Antonio Escohotado: parejo desvarío

Pensaba que esta tarde del 21 de noviembre de 2021, en el estadio de Los Nuevos Cármenes de Granada, en el partido de liga entre el club granadino y el Real Madrid, los jugadores blancos, los madridistas, –hoy de azul intenso como uniforme de jornada– lucirían brazalete negro. En reconocimiento al madridismo de Antonio Escohotado (Madrid, 1941- Ibiza, 2021) que le había llevado a firmar 2020–en colaboración con Jesús Bengoechea– el libro La forja de la gloria. Breve historia del Real Madrid contado por un filósofo aficionado al futbol. Ha habido un minuto de silencio, pensé en el comienzo de la retransmisión que era por Escohotado, pero al final se dijo que era por algún grupo de víctimas de alguna violencia de género. Y eso que esta mañana, cuando se supo la noticia de la muerte de Escohotado, las primeras reacciones en las redes fueron las de Antena 3 y las del Real Madrid, en homenaje éstas a su reconocido madridismo. Pero no hubo nota de duelo negro sobre las camisetas azules en los Cármenes; aunque el homenaje lo firmó el club historiado por Escohotado, con un gran partido que le habría gustado al filósofo fallecido. Tal vez un homenaje sin acuse de recibo.

Hubo, pues, un minuto de silencio a las 16 horas 15 minutos en los Nuevos Cármenes de Granada. Pero no por Escohotado, pese al libro escrito sobre el madridismo, que algunos dirán que es una forma deportiva del franquismo residual y que hacía reír–¡esas sandeces!– tanto a Escohotado, por la simplificación verificada y por la obsesión por ejemplarizar y dogmatizar todo lo pasado que rueda. Y eso –escribir un libro sobre esa suerte de opio del pueblo llano, que se debate en torno a un balón, como suerte de metáfora de la vida– puede redundar en beneficio propio o en perjuicio definitivo de Escohotado. Igual que escribir sobre el otro opio, el verdadero, puede acarrear toneladas de desprecio en un medio nacional cuajado de mojigatería, sabiondez e hipocresía. Pero el beneficio y el perjuicio de Escohotado ya están resueltos y firmados. Tanto por las aversiones y reacciones que provoca en la grey el que toma partido por el no-partido, como por las filias y fobias que se suscitan en el campo del deporte mayor por otro tipo de tropelías. Similares a las filias y fobias por la manera de opinar y pensar que ha tenido Escohotado en toda su trayectoria. En la que nunca ha sido un pensador de púlpito e Iglesia ni de partido y Consigna, y no ha rehuido, por ello, las posibles contradicciones en las que uno puede caer en vida y en ejercicio de su propia libertad de pensar. Pero esa condición lejos de la posición escolástica y académica –al margen de sus clases en la Facultad de Políticas y en la UNED– es la que le ha granjeado tantos partidarios como detractores.

Sospecho que, si en los Nuevos Cármenes de Granada no hubo duelo o recordatorio por Escohotado, no lo va a haber en tantos otros sitios donde no solía ser recibido ni esperado. Así, TVE, en el telediario de las 15 horas del 21 de noviembre de 2021, ha dado un flash tan corto como impropio del personaje. “Ha fallecido el filósofo A.E.”. Sólo 13 segundos y una foto fija. Y lo iremos viendo lo demás.

El sentido de excepcionalidad de la posición de Antonio Escohotado no viene de ahora, viene de lejos y puede contemplarse para ello, la completa reseña disponible en Wikipedia, donde aparecen las sutiles tribulaciones familiares: “La familia Escohotado, ubicada desde antiguo en el noroeste de la sierra madrileña, tiene el primer miembro notorio en su bisabuelo Vicente, que participó en la Revolución Gloriosa de 1868 y fue alcalde de Galapagar”, que bien habría merecido un ensayo reflexivo sobre esas piedras originales del propio Escohotado. Sentido de la excepcionalidad de Escohotado como era reconocido en un lejano artículo de Félix de Azúa, sobre el trabajo El espíritu de la comedia. Que había merecido el Premio Anagrama de ensayo en 1991. Llamaba Azúa a su texto en El País (9 de junio ,1991) Radicales, florales y liberales. Donde el escalpelo azuiano, tejía la piedra escohotadiana con hallazgos llamativos e infrecuentes y trenzaba la labra del texto escohotadiano con algunas sorpresas. Como la referida al calificativo de nuestro hombre. “Escohotado es un científico –empírico–, y sus explicaciones sobre composiciones y posología de los diferentes productos dan buena fe de ello. Pero es también un divulgador, un filósofo, un aventurero, … y a ratos un poeta”. Incluso la pieza azuiana, llamada a ser recordada, comenzaba con una andana fulminante y de alto voltaje que iniciaba la indagación del pensamiento floral. “Tras el derrumbe de la producción intelectual de la industria marxista, la más acuciante tarea del género ensayo es la reconstrucción de un lenguaje capaz de hablar contracorriente. Simplificando la situación podríamos decir que una parte del actual esfuerzo filosófico se dirige a la consideración de la raíz, y otra parte a la consideración de flores y frutos. El pensador radical trata de desvelar la urdimbre oculta que sostiene al árbol y a su enramada; en tanto que el ensayista floral intenta justificar la oferta de frutos y flores, para lo cual tiene que irse por las ramas. El radical niega, es decir, revela la insensatez que pasa por sentido común; pero el floral se esfuerza en explicarnos lo muy sensatas que son las aparentes insensateces. De modo que el radical procura desintegrar el aparato productivo de insensatez, en tanto que el floral se emplea en la defensa de la integración. Panglossismo versus crítica. Escohotado es uno de los poquísimos ensayistas radicales que ha producido este país en el que casi todo el pendsamiento ha sido y sigue siendo vicario de la gerencia eclesiástica o política”.

El último aspecto citado por Azúa en su identificación, el del trato poético con la palabra, surge en algunos de los trabajos periodísticos de Escohotado, como los llamados poéticamente Sobria ebriedad (El País, 16 junio, 1994) y Lujosas cloacas (El País, 24 agosto, 1994), referido el primero al Debate sobre las drogas, y el segundo a la Utilización de los fondos reservados. Junto a las dificultades para etiquetar a Escohotado y su obra, Azúa sopesaba el calibre de la munición desplegada en la obra premiada. Obra premiada que a juicio del articulista sembraba serias dudas sobre las dianas y los disparos. “Por que buena parte del jurado debió de sentirse algo incomodo ante el premiado. Vean ustedes: de los cinco votos, uno era de Salvador Clotas, pieza nuclear del aparato socialista (el PSOE es la institución más bombardeada en este e sayo, especialmente en cuestiones de terrorismo de Estado); otro voto pertenecía a Xavier Rubert de Ventós, lucidamente distanciado del aparato socialista –su libro de memorias políticas es una estupenda lección de inteligencia autocrítica–, pero todavía uncido al mismo; otro voto era el de Fernando Savater, quien en un apéndice dedicado a Heidegger, recibe un severo correctivo personal, asaz doloroso; el cuarto lo ejercí Roman Gubern, seguramente imparcial; y el quinto era el del editor Jorge Herralde a quien, conociéndole, estoy seguro de que se manifestó exquisitamente neutral ¿No es de todo punto admirable la liberalidad y la objetividad de Clotas, Rubert y Savater? Aunque no haya página de Escohotado que no machaque con su martillo las opciones éticas de los jurados, ellos sin embargo reconocen esa verdad y la premian”.

Otra cosa será lamentar con melancolía sobre la imposibilidad de que esa liberalidad de hace años pudiera darse hoy con la misma normalidad.

  1. La evolución de Rubert de Ventós, no es solo la citada por Azúa. Tras su paso por el Senado como miembro del PSC, acabaría recalando en las aguas del independentismo. Llegando a ser asesor e ideológo de Artur Mas.

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