino. La entrevista de Jon es por la tarde así que hace caso omiso a los consejos de Luka de irse a casa. En realidad, quiere follarse a Patri, aunque solo habla a sus amigos de las conquistas consumadas.

Las hermanas viven en el tercer piso. Es miércoles, pero da igual. Están borrachos y suben riendo las escaleras. Miren les recibe arriba con un shh. La fiesta se desarrolla en la buhardilla, donde quedan más aislados. Hay unas veinte personas. Jon conoce a la mitad, Luka algunos más. Huele a marihuana, hay restos de la cena: Lays, aceitunas del Delhaize y hummus. Patri lleva unos pantalones blancos ajustados y una coleta de caballo. A Jon le encantan los pantalones blancos. No tiene claro por qué, quizás es su subconsciente diciéndole que no hay sangre cayendo entre sus piernas, piensa. Vía libre. Patri tiene el pelo tan largo que le sigue llegando a los hombros. Le sonríe.

Son las once de la noche. La gente habla de todo y de nada. Jon empieza a contar una anécdota que sus amigos han oído centenares de veces. En el hipódromo con su padre. Jon tiene dinero, aunque lo disimula a través de sus pintas desenfadadas y su aspecto demacrado. Llevan tiempo sin hablarse. Jon y el padre. Más o menos desde que llamó zorra a su madrastra, delante de su hermana, en el apartamento de lujo al que se acababan de mudar en Londres.
Patri está en el balcón y Jon aprovecha la oportunidad ¿Me has echado de menos? Dice Jon con una sonrisa torcida. Ya quedan pocos en la casa. Maarten y Lukas se han ido poco antes de la media noche. Miren se ha puesto a limpiar frenéticamente. Patricia asiente con la mirada, aunque no emite ningún sonido. Jon toca levemente su rodilla, y enseguida alarga la mano hacia su clavícula. La besa. Va lo suficientemente sobrio para acelerar el cortejo todo lo posible. Cree que cuanto antes entren en su cuarto, entre en su cuerpo, menos probabilidades habrá de que le rechace. Quizás no le gusta, duda, y por eso no ha pasado nada en los meses anteriores. Jon siente que disgusta a mucha gente.

Fotografía Nan Goldin

Quedan un par de amigos de Miren en el sofá. Vamos a mi cuarto, dice Patri antes de que Jon siga sobándola. Tampoco hay que dar un espectáculo. Las cosas se aceleran en cuanto cierra la puerta. Jon va borracho, pero está listo. Toca un poco a Patri para ver si ella también, y así le parece. Me gusta fuerte, le avisa. Me gusta sentirme poderoso. El silencio que sigue a esa declaración se llena con el balanceo de la vieja cama de IKEA al chocar con la pared. Patri es muy bonita. Su cuerpo es suave. Perfecto. Tiene luz. Jon le aprieta fuerte los muslos y le muerde el moflete con fuerza hasta que Patri se aleja. Es como si se la quisiera comer. Es la tercera chica con la que lo hace ese mes. Sin protección. Jon acaba en su estómago ¿Has acabado? Le pregunta mientras le pasa un trozo de papel higiénico. Se pregunta si es de las que se sienten cómodas explorando la parte trasera de un hombre. A él le encanta. Su ex decía que era el chico con el ano más limpio del mundo. Siempre listo.

Patri da un vago sí. Puedes irte, dice. Jon duda. No sabe si es una invitación o una prueba. Seguramente quiere que se quede. No, me quedo – le responde. Es lo que todas quieren. Dormir en cucharita. Quedan diez horas para su entrevista. Jon no puede dormir. Patri está hecha un ovillo. Se ha alejado de él y le da la espalda. Al alejarse se han apretado levemente la mano.

Su alarma suena a las 8 de la mañana. Patri se ha levantado ya; aparece vestida y cepillándose los dientes. Jon no quiere quedarse en la casa. Le tiene un poco de respeto a Miren y espera poder escabullirse sin verla. Su aliento está alquitranado. Se da asco. Necesita una novia que ponga orden en su vida.

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