Bastarían dos trabajos centrales –separados entre sí dos años y publicados en el filo del final de los 60 y comienzos de los 70– para contextualizar y revisar el continente Godard, que ha dado recientemente lugar a un previsible/imprevisible debate sobre la película de Richard Linklater, llamada equívocamente Nouvelle vague (2025). De la que él mismo cuenta su mitomanía particular –‘homenaje a Godard, uno de sus ídolos’– en la entrevista de El País Semanal, del 4 de enero, donde lo presentan como ‘El rockero del cine’ y como ‘el gran autor del cine independiente de EE. UU’. Que cuenta con partidarios y detractores a partes iguales, como puede revisarse en críticas y reseñas, como la verificada por Boyero –‘Correcto homenaje al discutible Godard’, en El País del 9 de enero. Todo ello, entre la defensa de la rememoración de un hipotético rodaje que es rodado y rodeado –en un despliegue dual de miradas: las originales que no vemos y las recreadas y desviadas de Linklater– y la crítica de la impostura de fingir lo que no fue visto ni contado, desde el argumento paralelo de la genialidad atrabiliaria de JLG. Y que pretende erigirse en arma interpretativa de la fractura que se produce en la cinematografía francesa, en los finales de la década de los 50, con la llegada, primero de las películas de Truffaut y Chabrol, y después en 1960 con la aparición de A bout de souffle, primer largometraje de JLG que cuenta con todos los ingredientes para su mitificación fácil: guion de François Truffaut, asesoría de Claude Chabrol, fotografía de Raoul Coutard y actores tan anticonvencionales como Jean Paul Belmondo –del cual escribí en estas páginas de Hypérbole el 8 de septiembre de 2021 : “Su talento de actor imprevisto, que bebe aires distintos desde sus ejercicios de boxeo y desde la tradición pictórica paterna –JPB siempre defendió la obra de su padre Paul, pintor y escultor– también lo descubre un joven crítico de los Cahiers du cinema, Jean-Luc Godard, quien –según subraya Jean Michel Frodon en Le Monde– estaba “dotado de una increíble vista para percibir los fenómenos sociales y su traducción visible”. Y eso sería parte de la construcción intelectual que conocemos como Nouvelle Vague como asunto de la modernidad cinematográfica y en donde se quiere ubicar a JPB, como epifanía moderna del cine”– y Jean Seberg; por no contar con la presencia en un cameo de Jean Pierre Melville, tan querido como controvertido. Que se erige, por demás, como hombre puente entre los precedentes del cine francés –desde Jean Vigo a Jean Renoir, desde Jean Clair a Alain Resnais– a los consecuentes de los cachorros de Cahiers de Cinèma, que reivindicaban el valor del cine de autor: John Ford, Alfred Hitchcock, Sam Fuller, Roberto Rosellini o Nicholas Ray.

Todo ese trasvase de la teoría y la crítica, desplegada en la hegemónica revista Cahiers de Cinèma –con su consecuente Política de autores, que daría lugar a la reivindicación de esos nombres de directores por encima de los productores– hasta dar cuenta de los resultados en sus propias obras, componen el mar de fondo del trabajo de Linklater, aunque centrado exclusivamente en el proceso de producción y rodaje –con todas sus arbitrariedades, para dolor de cabeza del productor Georges de Beauregard– de la repetida película de JLG que adquiere un valor indiscutible –como una piedra Rosetta de la nueva cinematografía–, por ello y con ello, alcanza ya un valor testimonial de filias y fobias tempranas.
Me refiero con las dos obras escritas citadas antes, en primer lugar, a la pieza de Roman Gubern, Godard polémico, de 1969. Cuyos textos de contraportada, dejan claro el valor del continente en formación, ya que, en Godard polémico, plantea Roman Gubern un riguroso debate de ideas sobre este realizador ensalzado y condenado, con un análisis minucioso de su escritura y sus estilemas. Y esa disyuntiva queda clara en el encabezamiento. “¿Godard fascista? ¿Godard revolucionario? De la extrema repulsa a la extreme admiración, la provocación del cine godardiano ha planteado una querella sin precedentes en la historia del cine, escindiendo en dos posiciones radicalmente antagónicas e irreconciliables a la crítica solvente internacional”. Por su parte la pieza Jean Luc Godard por Jean Luc Godard (1971, con traducción de Gustavo Londoño) no pretende ser una autobiografía cuanto una antología de escritos –críticas, ensayos, entrevistas cinematográficas, presentación de sus películas– que componen el telón de fondo de una trayectoria que en sólo 8 años –los transcurridos entre el estreno de A bout de soufflé en 1960, y 1968, año de la edición francesa del libro y año del autentico giro de posiciones políticas de JLG más allá del Mayo francés –dejaría la autoría individual pequeño-burguesa y pasaría, junto a Jean Louis Gorin a establecer el grupo Vertov de un cine colectivo, militante y revolucionario. Por ello, la contraportada de Jean Luc Godard por Jean Luc Godarddeja ver estas cuestiones. “Indiscutiblemente JLG es uno de los directores de cine más interesantes y sugestivos de la actualidad. La ruptura revolucionaria con la narración cinematográfica tradicional y la búsqueda de argumentos que reflejasen en profundidad las raíces fundamentales de la alienación humana, característica resultante de sus primeras películas, dejaron paso a un compromiso político que invadió natural y voluntariamente su actividad creativa y su experiencia personal”.

Eso podía intuir –el gran desplazamiento del amor al cine del Hollywood capitalista e industrial a la militancia prochina y de cine imperfecto– en la reseña que hice de la película Le redoutable, El genio del mal genio, o Godard en el espejo (Miciudadreal 17 de octubre 2017). “El pase silencioso, casi de puntillas, del estreno de la película Mal genio, en versión original Le redoutable (Michel Hazanvicius, 2017), coincide con el pase no menos silencioso y puntillista de los preparativos solemnes del XIX congreso del Partido Comunista chino. Un Partido Comunista chino (PCCH) que ha llegado desde las emboscaduras, brumosas y proletarias, del Río Amarillo del Gran Timonel, Mao Tze Dong (antes Mao Tse Tung), al capitalismo de estado de Xi Jinping, pasando por los gatos cazadores de Den Xiaoping, La banda de los cuatro y por el Foro de Yenan. Más allá de otras reflexiones posibles y oportunas sobre la película y sobre su contenido, conviene recordar que la película de Hazanvicius, en clave de biopic, nos representa al director francés Jean-Luc Godard, miembro destacado del movimiento cinematográfico francés La Nouvelle Vague, justo cuando acababa de rodar su película La chinoise. Libre adaptación del texto Los diablos de Dostoievski, aunque verificada en clave de exaltación maoísta y de apoyo a la temible Revolución cultural”. Y esa es una de las preguntas no contestadas por Linklater. ¿Cuál es la distancia, formal y conceptual, existente entre A bout de soufflé en 1960 y La chinoise en 1967?
También la visión aludida que, del documental de 2002, de Cyril Leuthy, Godard cinema, se puede extraer. “Jean-Luc Godard es el cine, su esencia misma. Recientemente cumplió 91 años y ha dirigido más de 140 películas. Es odiado y adorado a partes iguales. ¿De dónde proviene su aura? De películas legendarias, por supuesto, pero también del propio Godard. Es una figura pública, tanto como un hombre rodeado de misterio. Es todo y su opuesto; ha explorado todos los caminos posibles. No es fácil comprender a un monstruo tan sagrado, enigmático por sus provocaciones y sus constantes digresiones. Entonces, ¿qué puntos de referencia nos ofrece? El viaje de Godard sigue una única dirección: una exploración constantemente renovada de su arte. Concibe el acto creativo como un acto necesario de crítica y deconstrucción. Es un disruptor. ‘Siempre parto de lo negativo. Soy un hombre positivo que parte de lo negativo’. El artista se reinventa incansablemente y, al hacerlo, inevitablemente, daña al hombre. Este retrato pretende llevarnos más allá de los clichés de un mito que a veces se ha convertido en caricatura, para encontrarnos con un hombre más sentimental de lo que aparenta, un hombre poseído, a veces abrumado, por su arte. Porque sí, Godard es humano. No solo una máquina de pensar y crear imágenes. Carne, sangre, emociones”.

Algo de todo ello, por demás, se suscitaba en el escrito de estas páginas del 18 de septiembre de 2022, en su obituario, que denominé El cine del cine. Casi como una prolongación de lo que JLG afirmaba de Nicholas Ray: el cine del cine o El cine dentro del cine.
“Godard (JLG): Deshago las películas más de lo que las hago.
Duras: Estás en condenación Jean-Luc. No puedes escuchar, no puedes leer, no puedes escribir, así que el cine te sirve para olvidarte de eso.
JLG: La representación nos consuela de la vida. Y la vida nos consuela que la representación no es nada.
“Estos aforismos casi destructivos en su raíz y en su copa –unos más entre una copiosa colección disponible de pensamientos sintéticos y de ráfagas de locuacidad– de Jean Luc Godard (Paris, 1930-Rolle, Suiza, 2022), replicantes a la pregunta de Marguerite Duras, pueden servir como espejo –un espejo duplica tanto como distorsiona la mirada y por ende la realidad– que aumenta multiplicando las personales obsesiones de un realizador de cine tan problemático como mitificado, tan ensalzado como denostado.
Baste ver las declaraciones del –por otra parte, mitómano e iconoclasta– crítico de cine Carlos Boyero [que pasa del exabrupto a la lígera corrección de la cinta de Linklater] al advertir en la presentación del documental El crítico– un trabajo sobre sí mismo y sus soledades y extravíos– en el Festival de San Sebastián: “con mentiras como Godard he tenido que vivir. Me parece de las cosas más impostadas e inocuas. Decía que lo suyo no era cine, sino poemas fílmicos…Pues váyase a tomar por culo con sus poemas fílmicos”. Argumentos que, dos días después desmenuza en El País, en su texto ¿Para qué sirvió la revolución de Godard? Todo ello, en un ejercicio presuroso de liquidación de un legado cinematográfico, que puede merecer diversas ponderaciones, pero no un simplismo ‘porculero’ a que acostumbra en ocasiones Boyero: salirse por la tangente en debates complejos. De otro tenor en el mismo diario El Mundo del 14 de septiembre, es el trabajo de Luís Martínez, JLG, la eterna reinvención del cine. Que deja lugar aparte a las filias y a las fobias, pero que no puede evitar el reconocimiento del papel –nos guste más o nos guste menos– desempeñado por JLG tanto en su faceta de crítico en Cahiers du Cinéma como en su posterior trayectoria como realizador y luego como realizador-agitador.