Luis Mateo Diez y la infinita provincia

Tomo prestado el nombre del poemario de Francisco Gómez Porro, para dar salida a estas líneas leonesas y manchegas que confraternizan el páramo leonés con los rincones provinciales del valle del Guadiana que captura el poeta de Villarrubia de los Ojos,

Escribíamos en estas páginas en 2020 a propósito del Premio Nacional de las Letras 2020, otorgado a Luís Mateo Díez (Villablino, León, 1942) un perfil de sus hechuras literarias y vitales. “Ya, con anterioridad a ese año, había obtenido el Premio Nacional de Narrativa en 1986, por La fuente de la edad y en 2000 con La ruina del cielo, –que prolongaba el territorio mítico-literario de Celama abierto con El espíritu del páramo– obtenía el Premio Nacional de la Crítica. En ese mismo año 2000, fue elegido como miembro de la Real Academia de la Lengua para el sillón I. Más tarde, con Vicisitudes, obtuvo el Premio de la Crítica de Castilla y León en 2018. Es decir que LMD, no sólo por edad sino por trayectoria literaria consolidada, es [era ya] un escritor maduro [y madurado] que ha crecido lejos de los focos mediáticos y de cierta espuma celebrativa, pero que ha ido elaborando una sugerente trayectoria que se iniciaba con los cuentos del Memorial de hierbas en 1973, que iba a fijar de manera temprana el tono y la inclinación toda de LMD al cuento y al relato corto, para dar paso en 1977 a su primera novela Apócrifo del clavel y la espada”. Obra que alguna solapa posterior, de Alfaguara, en un ejercicio editorial apropiatorio al ignorar antecedentes, reubicaba en 1988, y en cuyo prologo del momento, Agustín Delgado –poeta y compañero en la revista Claraboya establecía, prontamente, algunas claves interpretativas anticipadas de la obra mateiana. En la medida en que Delgado aventuraba –como un vidente premonitorio– las constantes que vendrían después. Y así, fijaba. “LMD ha escrito muchas cosas excelentes: poemas críticos, relatos de la provincia y de la frustración, vidas ensimismada en la urbe a degüello, novelas esperpénticas de degradar”. El carácter provincial y paramero de esa escritura tersa y luminosa, trae causa del apego leonés de LMD por su propia tierra, aunque radicado ya en Madrid, iría marcando su propia singladura literaria, tanto con los ensayos sobre la región leonesa de Babia (Relato de Babia, 1981), como en los ejercicios que trenza sobre Laciana, comarca a la que pertenece su Villablino natal (Días del desván, 1997 y Laciana: suelo y sueño, 2000). Donde el peso de las ruralidad castellana en extinción –antes del descubrimiento de La España vacía de Sergio del Molino, ya había una conciencia de la ruralidad, del despoblamiento y del hundimiento de muchas realidades quebradizas– va a ir destilando un personal mundo de rememoraciones, adioses e invenciones fulgurantes. Junto a todo ello, conviene destacar la invención geográfica que realiza LMD de Celama que, para algunos estudiosos, emparentan ese empeño de LMD con los producidos por tantos otros escritores que han precisado idear y fijar un territorio en el que asentar sus ficciones y obsesiones. Desde el Yoknapatawpha de Faulkner, al Macondo de García Márquez, desde la Santa María de Juan Carlos Onetti a la Región de Juan Benet o la Comala de Juan Rulfo, componen muestras de identidades territoriales de diversas ficciones universales; permitiendo pasar de la singularidad del territorio menudo, reconocible y desmenuzado a la universalidad de los sentimientos, agravios, desmemorias y pérdidas. Un territorio, el de Celama, en el que asentar sus invenciones más urgentes y soleadas como El sol de la nieve o El día que desaparecieron los niños de Celama (2008) y que anticipa la desolación del páramo tanto, como la despoblación rural y la soledad del medio. En una captura próxima a la realizada por el vallisoletano Delibes en su visión herida de la ruralidad alterada, y que va a marcar a LMD más que a otros escritores leoneses. Grupo geográfico y biográfico que componen un bloque si no compacto, si reconocible de adherencias rurales y de fibras memoriosas: como el citado Agustín Delgado (León, 1941-2012) y autor del poemario Espíritu áspero y Nueve rayas de tiza; José María Merino (León, 1941), responsable de El centro del aire y La orilla oscura; y Juan Pedro Aparicio (León, 1941) autor de la Gran bruma y Tristeza de lo finito. A los que podríamos agregar otros más jóvenes como Jesús Torbado (León, 1943), Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, 1953) o Julio Llamazares (Vegamián, 1955). Incluso algunos –y por proximidad física de la Salamanca norteña– adhieren al más raro de todos, como fuera José Miguel Ullán (Villarino de los Aires, 1944-Madrid, 2009), por más que los intereses de Ullán radicaran en otras latitudes más universales, y que llamó a Delgado “entrañable lobo estepario”.

Una desolación del páramo que dio pistas para la novela El espíritu del páramo, (1996). Y esta es una cuestión para destacar, la elegancia y seriedad en la denominación de sus trabajos, atributo que comparte LMD con Vicente Molina Foix, otro autor reconocido por su maestría en la fijación de los títulos de sus trabajos, incluso de los trabajos de otros autores. Bastaría un recorrido panorámico para corroborar lo afirmado sobre la mano de LMD. Las estaciones provinciales (1982), La fuente de la edad (1986), Brasas de agosto (1989), Los males menores (1993), Camino de perdición (1995), La ruina del cielo (1999), El fulgor de la pobreza (2005), El expediente del náufrago (2008) y La soledad de los perdidos (2014), componen algunos de los títulos celebrados que esconden en sus páginas un fervor parecido al manifestado en su denominación directa y oblicua al mismo tiempo. Y cómo, a mi juicio, muestra la pieza breve Azul serenidad o la muerte de los seres queridos (2010), última pieza de las por mí leídas de LMD, que cierran el ejercicio de la rememoración familiar con tono funeral de lo que ya es ineludible y perdido. Describir la muerte de los próximos desde la soledad herida de las palabras. Eso cuenta Pilar Adón en su texto de El País, Luís Mateo Díez y las enfermedades del alma: “Luis Mateo Díez se atreve a mirar a la cara de ciertas realidades que muchos no queremos divisar ni de lejos. El atraso, el vacío, la cerrazón, la oscuridad. Los escenarios de los que venimos y a los que no queremos volver, pero que se presentan ante nosotros de tanto en tanto para recordarnos que ahí siguen. El cainismo, la envidia y el mal fondo. Y si Luis Mateo Díez puede enfrentarse a tanta culpa y a tanta rabia de una historia compartida es porque acude a la belleza de la prosa, a la perfección del texto, el vivo ritmo narrativo, agudo y desenvuelto, la agudeza de los diálogos, beneficiarios de la narración oral, y, por supuesto, el tono humorístico de todo”. Más allá de la enfermedad de vivir, la literatura –en una estirpe cervantina del pesimismo humanizado– de LMD se modula, a juicio de Domingo Ródenas, en “imaginación, memoria y palabra son los tres pilares que sustentan su obra…La combinación de esos tres ingredientes dio en 1986 La fuente de la edad, una novela con alma de fábula que transformaba la vida prosaica en una aventura de fraternidad jocunda rebosante de humor. Ahí estaba la memoria de las rutinas provinciales sublimada por la imaginación de Luis Mateo y por la de sus criaturas”.

Por ello, el otorgamiento del Premio Cervantes al escritor leonés LMD, devuelve la cordura a los premios –a algunos premios, al menos– y a las instituciones culturales, al otorgar el galardón a alguien por el solo valor de su escritura y de su obra escrita, dejando fuera del cómputo de méritos otras vicisitudes de lo social, lo político, lo grupal o lo identitario. Y ello tiene más mérito aun cuando el premiado, es ajeno a cabildeos y compadreos a los que nos estamos acostumbrando últimamente, y que componen parte del nervio de la llamada ‘vida cultural’ nacional que se cuece en algunas direcciones generales y en algunos Institutos de rancio abolengo y no poca prosapia. Una ‘vida cultural’ ahuecada y adormecida, tirando al anacoluto y al aburrimiento provincial y provinciano, bien diferente de las enramadas de la ‘eterna provincia’. Y por ello se reconoce el valor de posición de algún creador en función del número de sus seguidores, de sus intervenciones en redes sociales o en programas banales de televisión. Por eso reconocer la trayectoria de alguien tan poco pagado de sí mismo como LMD, tiene el valor de lo reconfortante: el olor matinal de la leña del horno, el ruido de la lluvia sobre las hojas secas, el canto de las aves al atardecer de regreso, el peso de la memoria perdida y la fuente que canta incansable mientras que no se seque.

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