Reseña de Hilos de un laberinto, volumen I, Quintín Racionero Carmona

Las publicaciones del catedrático de Filosofía Quintín Racionero Carmona se dirigieron en torno a tres grandes áreas de trabajo: una primera dedicada al pensamiento antiguo y medieval, donde destacó su edición, traducción y comentarios de la Retórica de Aristóteles; una segunda relativa a los orígenes de la modernidad y al pensamiento del Barroco; y una tercera en que la preocupación fundamental estuvo constituida por el examen del pensamiento contemporáneo.

Tal panorama de estudios, referido escuetamente por él mismo, no se corresponde a una secuenciación cronológica, pues se dan todos a la vez y se complican los unos con los otros, de modo que prácticamente abarcan todo el horizonte histórico de la cultura europea y, por extensión, occidental. No obstante, no comprendía semejante amplio campo de investigaciones como otras tantas calas eruditas en el pasado —erudición que, sin embargo, poseía—, sino que las empleaba en vistas a dar lugar a grandes tesis capaces de suscitar el debate contemporáneo acerca del origen, trayectoria y ulterior rendimiento del pensamiento filosófico en relación con el tiempo que en cada caso le ha tocado habitar. Así, sus inmersiones en estos u otros tramos de la historia de la filosofía iban encaminadas tanto a reabrir la discusión en torno a núcleos temáticos concretos del pasado como a determinar y sopesar las posibilidades de aplicación que pudieran ofrecer tanto teóricas como prácticas a fin de orientar las problemáticas del presente. Su propia posición filosófica, asumida por él mismo como pragmática sucia (por contraste con las pragmáticas presuntamente limpias de K.O. Apel o J. Habermas), presupone una teoría de la comunicación —en la línea de la teoría de sistemas—, una teoría de la controversia racional y, como trasfondo último, una ontología (u ontopraxeología, en su lenguaje) pluralista que, conjugadas, pretenden hacerse cargo de la naturaleza activa del uso de la racionalidad en el marco del estado de cosas posmoderno.

Políglota y hombre de archivo, se interesó también especialmente por la historia de la arquitectura y el urbanismo. Gran defensor de las ventajas de la disciplina académica, ello no le impidió erigirse en un formidable comunicador, sin incurrir en personalismos. Se puede decir que, quien le conoce solo por lo publicado, como escribió de sí mismo G.W. Leibniz —precisamente una de sus más duraderas y hondas especialidades—, apenas le conoce. Con este volumen, y el siguiente de próxima aparición, sus amigos y seguidores hemos tratado de subsanar esa laguna… 

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