Trato de recordar cuándo conocí a David Hockney y creo que fue a través de un amigo pintor que entonces estaba haciendo “la mili” en Canarias y que trajo unos cuadros figurativos muy luminosos, llenos de color y de alegría. En aquella época, a principios de los años ochenta, llevaba ya tiempo tratando de orientarme por el arte moderno, intentando “entenderlo”, disfrutarlo de alguna manera, pero la verdad es que no me resultaba fácil. Transitaba de las exposiciones a las lecturas un poco a trompicones, fingiendo interés por obras que no me interesaban nada —pero que eran de artistas de moda— o sintiéndome culpable porque me gustaran otras que todo el mundo denostaba por no estarlo. A aquellas alturas, la idea de vanguardia no paraba de girar y girar para llegar siempre al mismo sitio: el cuadro blanco sobre fondo blanco o el arte como “acto de designación” formulado por Duchamp. Un movimiento circular que producía clones y acababa inundando de tedio los museos de arte moderno de medio mundo.En ese contexto, la formulación de la Transvanguardia que Achille Bonito Oliva dio a conocer en 1979 me resultó atractiva porque parecía aliviar una presión moral muy concreta: la idea del arte como progreso obligatorio hacia algo mejor y más puro, una noción que lindaba también con lo político y que pesaba mucho entonces, reforzada por el conceptualismo y el minimalismo. Frente a eso, la Transvanguardia reivindicaba el retorno a la pintura, a la figuración no realista, a la subjetividad, al eclecticismo y al uso desprejuiciado de la historia del arte. En aquellos años emergía con fuerza Miquel Barceló, y también los artistas ligados a la llamada Movida madrileña, como El Hortelano, Ceesepe, Pérez Villalta, Ouka Leele o Javier de Juan. Todo parecía indicar que la pintura y la figuración estaban de vuelta. Y fue en ese clima donde la obra de Hockney empezó a interesarme.

No solo por el color, por su manera luminosa de tratar lo cotidiano, que volvía a reivindicar una cierta idea de belleza posible en el mundo que él también habitaba, sino también por una profundidad existencial que emergía a poco que se contemplaran con detenimiento algunos de sus mejores cuadros. En A Bigger Splash (1967) conviven la arquitectura moderna, la luz cegadora de California, la sonrisa lejana de las palmeras y el optimismo artificial de las piscinas, pero también el instante detenido en la espuma del agua, que por un momento hace desaparecer a quien la ha desencadenado. Esa suspensión introduce una grieta inesperada: el amago de un abismo, el vértigo de lo que podría desaparecer o no volver a emerger, a pesar de la alegría del color, que flota en una extraña soledad. Algo semejante ocurre en Portrait of an Artist (Pool with Two Figures) (1972), donde parecen reflejarse la alegría de vivir y la amistad, pero también la distancia que siempre nos separa de los otros o incluso del propio instante que vivimos. Lo mismo sucede en algunos de sus retratos más conocidos, como Mr and Mrs Clark and Percy (1970–71), Christopher Isherwood and Don Bachardy (1968) o My Parents (1977), donde propone un mundo ordenado y habitable, lleno de objetos que lo hacen deseable a pesar del tiempo que él parece intentar detener. En estos cuadros, las personas aparecen ligeramente ensimismadas, pero con un tono emocional muy alejado de la angustia que transmiten las pinturas de Edward Hopper, a pesar de ciertas concomitancias formales.

Es significativo que Hockney procediera de Bradford, un lugar más bien gris tanto por el clima como por la presencia histórica de las minas de carbón. Vivía en una vivienda adosada pequeña, en una familia de clase media trabajadora, con un padre empleado de una compañía de ropa, aficionado además a la restauración de cochecitos y bicicletas antiguas, y una madre metodista y vegetariana que le contaba historias y lo animaba en sus aficiones al dibujo. Era el cuarto de cinco hermanos. Estudió en la Bradford School of Art y más tarde en el Royal College of Art de Londres; cumplió el servicio militar como objetor de conciencia en un hospital y, en 1961, con veinticuatro años, realizó una primera visita a Nueva York. En 1964 se instaló en Santa Monica, donde comenzó a pintar sus célebres cuadros de piscinas, que parecían representar un mundo muy distinto del que procedía, como si hubiera emigrado en busca de un sueño de luz y quizá también de libertad personal, en un momento en que la homosexualidad seguía siendo delito en el Reino Unido. En 1978 se instaló definitivamente en Los Ángeles, comprando una casa-estudio en Hollywood Hills. Vivió, así, los años sesenta de California, pero no es fácilmente clasificable dentro de los movimientos de aquella época, como el Pop. Supo crear una mirada propia que fue evolucionando a lo largo de toda su vida en formatos muy distintos: no solo pintura, sino también collage, grabado, fotografía, vídeo o iPad. En todos ellos trató de captar instantes de una realidad que para él seguía siendo visible y, de alguna manera, siempre jubilosa.

Tal vez por eso su éxito multitudinario y también su propio gozo de crear, que conservó hasta el final. Su obra es hospitalaria: es un placer mirarla en formatos grandes y pequeños. No oculta la soledad, el tiempo o la distancia entre la realidad y el deseo, pero se niega a convertirlos en una tragedia cotidiana. En un siglo en el que la desesperación y el desencanto parecían constituir la forma de lucidez más sofisticada, Hockney demostró, con sus colores, con su propio mundo y con su oficio, que la realidad aún podía ser mirada sin cinismo. Quizá ahí resida su rareza y su vigencia: en haber defendido, en un entorno cultural que parecía en ruinas, la alegría no como ingenuidad, sino como una forma de exigente lucidez.


PARIS ART EXHIBITION. DAVID HOCKNEY 25 (LOUIS VUITTON FOUNDATION) 10/APRIL/2025