Jose Luis Balbín y «las claves» del debate

«Recuerda siempre que es imposible hablar de manera que no puedas ser malentendido: siempre habrá alguien que te malinterprete.”

Karl Popper

«Hay conversaciones que cabe calificar de fumar opio a dúo»

Jünger Ernst

Creo recordar que Marguerite Yourcenar decía (debí leerlo en algún sitio o se lo oí referir en alguna entrevista) que para que fuera posible una conversación, un diálogo que pudiera progresar, era necesaria una intersección previa, algunos puntos de acuerdo de los que partir, a los que referirse, incluso ciertos conocimientos compartidos, porque si no, era fácil que todo derivara a una discusión estéril que supusiera un seguro alejamiento de cualquier forma de aumentar la sabiduría además de garantizar, al final, una cierta sensación amarga de disgusto. Si esto puede ocurrir entre dos personas evidentemente puede multiplicarse si en la conversación, en un debate público, participan muchas más, cada una utilizando su conocimiento y sus argumentos racionales pero también sus recursos emocionales para tratar de convencer al espectador, que muchas veces no sabe demasiado del tema o ya tiene prejuicios establecidos. Podría parecer que, por ejemplo, en una tertulia de expertos sobre un determinado tema, lo determinante debería ser  la veracidad de los argumentos de cada uno, su racionalidad o su referencia a estudios objetivos, lo que transmitieran sobre la profundidad de su conocimiento. Pero no solo cuenta eso a la hora de persuadir, que sería más importante para gente muy concernida e informada sobre el tema en cuestión, sino que también pueden ser muy determinantes aspectos aparentemente más simples e inmediatos como el aspecto, la forma de hablar, el que se perciba al que habla próximo en algún aspecto o el que se le presente como un experto de muy alto nivel en alguna institución a la que se reconozca prestigio. Algo muy estudiado en Psicología social y que es muy importante tener en cuenta ahora que recibimos tantos influjos que pretenden persuadirnos desde tantos lugares distintos y de forma casi continua por las redes sociales.

Me viene a la cabeza el asunto de la persuasión viendo viejos programas de «La clave», ahora que ha muerto Jose Luis Balbín, con ojos nuevos, también desmitificándolos un poco. Programas que había visto hace más de cuarenta años, cuando los miraba con tanto interés, fascinado por algunos de los personajes que participaban en esas tertulias que me parecían tan elocuentes, que me convencían de sus planteamientos quizá porque yo ya estaba un poco convencido y tenía una postura previa sobre ellos. Eran tiempos de apertura política donde mucha gente creía muy importante y posible contrastar ideas para que el espectador construyera las suyas propias con nuevos matices o nueva información, sin ninguna censura, ejerciendo también de esa manera su libertad recién estrenada.  Algo que no era fácil que se concretara en un programa de televisión donde comenzaran a aparecer personas que hasta entonces había estado apartadas de ella y además, a veces, muy confrontadas por ideología u otros motivos. Sin embargo, la idea del moderador, era precisamente que ellas pudieran hablar libremente, evitando los argumentos ad hominen, con pasión si era preciso, pero con cierta cordialidad, tratando más de esclarecer o aportar perspectivas que de vencer en la discusión, intentando mantener vías de entendimiento, sin caer en el sectarismo. Se acababa de salir del franquismo y todo el mundo, incluidos los partidos políticos,  parecían defender la libertad, la coherencia,  el espíritu crítico y todo eso que luego fue tan difícil de mantener cuando esos mismos partidos llegaron al poder y comenzaron a primar otros intereses, cuando ya dejó de convenir que se hablara de algunas cosas de ciertas maneras y empezaron a aparecer los opinadores profesionales ya muy escorados implacablemente en algún sentido, como ocurre ahora mismo.

Centrar un tema interesante con una película y luego tratar de explorarlo desde perspectivas distintas. Algo aparentemente  sencillo, un poco parecido a lo que se hacía en los “cine-clubs” de la época, pero que puede descarrilar tan fácilmente en cuanto las posturas se envenenen o se moralicen demasiado o aparezcan descalificaciones personales o exageraciones desmesuradas. Lo que Balbín estaba seguro de controlar si él era el moderador y había elegido a los asistentes (aunque tuvieran opiniones radicales o muy identificadas con alguna idea o alguna organización) o el tema fuera muy polémico. Entonces el reto era que gente muy enfrentada pudiera encontrarse y hablar, incluso demostrar que podían existir relaciones cordiales o incluso amistosas entre personas que habían sido enemigas o mantenido ideas muy enfrentadas. Resucitar la actitud liberal, tan rara en este país, de diferenciar ideas y personas, de aceptar que aquellas podían cuestionarse, discutirse, incluso modificarse o al menos a matizarse si se aportaban evidencias nuevas. Se trataba de estimular una posibilidad de convivencia, incluso de reconciliación, lo que de hecho, ya estaba sucediendo en la sociedad española, acabar con el autoritarismo y crear un ambiente democrático.

Mi generación tan aficionada a los debates, a estar siempre discutiendo de temas calientes en los que parecía que nos jugábamos la vida, con cualquier pretexto, tratando siempre de explorar de forma moralista la posición del otro en relación con la nuestra. Acercarnos o alejarnos de alguien, incluso querido, por una conversación anecdótica una noche tomando copas o una sobremesa tomando café; dejar casi de leer a un escritor tras escuchar sus opiniones por televisión o ver su firma en un manifiesto; chapotear de continuo en el «lago Wobegon» estando seguros de que llevábamos razón en nuestras convicciones y en nuestras valoraciones (también de inmediato cuando las cambiábamos), lo que parecía darnos una sabiduría y un derecho casi automático para tratar de organizar el mundo, cuando a duras penas éramos capaces de ordenar los aspectos más sencillos de nuestras propias vidas cotidianas. Los límites y también los riesgos de toda esa actividad, quizá inevitable en la juventud, con la que tratábamos de nutrir nuestro sistema de creencias o de modificarlo en una época muy ideologizada. Aquello de lo que nos damos cuenta con el tiempo aunque caigamos tan a menudo en los mismos errores o persistamos en hábitos inútiles.

Y es que, incluso, en un debate ideal hasta el más sabio en algún tema, apenas tiene tiempo para exponer datos verificables (lo cual ya es en sí mismo muy difícil) y generalmente emite opiniones de las que él mismo ignora en ese momento su procedencia exacta porque no le es fácil recordar toda su experiencia o todos los libros que ha leído y sintetizarlos en algunas frases, ni quizá tampoco ser consciente de hasta que punto su argumento actual es una reacción al argumento de otro contertulio, del que quizá ha seleccionado solo un fragmento con especial repercusión emocional y moral para él, lo que quizá le hace improvisar y embarcarse en una discusión que, sobre todo, trata de construir una historia significativa para neutralizar al otro, aún a costa de incluir razonamientos o evidencias no demostradas que habitualmente el público no podrá apreciar, porque el conocimiento es inmenso y, cada vez más a menudo, críptico para las personas no especializadas. Esto ocurre todavía más en temas abstractos generalmente sostenidos sobre todo por creencias que en sí mismas son irreductibles a cualquier argumentación racional porque no se comparten las premisas de partida. Lo que también supone que cualquier cambio de opinión de producirse no tendría que ver necesariamente con que se ha recibido una información suficientemente completa y correcta sobre algo que antes ignorábamos o no veíamos desde esa perspectivas sino que también nos podemos haber tragado una información falsa que hemos «sentido» como convincente, quizá también sesgados por gestos que nos han suscitado simpatía. Las múltiples dificultades de los debates que comenta Sergio Parra en este artículo.

Los debates en televisión que habían comenzado mucho antes en USA y se habían convertido en trascendentales en la lucha política, también en una posibilidad de espectáculo de masas que era claramente mayor cuando la diatriba era más encarnizada. Lo que me hace recordar el famoso debate de 1968 entre Gore Vidal y William F. Buckley Jr. que es analizado en el documental «Enemigos íntimos«. Es fascinante contemplar a dos individuos muy dotados y de parecida clase social que creen representar mundos distintos e incompatibles, que se suponen una moral superior y que tienen una actitud totalmente ofensiva hacia el otro al que hacen responsable de todo lo que detestan. Merece la pena observarlos un poco desde lejos (mirándonos a la vez a nosotros mismos, analizando nuestras simpatías): son ocurrentes, brillantes a veces, saben mantener el tipo hasta cierto punto, son sólidos intelectualmente pero parecen eludir cualquier tipo de intersección. No analizan hechos sino que hablan de ellos para interpretarlos moralmente y sacar alguna ventaja descalificando al otro. Están polarizados en extremo y parecen convencidos que solo reaccionan ante el extremismo del otro. Kennedy había sido asesinado, estaba la guerra de Vietnan en medio de la guerra fría, había explotado el problema racial y se estaba produciendo una fragmentación social que llega hasta hoy y se ha ido agudizando con el tiempo. Quizá ellos son conscientes de todo eso pero asumen que la solución es casi la eliminación del otro y de todo lo que suponen que representa (lo que por otro lado no era posible). Hasta que llegan las grandes y elementales descalificaciones y casi el paso a la violencia. Es interesante pensar en todo lo que pasó después y en como les afectó a ellos personalmente a lo largo de los años cómo, de alguna manera, estuvieron marcados por ese suceso del que no estaban demasiado orgullosos aunque se pasaran justificándolo toda la vida incluso cuando uno de ellos murió y el otro lo supuso en el infierno cuando él era ateo.

¿Qué hacer después de ser conscientes de todo esto? ¿cómo relacionarse con los demás?, ¿expresar opiniones o callarse? ¿cómo hacerlo para que las relaciones personales no se dañen? ¿cómo (con qué reglas) organizar debates que estimulen verdaderamente el conocimiento y el pensamiento libre algo que, por otro lado, parece fundamental para el crecimiento intelectual, por ejemplo, en el medio universitario? ¿cómo aprovechar las posibilidades actuales para enriquecerlos con información objetiva o con análisis de la veracidad de los argumentos, algo que sería esencial en los debates políticos?. ¿Se puede ser optimistas cuando todos los avances tienden a utilizarse, sobre todo, al servicio de la manipulacion o cuando parece que nuestros cerebros tienen la tendencia a interpretar a los que piensan distinto a nosotros como enemigos?

Seguir hablando a pesar de todo, quizá solo ejecutando un «baile social», más o menos determinado por cosas que se nos escapan pero que es fundamental en las sociedades abiertas, igual que tener la piel un poco dura y saber que hay que asumir los problemas que surjan en nuestra comunicación que, por otra parte, es inevitable, ya que siempre estamos comunicando, aunque permanezcamos en silencio. La importancia de cuidar las relaciones personales que son tan frágiles sobre todo en épocas de polarización y guerras culturales donde, a veces, los heridos y los muertos se quedan en el entorno inmediato, quizá caídos por causas que no conocían demasiado o incluso les eran muy ajenas, aunque creyeran que eran esenciales en sus vidas. La importancia de poder aprender todo esto, de entrenarlo, de encontrar oportunidades de elaborarlo de una forma que implique crecimiento y sabiduría.

Aquellas tertulias de Balbín que pueden volver a verse y analizarse, para ver cómo hemos evolucionado, si hemos aprendido algo, si sabemos cosas que no sabíamos entonces. La nostalgia de aquellos simposios griegos donde reinaba el arte y el placer de conversar, según cuenta Carlos García Gual en «Simposios y banquetes griegos»…

«El kratér (que traducimos como «crátera») era la gran vasija de ancha boca donde se mezclaba en la usual proporción el vino con el agua, una amplia tinaja generosamente colocada en el centro de la sala del banquete. Aseguraba la generosa promesa del festivo don de Dioniso y era símbolo y fuente de alegría amena y distensión coloquial en un marco de una camaradería propicia a las bromas. En el gran cántaro se hacía la mezcla, en calculadas proporciones, del vino con las dosis de agua, de tal modo que los invitados solían beber en abundancia antes de retirarse de la sala o tumbarse embotados por la embriaguez o el sueño. Esa mezcla del vino y el agua caracterizaba para los griegos el beber civilizado, mientras que tomar el vino puro se consideraba propio de los salvajes y bárbaros, gentes como los escitas y también los mitológicos sátiros, aquellas alegres comparsas del cortejo de Dioniso. El vino, fogoso don del divino Dioniso, anima y achispa el festejo, y fomenta la charla distendida, los cantos y los juegos (como el del cótabo). Con franca generosidad, la crátera asegura el circular festivo de las copas e invita a renovar los brindis, un tanto de ritual, y comienza la charla tras las libaciones usuales en honor de los dioses. Al amparo de Dioniso y de Zeus, el simposio despliega un abanico de alegres placeres: bebida, perfumes, cantos, música, danzas, juegos, charlas, embriaguez y erotismo. Beber en compañía y conversar con relajada franqueza con los amigos son los trazos básicos del banquete.»

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