Leonardo Sciascia, en su centenario

Ten cuidado cuando expulses a tus demonios, no vayas a desechar lo mejor de ti…  

Friedrich Nietzsche 

La única forma real de anarquía es la de los poderosos. 

Saló o los 120 días de Sodoma, P.P. Pasolini 

No permita la virgen / que tengas poder, termina una canción -no recuerdo ahora cuál- de Joaquín Sabina. Sin embargo, no ha habido nada ni remotamente tan fascinante para la intelectualidad mundial desde hace siglo y medio (excepto, por desgracia, el sexo para las múltiples ramificaciones de la Secta del Diván, pero es un sexo enrarecido, atravesado de juegos de poder) como el poder, siempre que sea el poder de los otros, a los que hay que execrar tanto como secretamente envidiar. Esencialmente, un intelectual no tiene nada que ver, pero nada, con un filósofo, pero en ese lapso que va desde la obra de Karl Marx hasta hoy tienden a confundirse, para menoscabo de la filosofía. Es conocido que la figura del “intelectual” como tal, es decir, la del hombre (es una manera de hablar: mujeres ha habido también, desde Mary Wollstonecraft hasta Mary McCarthy, que son intelectuales y no filósofas) que ejerce de conciencia crítica de su tiempo por medio de la escritura se forjó en el caso Dreyfus, oficialmente, pero ya existía antes en las intrigas antizaristas de la Rusia pobre y triste. La filosofía, en cambio, no es eso, la filosofía consiste -entre otras cosas más o menos bien trabadas- en la convicción de que existe un ámbito superior a toda vida social desde el que ésta puede ser juzgada, o por lo menos de algo de un valor mayor para el hombre de razón que todas las trapisondas meramente humanas y puramente pasajeras en las que consiste la coexistencia humana.

En este sentido, Aristóteles es un filósofo, El Filósofo, como decían los medievales, pero en ningún sentido hoy comprensible un intelectual. Claro que Aristóteles estuvo metido hasta el tuétano en los conflictos políticos de su época, tanto que casi le cuestan la vida (como a Dostoiévsky, por cierto, que como filósofo era más bien torpe, pero no a Émile Zola, o a los “10 de Hollywood”, o… en general, y para colmo de desgracias, para que la intelectualidad te cueste la vida en el s. XX tienes que ser latinoamericano, ruso o chino), pero Aristóteles no se dedicaba a eso, Aristóteles estudiaba la forma de volar de un ave, pongamos por caso, y eso es lo que más le gustaba en la vida –el zoon, pues, más que el politikón… Es como si pudiéramos establecer la diferencia entre un filósofo y un intelectual en términos de llevar o no la cabeza tapada. Los filósofos van descubiertos, son esos seres cuyo cráneo pretende estar abiertamente expuesto a los influjos del ser, mientras que los intelectuales son ese otro tipo de lumbreras cuyas únicas preocupaciones tienen lugar en el rango de observación que va de su sombrero (o gorra, o gafas, o pasamontañas de subcomandante, lo que sea) para abajo. Eso explica el porqué Martín Heidegger, por ejemplo, es tan gran filósofo y tan pésimo intelectual, o porque, a la inversa, Michel Foucault se ha colado entre los filósofos sin serlo. Foucault, de hecho, es sin duda el gran intelectual con el que se cierra el siglo XX, cuyas inoperantes doctrinas sufrimos todavía hoy, el hombre que ha difuminado absolutamente, a base de darle vueltas sin concretar ni definir nada, la cuestión del poder. Si Michel Foucault hubiera sido algo filósofo (lo intentaba, por ejemplo en El pensamiento del afuera, que casi es sinsombrerismo filosófico), lo mismo ahora no tendríamos el follón mental que tenemos, que vamos por el mundo viendo correr a los cerdos, es decir, confundiendo el tocino con la velocidad… 

Otro caso eximio de intelectual del s. XX obsesionado con el poder, como si el poder fuese la cosas más extraña y misteriosa del mundo en vez de una de las más habituales y de sentido común de entre las existentes, fue Leonardo Sciascia, de quien se cumplen este año 100 de su nacimiento. Sciascia fue siciliano -fue en Sicilia, por cierto, donde Platón hizo su experiencia más cruda y desengañada con el poder-, y supo elevar a Sicilia a la categoría de observatorio privilegiado de la práctica política mundial. Sciascia era de la casta de Zola, pero con medio siglo más de acumulación de horrores políticos y bélicos a sus espaldas. La Mafia siciliana fue su máximo objeto de interés literario y ensayístico, pero no sólo. En novelas como La hora de la lechuza o A cada cual lo suyo lo que Sciascia muestra es que la Mafia es el tejido mismo de las relaciones sociales en Sicilia, y no un aditamento característico suyo que pueda ser exportado a otros países como si fueran espaguetis o la tarantella que tocan en la boda de El padrino. Quiero decir que en aquella Sicilia secular no había primero el Estado, y después la Mafia parasitándolo, que es lo que ocurre casi siempre, sino que la Mafia era el Estado, configuraba la urdimbre social, sin más, sólo que siendo un Estado por así decirlo puesto al servicio del interés particular de un grupo[1]. Ese sí que es un campo apasionante de estudio acerca del uso cotidiano del poder, y no un hospital o una escuela, como pretendía Foucault (la Mafia deber ser desmantelada, los hospitales y las escuelas obviamente no…) Y además Leonardo Sciascia no lo explicaba, o no siempre, a la manera de Saviano, sino que lo narraba espléndidamente, con aparataje de novela policiaca o de una suerte de atestado judicial –El caso Moro-, o de, como en Las parroquias de Regalpetra, su primera novela, con aires de costumbrismo rural…  

Al ser la mafia un fenómeno, como un abogado lo define, de «hipertrofia del yo», es obvio que en el seno de un estado totalitario se reduzcan en gran parte sus manifestaciones externas; pero es también obvio que la educación necesaria para desautorizar dicho fenómeno sólo se puede conseguir en un estado de libertad y justicia. Los sistemas de Mori, e incluso un mono habría sabido establecer el orden con aquellos métodos que son la locura de los fascistas, sólo lograron anestesiar a la mafia; y esto es tan cierto que no hay más que observar el violento despertar de ésta en la posguerra última. Desgraciadamente, el hecho de que los mafiosos, por su ideal de democracia, se mantuvieran alejados del fascismo o fueran condenados a destierro, significó para el AMG (Gobierno Militar Aliado) un inicial punto de ventaja, ventaja que la mafia está lejos de perder en el actual juego electoral. Sea como fuere, la fuerza política de la mafia, la nobleza de que hacen jactanciosa gala ilustres parlamentarios sicilianos, no esconde sino el homicidio, el abigeato y, en determinadas zonas, el robo de gallinas. La mafia extrae viejas y nuevas linfas de esta democracia; pasada la aventura separatista, se ha replegado hacia posiciones más realistas. De manera que puede suceder a muchos lo que un día le ocurrió al abogado regalpetrense Cravotta. Al abogado le habían robado las ovejas, dejándole al pastor atado a un árbol y llevándose el ganado. El abogado hablaba de ello con un individuo que había encontrado en la ciudad. 

—¿Por qué no se dirige a Gaspare Lo Pinto? —dice el individuo.  

El abogado contesta:  

—¡Pero si ya he acudido a los carabinieri! 

—En casos como éste —añade el otro—, Gaspare es mejor que los carabinieri.  

El abogado, que es persona muy cándida, dice:  

—Pero él ya sabe que me han robado las ovejas, somos amigos y no me ha dicho nada.  

—Demonios —dice el otro—, usted no quiere entenderme; le han robado las ovejas, ¿no?; ¿cuánto valían, cien, doscientas mil?; usted va a ver a Gaspare y le dice que estaría dispuesto a pagar veinticinco o cincuenta mil; ya me dirá si no se las devuelven.  

—Pero si Gaspare es el alcalde de mi pueblo —dice aturdido el abogado.  

—Lo sé —concluye el otro—; como alcalde es cuando mejor van estas cosas; pero es amigo de los amigos, y le conviene estar a buenas con él. 

En España conocimos a Sciascia a través de Manolo Vázquez Montalbán[2]. Manolo decía de él que “paseó su mirada por nuestra cultura como un investigador privado de novela policíaca y siempre fue tan certero en la descripción del crimen como en el reconocimiento de la impunidad del criminal[3]” Aquí es, efecto, donde dolía la herida. Tanto a Sciascia como a Montalbán, ambos con un pasado de militancia comunista dubitativa[4], por así llamarla, lo que les llevaba por el camino de la amargura era la impunidad. Seguro que los dos hubieran terminado por dar por bueno que seguramente haya que asumir que el poder sea una constante antropológica inevitable que lo más que puede hacerse es tratar de limitar, controlar y evitar que no llegue siempre a las peores manos, pero lo que no soportaban era la impunidad. El poder, en el fondo, tampoco es tan interesante como lo encontraba Foucault[5], o lo es únicamente por razones foucaultianas. Quiero decir que el poder, o los poderosos, jamás han urdido un verso digno -recuérdense las relaciones de Luciano y Petronio con Nerón-, nunca han pintado ni medio cuadro decente o compuesto una melodía pegadiza[6], al contrario: los poderosos son esos señores, o señoros, que se compran o patrocinan el arte de los grandes talentos, cuanto más muertos de hambre mejor, porque saben de su propia mediocridad. Tan mediocres son, que ni siquiera han aportado al legado de la humanidad ni un chiste, salvo los chistes que el pueblo ha hecho si acaso a propósito de ellos. De modo que si el poder, o los poderosos, pudieran tener interés, o bien es por pura admiración de los débiles ante la asertividad de la fuerza (la legión de espectadores que aman la saga de El padrino ya mencionada[7]o que adoran a Donald Trump), o justamente por aquello que tanto gustaba a Foucault, o sea, por su perfil criminal. No se entiende bien porque a Foucault le apasionaba tanto la vida de los hombres infames de abajo y no la de los hombres infames de arriba… Sciascia no padecía esa contradicción, tal vez pequeñoburguesa. Sciascia reconoció en una ocasión que la Mafia era un atraso, una pústula, una rémora irracional (los calificativos son míos) de las sociedades actuales, pero que a la vez era estimulante y épica… 

“Todo modo” de Elio Petri sobre guión de Sciancia

De esa especie de obnubilación hacia a lo omnímodo e invencible del poder, como si el escritor hubiera quedado hipnotizado por un áspid momentos antes de ser picado por ella, es de donde nació esa pesadilla que es Todo modo. Vázquez Montalbán, que padecía el mismo hechizo[8], que estaba convencido también de esa cosa hiperbólica y más bien errónea que dijo Sciascia, eso de que “nunca se sabrá ninguna verdad respecto a hechos políticos que tengan relación, incluso mínimamente, con la gestión del poder”, jamás podría haber concebido un infierno así, porque era mucho más sentimental. Todo modo es el precipitado de todas las neurosis de los años sesenta, es decir, de la Guerra Fría -del espionaje tanto como del temor nuclear-, de Vietnam y Chile, del Che y Cuba, etc., todo eso removido y además agitado, en contra de James Bond. Sciascia introdujo en Todo modo todo su odio a la impunidad del poder y lo convirtió en la danza siniestra de los poderosos, y un lector (o espectador de la película de Elio Petri, que es terrorífica) actual podría pensar que el escritor se había vuelto completamente loco, si no fuera porque no mucho después de la publicación de la novelita la Italia del Partido Democristiano que había permitido el asesinato de Aldo Moro descubría una buena mañana que una logia masónica llamada Propaganda Dos había gobernado el país de modo ilegítimo y delictivo con la complicidad de 30 generales, 38 diputados, 4 ministros, algunos ex primeros ministros, redactores de diferentes medios de comunicación, ejecutivos de televisión, empresarios, banqueros, jefes de espionaje, 58 profesores universitarios y 18 jueces. Las parroquias de Regalpetra, La hora de la lechuza y A cada cual lo suyo elevadas a categoría nacional y multiplicadas por el esperpento oligocrático y oligofrénico de Todo modo. Que te enteras y te preguntas que si ha habido nunca democracia… Pero, a la vez, y si uno es sincero consigo mismo, debes confesarte que en los civilizados países del norte de Europa hay que ver lo que aburren (o se aburrían, hasta que se inventaron su propio género político/policiaco, a menudo más suavizado que el nuestro…) 

En fin, lean o relean a Leonardo Sciascia, un gran tipo que escribía muy bien, que fumaba demasiado y que practicaba aquello que señalaba Simone Weil de entender la moralidad como una modalidad de la atención… Les va a parecer un intelectual (no sé si tanto como un filósofo: creo que sombrero no llevaba…) de otro siglo y de otro humor, cuando las cosas se tomaban más en serio y mordían más, con más saña. Desde entonces hasta ahora hemos sido adiestrados para la insensibilidad y la ludificación, con la consecuencia de que nos las van a meter dobladas, con toda probabilidad -el primero Zuck, ahora que se pasa al narco digital…- pero con mucho mayor gusto de nuestra parte. Lo que le ocurría a Sciascia, a Manolo y quizá también a Foucault, es que tenían el sentido de la dignidad humana muy agudizado, algo que en esta vida únicamente te puede conducir al sufrimiento –pero también al genio… Poco antes de morir Leonardo Sciascia, hecho que tuvo lugar no mucho después de la caída del Muro de Berlín, Manuel Vázquez Montalbán le consagró la siguiente columna en El País:    

A partir de cierta edad los escritores nos volvemos casi impermeables a los demás escritores. El narcisismo del escritor maduro es más correoso, menos inocente que el del joven, y, sin embargo, a veces, por una quiebra de la perdida generosidad lectora se introducen literaturas inevitables. 

Mi afecto lector por Sciascia viene de antiguo, del descubrimiento de que aún quedaba en Europa un gran escritor político. Vertebrado por el racionalismo ilustrado, Sciascia denunciaba la esclerosis de la retina crítica y proponía una nueva mirada. La novela no es otra cosa que la propuesta de una mirada sobre la realidad reorganizada mediante las palabras. 

Por eso entré hace un mes en aquella salita de estar de Palermo con el embarazo de un aprendiz de escritor sinceramente agradecido porque el maestro le acababa de conceder un premio, sin otro nexo que el conocimiento literario a distancia. De la mano de dos adoradores de Sciascia, el fotógrafo Ferdinando Scianna y Myriam Sumbulovich, me convierto en uno más del círculo que rodea a un hombre evidentemente herido de muerte. Tanto me lo pareció que me propuse una inmediata retirada, pero fue el propio escritor quien la impidió, engolosinado por noticias culturales de España, su profunda pasión adolescente. Incluso, ilusionado con un encuentro posterior —”cuando esté mejor”—, añadió después de un silencio reflexivo: “Ahora me encuentro muy mal, muy mal”. 

Era una figurilla maltratada por un mal oscuro, asomado incluso a su piel cetrina, aunque los ojos apostaban por la conversación desde una pasión intelectual vencedora de las mordeduras internas de la enfermedad. Luego supe que quedaba ilusionado por el reencuentro. Tal vez en Milán, aprovechando un tratamiento médico. Antes de Navidad, repetía Sciascia, como si temiera una Navidad con crespones sobre las nieves.


[1] Cuando escucho las charlillas de José Ramón Rallo, al cual sacan de la caja fuerte del Instituto Juan de Mariana en cuanto se presenta la menor emergencia ideológica, me pregunto a veces si esa versión tan edulcorada suya del liberalismo, según la cual estar a favor de liquidar completamente el Estado moderno no es más que defender los proyectos de vida particulares de agentes cualesquiera no se avendría perfectamente a encajar con el modus operandi de la Mafia. Naturalmente, Rallo argumentaría que el proyecto vital de la Mafia pasa por normalizar la violencia y que eso está feo, puesto que es invadir ilegítimamente los derechos naturales de otros individuos, pero eso es, al fin y al cabo, lo que hacen las grandes corporaciones actuales por motivos puramente estratégicos y económicos -como la Mafia- y a él no se le caen los anillos.  

[2] Sobre su relación literaria, intelectual y personal.

[3] “Sciascia y Sicilia o la metáfora de la posmodernidad”, en El escriba sentado, pág. 131. 

[4]Pero no es lo mismo en esto ser italiano que español, no sólo por la existencia de las ya extintas Brigadas Rojas, sino por esta impagable anécdota que cuenta Fernando Díaz Plaza en El italiano y los siete pecados capitales (Alianza, pg. 120): En una recepción romana, un diplomático español se quejó a un colega americano de la poca ayuda económica prestada a su país, en comparación con la que había enviado a Italia, la ex enemiga. “Pero hombre –contesto el de los Estados Unidos- ¿para qué íbamos a mandársela? Ustedes son anticomunistas gratis”. No hay más comentarios, excepto que parece que seguimos siendo exactamente los mismos.

[5] El poder, curiosamente, también que le encontraba sumamente interesante a él, y por los motivos correctos y esperables: “Cuando la CIA elogiaba al filosófo Michael Foucault por considerarlo funcional al sistema”   

[6] Ya, ya, veo venir la objeción del emperador Marco Aurelio. Marco Aurelio era un gran escritor, pero téngase en cuenta que el trasfondo de todo lo que pensaba, el estoicismo, tenía ya nada menos que seis siglos de antigüedad cuando él se puso a realizar su contribución, y en ese tiempo los grandes autores del estoicismo, tanto en el plano rigurosamente filosófico, que Marco Aurelio apenas tocó, como en el literario, vergigratia Séneca, ya habían llevado la escuela hasta su cumbre. Algo semejante ocurre con los grandes escritores que han sido aristócratas, como Platón, Chateaubriand, Byron o Pardo Bazán, que para cuando se pusieron a escribir su rango y abolengo ya no valía nada ni creía nadie realmente en él. 

[7] Una de las cosas más graves que se cuentan en la saga es el tránsito de la Mafia neoyorkina al tráfico de drogas, algo que estaba rigurosamente vedado en la Sicilia natal de los Corleone. Ese paso, ese borramiento de una importante línea roja moral es en todo semejante a lo que hoy está intentando realizar Mark Zuckerberg:

[8] Manuel Vazquez Montalban como escritor de terror 

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