De la práctica científica como fábrica de conservas

Su obra no había extraído estima ni de la impasibilidad académica ni de la masa comatosa de los lectores amorfos.

V. Nabokov, Barra Siniestra1

Hace unos días referenciaban en la sección de ciencia/materia de El País una preocupación del mundo científico que a muy pocos de los concernidos podría sorprender. Se trata del hecho de que el protocolo del trabajo académico ha terminado por engullir el talento particular, de tal manera que ya apenas quedan nombres propios (Peter Higgs en física de partículas, o Thomas Piketty en ciencias sociales, pueden ser los últimos de los que oigamos hablar en mucho tiempo) que consigan salvarse de esa trituradora de carne que son los papers, las revistas indexadas o la sobreabundancia de novelas picantes para adolescentes presuntamente escritas por chicas de 20 años. Yo estoy decididamente a favor de la disciplina de rigor que el esfuerzo universitario debe exigir a sus miembros, o en caso contrario especialmente en Filosofía viviríamos en el riesgo permanente de sufrir un affaire Sokal prácticamente cada mes2. Pero por otra parte entiendo que tal ascética es asfixiante cuando termina por convertir los medios en fines, logrando hacer de la investigación libre eso que Max Weber denominaba, remitiendo a la burocracia estatal, “la jaula de hierro”. Ya nadie puede dudar de que el fin de la ciencia, sea ciencia natural o sea ciencia humana, es lo que Leibniz denominaba el Ars Inveniendi, es decir, el arte de inventar o forjar nuevas teorías y aplicaciones, si es que hoy pueden separarse abstractamente ambos momentos. Sin embargo, el cuello de botella de las instituciones implicadas (y no digamos ya si se trata de entidades privadas…) impide en gran parte la realización de este sueño, el de la creatividad sin límites, porque cada vez más el estudio se ve constreñido por una serie de reglas que se parecen más a las pautas para la elaboración de conservas en lata que a una pasión leonina semejante a la que pudo llevar al desdichado Ludwig Boltzmann a la elucidación de la Segunda Ley de la Termodinámica.

La Academia, en efecto, coge a un postulante, le pone a dar a la manivela de procesar lecturas y experimentos, como quien hace churros o salchichas, a continuación le obliga a envasarlas en la forma de artículos que aumentan la baremación de sus pobres méritos, después las etiqueta con esas estancias en el extranjero y esos congresos con dietas pagadas que todos ambicionan, y por último busca la manera de comercializar el producto, que bien pudiera (en el 9999 por 10000 de los casos, supongo) permanecer incógnito y enlatado en un búnker por el resto de la eternidad. ¿Era esto el “seguro avance de la empresa práctica del saber científico en pos de la prosperidad de la humanidad” que prometieron Francis Bacon y René Descartes, entre muchos otros? Para colmo, ahora tenemos el Chat GPT (o el Midjourney, para las Bellas Artes), Inteligencias Artificiales que pueden hacer todo ese engorroso trabajo por tí (eso entre lo que nos echan como un hueso para experimentar con nosotros, a saber lo que tendrá el gobierno chino, por ejemplo), y para cuándo esos bicharracos puedan ser conectados con Internet no quedará un sólo profesional de la ciencia que sepa averiguar ya nada por sí mismo. Por eso digo yo que en algún momento habrá que regresar a la confianza en la pura desnudez del “factor humano”, aunque únicamente sea porque hasta hoy ha demostrado una capacidad de innovación y sorpresa realmente asombrosa que las Inteligencias Artificiales, pese a toda su fuerza bruta, todavía son incapaces de no de igualar, sino siquiera de emular. Que un niño prodigio sea capaz de hacer raíces cuadradas con cinco años es laudable, pero sigue estando lejísimos del increiíle historial personal de alguien apenas sujeto a condicionamiento social, empresarial o material alguno como Michel Faraday.

Es cierto, desde luego, que Faraday necesitó muy poco dinero para sus experimentos, y que hoy para poner a prueba la Teoría de los Campos Cuánticos precisas del Colisionador de Hadrones, que es como estar enchufadísimo en los laboratorios de Reed Richards y Tony Stark al mismo tiempo. Sin embargo, sigue siendo posible la genialidad con pocos recursos. Leo en Lycofrón, Diario de clase, de Fran J. Fernández (168-69, Círculo Rojo), que René Thom, un genio del que yo nunca había oído hablar, tras ganar nada menos que la Medalla Fields -el Nobel de las mates, como dicen en El indomable Will Hunting, con la salvedad de que se otorga cada cuatro años-, se puso a estudiar a Aristóteles y a partir de él desarrolló la Teoría de las Catástrofes (lo cual le valió, por cierto, una pintura del farsante de Salvador Dalí, siempre arrimado al sol que más calienta, titulada The Swallow´s Tail) ¿Podía alguien haber previsto que Aristóteles cumpliría algún papel en la Física del s. XX? ¿Y por qué no, es que no hizo lo mismo con Demócrito -a través de Pierre Gassendi- la mecánica de Isaac Newton? Pues eso es la verdadera ciencia, amigos. Es proliferación de modelos, imaginación de lo exacto, arrebato místico-matemático, a veces, en vez de dar coba, citar a los amigos y olvidarse del thaumazein (asombro ante lo existente) aristotélico. Tengo guardadas dos citas estupendas, totalmente improbables para hombres que vivieron décadas antes de la presente coyuntura posmoderna. La primera es de Niels Bohr, ningún alfeñique:

No existe un mundo cuántico. Sólo existe una descripción física cuántica abstracta. Es erróneo pensar que la tarea de la Física es descubrir cómo es la naturaleza. La Física se trata de lo que podemos decir acerca de la naturaleza.

U otra, nada menos que Werner Heisenberg:

“Tenemos que recordar que lo que observamos no es la naturaleza en sí misma sino la naturaleza expuesta a nuestro modo de cuestionamiento.”

Lo bueno de esto es que lo que “podemos decir” de la naturaleza, nuestro “modo de cuestionamiento”, no acabará jamás, por mucho que la fábrica de churros, de salchichas o de conservas mantenga atascado el ingenio humano, que no es otra cosa que la locura de concebir modelos nuevos…

1 Galaxia Gutenberg, p. 240.

2 Y con razón, por cierto. No hay más que leer este fragmento completamente demenciado de Gilles Deleuze que redescubrí hace poco, concebido casi como una apología de la enfermedad (en ningún momento se relaciona en serio la anorexia con políticas actuales de la imagen), y su asombrosa pregunta final, digna de una broma absurda de TikTok:

En homenaje a Fanny, un caso de anorexia.

En la anorexia los flujos son alimenticios, pero están en conjunción con otros flujos. El anoréxico se fabrica un cuerpo sin órganos con vacíos y llenos. Alternancia de atracones y de ayunos: las devoraciones anoréxicas, las ingestiones de bebidas gaseosas. Ni siquiera habría que hablar de alternancia: el vacío y el lleno son como los dos umbrales de intensidad, ya que de lo que se trata es de flotar en su propio cuerpo. No es un rechazo del cuerpo, es un rechazo de lo que el organismo hace sufrir al cuerpo.

El vacío anoréxico no tiene nada que ver con una carencia, al contrario, es una manera de escapar a la determinación orgánica de la carencia y del hambre, de escapar a la hora mecánica de la comida. El anoréxico tiene todo un plano de composición para fabricarse un cuerpo anorgánico (lo que no quiere decir asexuado: al contrario, en todo anoréxico hay un devenir mujer).

La anorexia es una micropolítica: escapar a las normas del consumo para no ser uno mismo objeto de consumo. El anoréxico es un apasionado: si traiciona al hambre es porque el hambre lo traiciona sometiéndolo al organismo; si traiciona a la familia es porque la familia lo traiciona sometiéndolo a la comida familiar y a toda una política de la familia y del consumo; por último, si traiciona al alimento es porque el alimento es traidor por naturaleza (el anoréxico tiene la idea de que el alimento está lleno de larvas y de venenos, de gusanos y de bacterias).

La anorexia es una historia de política. Existe una política desde el momento en que hay continuo de intensidades (el vacío y el lleno anoréxico), emisión y captación de partículas alimenticias, y sobre todo conjugación de flujos (el flujo alimenticio entra en relación con un flujo de vestimenta, con un flujo de lenguaje, con un flujo de sexualidad: hay todo un devenir-mujer molecular del anoréxico, ya sea hombre o mujer).

Pero entonces surge la otra pregunta: ¿por qué el agenciamiento anoréxico descarrila con tanta frecuencia?, ¿por qué se vuelve mortífero?, ¿qué tipo de peligros roza constantemente y en cuáles cae?”

(en “Diálogos”, Gilles Deleuze / Claire Parnet, págs. 123-127, editorial Pre-textos, Valencia, España, 1980)

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