A propósito de Kahneman, pasando por Auster y Dennett

Con la edad tenemos la sensación de ampliar nuestras certezas y, a la vez, de poner en duda las que tuvimos en otros momentos de nuestra vida. Antes, como ahora, tenemos tendencia a sentir una sensación emocional de estar seguros de que estamos en lo cierto en nuestros juicios y nuestras decisiones o al menos más que antes o que otras personas que manifiestan diferencias con nosotros respecto a determinadas creencias o a percepciones del pasado o posibilidades del futuro. Nos pasamos la vida tomando decisiones, a menudo muy rápidas, sobre multitud de cuestiones en las que siempre hay incertidumbre y, por tanto,  una probabilidad quizá conocida que, en general, ignoramos o no sabemos descifrar aunque tengamos una información que no acertamos a ver. No somos demasiado buenos para interpretar un porcentaje de riesgo, sobre todo si es pequeño,  por ejemplo para realizar una inversión o para decidir el riesgo-beneficio de tomar una pastilla o de arriesgarnos a una operación quirúrgica. La mayoría de las veces decidimos intuitivamente por lo que recordamos de la experiencia similar de algunos que conocemos o por la calidad de la comunicación del que nos plantea la decisión o por algún otro recuerdo que de pronto nos da seguridad y nos empuja a creer que todo saldrá bien, como arrastrados por un río de consenso social del que no es fácil salir.

Creemos además que aprendemos a tomar decisiones con el tiempo, que cada vez somos más sabios y consistentes y es probable que en el mejor de los casos eso solo ocurra en algún área en la que tengamos una especial experiencia o conocimiento pero no en otras que, sin embargo, se ven influidas  por esa certeza intuitiva que quizá nos lleva al error de las “soluciones intentadas”, las que tuvimos la sensación de que funcionaron alguna vez y creemos firmemente que seguirán funcionando en el futuro, en situaciones que nos parecen similares cuando no tiene por qué ser así. El problema se amplifica en las relaciones humanas cuando decidimos confiar o no en algunas personas, a veces por detalles de apariencia intrascendente, de los que quizá no somos conscientes y a los que de inmediato adornamos con una justificación racional, a veces muy elaborada y brillante, pero quizá muy poco verdadera. En la política esto puede alcanzar niveles trágicos o ridículos que abren amplios márgenes para la manipulación de los spin doctors pasados y presentes y que generan un gran escepticismo sobre lo que protege el conocimiento o la inteligencia frente a los sistemas de creencias cerrados y totalitarios que terminaron generando infiernos.

Amos Tversky y Daniel Kahneman

Aún así el gran reto humano es saber si el conocimiento y la experiencia pueden mejorar esos sesgos de percepción que tenemos tendencia a tener por cómo está organizado nuestro sistema nervioso. Daniel Kahneman que murió el pasado 5 de Mayo a los 90 años dedicó parte de su vida a estudiar esa tensión entre la intuición, procurada por un aparato emocional que es capaz de procesar mucha información de forma muy rápida y que actúa de forma heuristica (el sistema 1) y el pensamiento racional más analítico y lento y aparentemente más fiable porque se supone que apela a pruebas y a hechos y analiza lógicamente alternativas de forma consciente (el sistema 2). En “Pensar rápido, pensar despacio” cuenta cómo comenzó a estudiar con su amigo Amos Tversky la manera en cómo los humanos procesábamos la información de nuestro entorno y cómo, aunque habitualmente era correcta, teníamos tendencia a cometer errores sistemáticos por “sesgos cognitivos”. Eso tenía especial importancia en economía donde la “teoría de la utilidad” de Daniel Bernuilli suponía que los individuos cuando actuaban como agentes económicos se comportaban de manera racional y egoísta, como Econs. Pero la realidad es que tienden a comportarse como Humanos, con sesgos cognitivos que nos afectan a todos en mayor o menor grado. Por diversos estudios a lo largo del tiempo en este área terminaron dándole el Premio Nobel de economía.

No es lo mismo que nos propongan hacernos una operación con un 90% de posibilidad de curación que con un 10% por ciento de mortalidad. Tendemos a elegir la primera opción aunque las dos sean iguales debido al “efecto marco“. Tenemos tendencia a hacer algo o creer en algo porque muchas personas de nuestro alrededor lo creen (efecto de arrastre) y también a suponer que tenemos mayor influencia de la que tenemos sobre eventos externos (ilusión de control). Y a menudo tendemos a seleccionar la información que confirma nuestras propias hipótesis sin que nos importe demasiado si la información es verdadera (sesgo de confirmación). Hay situaciones en las que estimamos la frecuencia de una clase o la probabilidad de un evento, por la facilidad con que ejemplos o sucesos acuden a nuestra mente (anclaje o sesgos debidos a ejemplos recuperables) con lo que tendemos a juzgar una situación en base a la información recibida recientemente sobre ella. También solemos preferir evitar pérdidas monetarias a intentar conseguir ganancias equivalentes (aversión a la pérdida). Y así podríamos seguir porque la lista es larga. Kahneman y Tversky publicaron en 1974 en Science “El juicio bajo incertidumbre: heurísticas y sesgos” que sigue siendo muy interesante de leer para poner a prueba la propia perspicacia y también para ser consciente de lo importante que es saber aplicar las matemáticas en la vida cotidiana o, al menos tenerlas en cuenta.

El asunto todavía se complica más cuando evaluamos nuestra vida, cuando la recordamos y tratamos de evaluarla. A menudo el “Yo que recuerda”, el que hace un relato de como hemos vivido los sucesos de nuestra vida no coincide con el “Yo que experimenta” y tiene mucha tendencia a olvidar la duración de los eventos y a dejarse llevar mucho de la regla del pico final que nos lleva a juzgar nuestra experiencia en función de como nos sentimos en el punto más intenso y al final, en lugar de basarnos en el promedio de la experiencia lo que supone tener en cuenta el tiempo de duración. Y luego lo que olvidamos aunque nunca del todo porque los recuerdos siempre pueden volver a emerger o al menos podemos tener esa sensación aunque pueda no ser del todo cierta (no hay más que pensar en la posibilidad de recuerdos implantados).

Lo que les ocurre a los personajes de Paul Auster siempre perdidos en una incierta realidad en la que opera un azar no del todo azaroso y donde todo es contingente, puede suceder o no, en un horizonte vital siempre amenazado por la derrota, el desastre o la culpa aunque puedan rescatarse momentos amables en la cotidianidad de la vida, del encuentro con desconocidos de los que puede nacer una intimidad momentáneamente consoladora o grata, como el humo de un cigarrillo (no en vano llamó Smoke al guion de su primera película). Personajes extraviados en la niebla del existencialismo que tratan de buscar sentido a lo que hacen como si manotearan inútilmente para tratar de no hundirse en el mar. Sin dioses pero a menudo buscando sustitutos en ideologías que terminan operando como religiones (conviene releer Nostalgia de absoluto” de George Steiner) y teniendo la sensación de ser arrastrados por fuerzas que se desconocen o no controlan del todo y dudando de su libre albedrío (Daniel Dennet también lo hacía pero pensaba que teníamos que vivir como si existiera y Robert Salpolsky dice directamente que no existe en “Decidido” y que tenemos que vivir y organizar la sociedad teniéndolo presente).

Lo que puede ayudarnos el conocimiento a vivir y a convivir mejor, a tomar mejores decisiones, a no dejarnos atrapar en callejones sin salida donde quizá solo está oscuro porque no se ha encontrado el interruptor de la luz. La dificultad de todo eso cuando se piensa sobre ello y se es consciente de todo lo que ignoramos y quizá ya se conoce o de todo lo que creemos saber y ya se sabe que es falso. La necesidad de aprender a navegar en la incertidumbre, conscientes de nuestros propios límites, sin angustia y sin perder la joie de vivre, ni la capacidad de mirar el mundo y seguir aprendiendo.

Kahneman, Auster, Dennett, su muerte esta primavera y el hilo existencial que los une y nos concierne.

“Pensar rápido, pensar despacio” Daniel Kahneman

“¿Qué se puede hacer con los sesgos? ¿Cómo podemos mejorar los juicios y las decisiones, los nuestros y los de las instituciones a las que servimos y que nos sirven a nosotros? La respuesta es que poco podemos conseguir sin un esfuerzo considerable. Sé por experiencia que el Sistema 1 no es fácilmente educable. Excepto por algunos efectos que atribuyo sobre todo a la edad, mi pensamiento intuitivo es tan proclive a la confianza excesiva, a las predicciones extremas y a la falacia de la planificación como lo era antes de estudiar estos temas. Solo he mejorado en mi capacidad para reconocer situaciones en las que los errores son probables: «Este número será un ancla…», «La decisión podría cambiar si el problema se reenmarca…». Y he progresado mucho más en el reconocimiento de los errores de otros que de los míos.

  La manera de bloquear los errores que origina el Sistema 1 es en principio sencilla: reconocer las señales de que estamos en un campo cognitivo minado, detenernos y pedir refuerzos al Sistema 2. Así es como procederemos la próxima vez que nos encontremos con la ilusión de Müller-Lyer. Cuando vemos líneas con terminaciones que indican direcciones diferentes, reconocemos la situación y sabemos que no debemos confiar en nuestras impresiones sobre la longitud. Desafortunadamente, este sensato procedimiento es el que menos se aplica cuando más se necesita. A todos nos gustaría tener una campanilla que nos avisase siempre que estamos a punto de cometer un serio error, pero tenemos esa campanilla, y las ilusiones cognitivas son por lo general más difíciles de reconocer que las ilusiones de la percepción. La voz de la razón puede ser mucho más tenue que la voz alta y clara de una intuición errónea, y cuestionar nuestras intuiciones es poco agradable en medio de la tensión que acompaña a una gran decisión. Más dudas es lo último que deseamos cuando tenemos problemas. La conclusión es que es mucho más fácil identificar un campo minado cuando vemos a otros caminando por él que cuando lo hacemos nosotros. Los que observan están menos ocupados cognitivamente y más abiertos a la información que los que actúan. Esta es la razón de que escribiera un libro dirigido a críticos y chismosos más que a las personas que toman decisiones.”

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