Serrat: el último concierto

Ha sido un lugar común –casi un tópico al uso – el insistir, en estos días en que se ha producido el concierto de despedida de Juan Manuel Serrat Teresa (Barcelona, 1943) de los escenarios, en que la trayectoria musical de JMS compone –algo así– como “la banda sonora de nuestras vidas”, o de una parte importante de ellas. Si es que puede mantenerse tal afirmación, de identificar cualquier vida –y las hay tantas y tan variadas que resulta difícil mantener en pie la afirmación de la identidad de una vida con un procedimiento sonoro y musical, o con un artista del tipo que señalemos y queramos–. Incluso ese carácter conmemorativo, le ha dado a la gira clausurada un aire de despedida fúnebre y fantasmal, como si JMS hubiera muerto o ya hubiera desaparecido de la vida. Cuando, afortunadamente, sigue entre nosotros y aunque se hayan perdido sus conciertos en vivo, queda su música y su trayectoria recordada.

Esa es la afirmación sostenida por Jordi Amat en El País, en su texto del 18 de diciembre La fiesta de Serrat no se acaba nunca; casi en un juego de palabras de viejas canciones de JMS con otras obsesiones que no terminan nunca. Quien soporta sobre sus espaldas –según escribe Amat– un enorme peso y un legado enorme, toda vez que “que se despide…tras haberse convertido en la banda sonora de más de una generación”. Con ello, con esa permanencia de alguien en ese esfuerzo por ser y verse convertido en banda sonora– se quiere dar a entender una gran popularidad o un importante conocimiento público, por parte del responsable de esas músicas y de esas letras, que quieren ser ya esa banda sonora de una vida o de una generación.

Yoani Sánchez escribía en 2011, y a propósito del recientemente desaparecido cantautor cubano tan encumbrado en su momento, Pablo Milanés, que él junto a Silvio Rodríguez, había contribuido a otra forma de banda musical de matices políticos procastristas: “Con sus canciones ellos habían creado la banda musical de la utopía, los acordes que acompañaba a un proyecto social que muchos no habíamos ni siquiera podido elegir”. Banda musical de la utopía inicial en JMS –como veremos, o como cita Jordi Amat al incluir Cançó de bressol (1967), “como la primera pieza del tríptico político integrado por El Abuelo Vítor, de Víctor Manuel, y Jo vinc d’ un silenci, de Raimon. Las tres asumen el legado de la derrota y sobre esas raíces refundan una identidad cívica”– que muta lentamente a banda musical de una generación o a banda musical de una vida entera, al transitarse otras trochas y otras veredas. Aunque ese atributo de “la banda sonora de nuestras vidas”, bien pudiera aplicarse a tantos otros y tantas otras, que nos han acompañado desde largo tiempo en nuestras vidas y empeños, con sus aportaciones musicales; pero de ellos no se ha referenciado tanto –o no se ha abusado tanto– por ese carácter de acompañamiento y de banda sonora, por más que sus aportaciones hayan sido de gran relevancia y recuerdo. Podíamos citar en esa memorias musicales y abreviando mucho a The Beatles, a Bob Dylan, a The Rolling Stones, a Elton Jones, a Sting, a Franco Battiato, a Miles Davies y a todos aquellos autores/cantantes de larga duración y estimable presencia popular y cultural. También a Serrat dentro del cupo nacional.

Todo ello, en la medida en que JMS lleva en activo, la friolera de cincuenta y siete años, desde que se presentara con sus primeras canciones en el programa Radioescope de radio Barcelona, hasta su concierto de despedida en pasado 23 de diciembre en el Palau San Jordi. Batiendo récords de permanencia en el mundo musical que se encabalga en ese territorio difuso de músicas ligeras, música populares y canciones de autor. Territorios en los que podría ubicarse a JMS y territorios por los que ha transitado con desenvoltura y tiento. No es –no ha sido– uno-y-trino como los conciertos de despedida en su ciudad natal. Hay muchos –o algunos– Serrat que han idos sucediéndose desde ese principio ingenuista y melancólico cuando apenas frisaba los 20 años, hasta el que ahora roza con las yemas de los dedos los 80 años. Cuadruplicando los del verso suelto juvenil y contestario.

Por más que esa permanencia musical de cincuenta y siete años, 32 discos contabilizados, seis películas diversas, 23 poetas musicados y varios cientos largos de conciertos, no haya sido ni constante ni continua. En la medida en que podemos decir que ha habido varios JMS a lo largo de estos años y no uno solo. Desde los pinitos propios de la Nova Cançó catalana, fenómeno que tuvo más de disidencia política catalanista que de apuesta musical específica –bastarían ver la diversidad de sones y tonos, que viajan desde Pi de la Serra hasta Guillermina Mota, desde Raimon a Ovidi Montllor, desde Lluís Llach a Josep María Espinas, y que tienen evidentes limitaciones musicales, como se acabaría demostrando en años posteriores con las eclosiones electrónicas y musicas progresivas, así llamadas–. JMS fue miembro del grupo Els Setze Jutges, grupo animador de la Nova Cançó –ingresó como el decimotercero de los dieciséis–, un grupo de cantantes en lengua catalana que tenía como referente a la chanson francesa, con exponentes como Brel, Brassens y Leo Ferré, entre otros, y que defendieron la lengua catalana durante la dictadura franquista como forma de acción política de la pequeña burguesía catalanista. Sucesos que le llevan a ser biografiado –tan prontamente como en 1972– por Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003). Como una suerte de icono de la otra catalanidad charnega y de izquierdas, buscando MVM una transversalidad sociopolítica que sólo atisbó a ver desde los dobleces de la trayectoria que vendría años después.

Ese movimiento de reivindicación de una lengua se acabaría colmatando con otro sentido del compromiso sociopolítico en el movimiento de 1968, y el conflicto venial y banal del Festival de Eurovisión. Y la pretensión de cantar el La,la,la en catalán para compensar las críticas de sus antiguos compañeros de la Nova Cançó, al ver como JMS se iba distanciando del dogma y haber empezado a cantar y componer en español, la lengua de la opresión como se decía entonces. No podemos olvidar que la composición de la pieza seleccionada para Eurovisión –todo un festival comercial de tintes nacionales propios– se debía a la mano de artistas poco comprometidos con el catalán y con el nacionalismo, como Manuel de la Calva y Ramón Arcusa –es decir, el afamado Dúo Dinámico de nuestra infancia y de otras bandas sonoras–. En 1969 JMS –junto a Augusto Algueró, otro musico del establishment– compone y arregla Penélope, una de las canciones insignia, por más que buscara formas de comunicación comercial. 1970 verá el encierro de Montserrat como forma de protesta, donde se cuenta que comenzó la composición de unos de sus temas redondos y más personales por biográficos, como fuera Mediterráneo. Y los hechos se precipitan con el final de franquismo –como si JMS fuera de suyo un epítome de la sociedad española, no sólo su banda sonora– que pasaría de finales crepusculares de una época gris y dictatorial al nacimiento de nuevos tiempos y nuevas sensibilidades políticas y culturales. Donde cuenta tanto su detención en Pamplona en 1973 y el exilio mexicano de 12 meses en 1975, tras sus declaraciones en contra de la condena a muerte, en consejo de guerra, a once militantes del FRAP y ETA. Un tránsito que Amat define como ética y pop, por más que yo lo vea como un desplazamiento de lo lírico a lo cívico. En donde encontraría lugar sus propuestas musicales adaptando la obra de grandes poetas: 1969, Machado; 1972 Miguel Hernández, 1977 Joan Salvat Papasseit, que ampliaría años después con otros nombres como Cernuda, García Lorca, Galeano o Benedetti.

La normalización de la sociedad española –JMS regresa ya con Suárez en el poder, plena Transición– desde 1977 supone el comienzo de un periodo de equilibrio y una presencia más constante y ajustada en el panorama musical español y sudamericano. Normalizaciones y pesares –como la muerte de su padre en 1980– que darán salida a piezas como Cada loco con su tema (1983) y en 1984   Fa vint anys que tinc vint anys, que supuso de hecho el cierre de todo lo anterior, y no solo por el paso del tiempo verificado sino por los cambios experimentados por él mismo. Las realidades a partir de entonces, incluso las musicales, empezaron a cambiar para hacer de JMS un artista popular –no sé si admitiría él lo de artista Pop, cuando ha sido tan amante de coplas y tangos–. La aceleración de los 90 y de los años del siglo XXI, son de sobra sabidas y conocidas. Desde sus multitudinarios conciertos en giras compartidas, como ocurrió en 1996 con la presencia de Víctor Manuel, Ana Belén y Miguel Ríos para realizar una gira por toda España con el espectáculo titulado El gusto es nuestro. Una sutil inflexión reflexiva, en 2000, con el álbum Cansiones, firmado al alimón por Serrat/Tarrés –otro yo palindrómico, toda vez que Tarrés es Serrat al revés, para evocar piezas del conglomerado iberoamericano: desde Violeta Parra a Víctor Jara o Santos Discépolo. Diez años más tarde, en 2007, realiza una gira que prolonga la de 1996 con otros protagonistas, y así, junto a Joaquín Sabina monta Dos pájaros de un tiro –en una fusión no solo de estilos, sino de composturas de cantantes urbanos muy maduros, devorados por el tiempo–, que los lleva por treinta ciudades españolas y veinte americanas. La curiosidad permite detectar que, en ese mismo año de 1996, año del salto a la fama citado antes, se produjo su doble disco en homenaje a sus compañeros –ya perdidos y muy devaluados– de la Nova cançó, como anticipo de ‘Un adiós a todo eso’ y de título tan evidente como Banda sonora d’un temps, d’un país, último disco de JMS que se publicaría en formato LP, otro guiño para la posteridad y otra banda sonora para el recuerdo.

Hay un hecho que suele pasarse inadvertido y que conviene subrayar, y es la evolución musical de JMS –que la ha habido, pese a los que mantienen la monotonía musical de JMS– desde la observación de sus arreglistas musicales que modulan buena parte de los registros de esa memoria musical generacional o personal y que van fijando su trayectoria. Los cinco compositores más importantes han sido, en atención a su trascendencia: Ricard Miralles, Josep Mas «Kitflus», Josep Maria Bardagí, Francesc Burrull –el primer Serrat de Edigsa y, sobre todo, Miguel Hernández en 1972– y Antoni Ros-Marbà, quienes se encargaron de gran parte de los arreglos musicales de todos sus discos. Entre otros músicos que también han realizado arreglos para Serrat encontramos al polifacético Juan Carlos Calderón –con Mediterráneo– y a Joan Albert Amargós –responsable de Serrat sinfónico e Hijo de la luz y de la sombra–. Merece también mencionarse, por su relevante colaboración en grabaciones y giras durante siete años, al guitarrista mallorquín y amigo personal Gabriel Rosales (Barcelona, 1942; Palma, 2015), cuya impronta musical quedó patente en muchos de los trabajos más conocidos en los inicios de su carrera musical.

Obviamente, banda sonora de una época, según quien lo diga y según lo cuente.

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