La pena inflama los ojos de Ānanda. A su lado, su amigo y maestro acaba de fallecer. Mientras la piel y los músculos enfrían su tacto con meditado devenir, su cuerpo permanece inalterable. Si los demás discípulos lo contemplasen en lontananza, no creerían que el Bienaventurado acaba de fallecer. Entonces recordó las palabras del Buddha y reconfortó su ánimo. Nada prevalece, todo es efímero, sólo el esfuerzo por alcanzar la iluminación eleva el destino del ser humano. Siddhārtha Gautama acababa de convertirse en algo más que en un ejemplo, en leyenda doblemente inmortal.

El budismo ha legado al común acervo de la humanidad una forma de vida tan rica y ecléctica que es capaz de elevarse como filosofía, como actitud psicológica y, en su versión asequible a todos los públicos, como religión. En el extenso y enrevesado proceso en el que la doctrina del maestro indio fue desparramándose hacia Asia, monjes, pensadores, eruditos, ascetas y curiosos provenientes de todas las latitudes del planeta han ido aportando diversos enfoques hacia esta conciliadora doctrina.

Fruto de los primeros esfuerzos por recopilar las enseñanzas y el modo de vida del Buda Gautama es el Mahāparinibbānasutta o, en castellano, Los últimos días del Buddha. En realidad, el título original no abrevia de forma tan explicativa su contenido, sino que significa Gran Sutta de la Completa Extinción. Sutta, en lengua pali, significa «discurso» y «libro», según el contexto. Aunque cuando se considera que falleció Buda la literatura del subcontinente indio ya era profusa y muy vasta en su riqueza intelectual prefiero imaginar que el contexto original en el que se fraguaron los primeros relatos sigue vigente en la intención con la que nombraron a este peculiar conjunto de recitaciones.

Se trata, en consecuencia, de un discurso colmado de belleza y de profundidad filosófica. A lo largo de las páginas de Los últimos días del Buddha, y a través de personajes como el mítico Ānanda, discípulo y primo hermano del maestro, se abarcan cuestiones políticas, espirituales, de comportamiento e incluso dialécticas. El libro representa un excelso manual sobre el buen vivir, el gobierno adecuado, los peligros de la ausencia de virtud o, quizá el aspecto que más pueda interesar al lector habitual, los relatos. Embarcarme en esta obra universal ha supuesto para mí sumergirme en un viaje hacia la Historia misma en un contexto exótico como es la India ante los ojos de un occidental. Puede que los vuelos internacionales, ahora que la pandemia y el contexto bélico todavía los permiten, aproximen todavía cualquier rincón del planeta al ciudadano de a pie, siéndole requerido tiempo, voluntad y una cierta inversión económica para alcanzar cada recóndito lugar. Sin embargo, el viajero, que mal que le pese siempre tendrá poco o mucho de turista, asiste a un fotograma en diferido de la ubicación donde se encuentra. La cultura, el legado y el modo de vida de otras épocas se escapan a la mirada. Por eso, aunque leer no es viajar, sí nos conduce a momentos inaccesibles. Los últimos días del Buddha han sido capaces de trasladarme a las delicadas narraciones del subcontinente, donde hay reyes tiránicos, pueblos bondadosos, peculiares leones y sucesos maravillosos.

Trotta es el artífice de esta rutilante edición en castellano de uno de los libros más destacados de la literatura budista. Los últimos días del Buddha, adscrito a la colección Pliegos de Oriente, cuenta con la meticulosa traducción del pali, introducción y notas de Aleix Ruiz Falqués, doctor en Estudios Asiáticos por la Universidad de Cambridge, además de contar con unas palabras del doctor de Filosofía y Filología Sánscrita, Òscar Pujol, quienes aportan, además de calidad a la traducción, valiosa información que aún enriquece más la edición. Si desean adentrarse en un libro que hará sus delicias lectoras, les entretendrá y enriquecerá su mirada interior, ésta es su ocasión. Los últimos días del Buddha le atrapará como una anaconda a su presa, pero con la liviandad pacífica de una pluma al caer, sin artimañas ni estratagemas.

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