8 de diciembre: Morrison, Lennon, Eagles


“Tan solo estaba explorando los límites de la realidad. Tenía curiosidad por ver qué pasaría. Eso era todo: simple curiosidad.” Jim Morrison

 

Las tres o cuatro veces que fui el año pasado a pasear por Père-Lachaise, ese cementerio serpenteante y tétrico del Este de París, pasé por la tumba de Jim Morrison. Siempre me sorprendió que fuera el quinto monumento más visitado de una ciudad como París. Recuerdo que, nada más entrar, había que girar a la derecha y allí, detrás de un gigantesco árbol abarrotado de letras cargadas de amor y teorías conspiratorias, se encontraba una multitud de curiosos delante de una tumba simplona, cuya inscripción se dejaba entrever escondida entre flores marchitas. A los lados, siempre había alguna botella de Jack Daniels vacía, marcada con carmín rojo, con la etiqueta ligeramente desgastada del contacto de unos dedos que, imaginaba, habrían sobrevivido sudorosos al final de una larga noche.

Tal día como hoy, 8 de diciembre, hace 72 años nació en el estado de Florida este icono musical maldito del siglo XX, miembro ilustre del Club de los 27. Se propuso agitar a las masas, liberarlas con su poesía de las limitaciones a las que están sometidas por el ambiente, subyugar todo al caos liberador que adoptó de Nietzsche. Imagino que, ayer noche, alguien vaciaría una botella de whisky, se pintaría los labios minuciosamente y atravesaría hoy, despacio, la ligera niebla con la que seguramente ha amanecido Père-Lachaise para dejarla cerca de la tumba, justo un instante después de besarla ligeramente sin saber muy bien por qué.

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Nostalgia de Lennon

Hoy hace 35 años que murió John Lennon. Recuerdo el instante en que me enteré, lo que hacía cuando me lo vino a decir un amigo que vivía en la habitación de al lado y el sabor del aire del tiempo que pasamos, con más gente, escuchando el homenaje que, a lo largo de muchas horas, le programaron en Radio 3. Lennon en ese momento era un icono de muchas cosas, un diamante con muchas carillas que brillaba de forma diferente por cada una de ellas e iluminaba los sueños de mucha gente distinta.

Hay quien admira sobre todo al Lennon de su época llena de búsquedas trascendentales donde perseguía con el farol del LSD o del pensamiento oriental algo que creía perdido y que sin embargo probablemente todavía poseía, pero que ignoraba que no podía encontrar de forma consciente. A mí encanta, sobre todo, aquel muchacho que contactó  con alguna fuerza misteriosa del universo que tiene que ver directamente con la alegría de vivir, quizá con el orgón del que hablaba el viejo Reich, y que hace que su música permanezca siempre fresca y joven, capaz de disolver de inmediato el polvo que van acumulando los días en cualquier tiempo. Basta escuchar casi cualquier canción al azar y observar las risas de las chicas que quieren viajar tan lejos…

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Hotel California

Mientras escucho Hotel California, me doy cuenta de que no está vinculada a ninguna experiencia concreta. O, tal vez, a todas en mi primera infancia. El disco que contiene esta canción fue publicado un día como hoy, 8 de diciembre, en 1976, y rápidamente se convirtió en un himno. El sonido de la guitarra, muy español, y el estribillo, Welcome to the Hotel California, hicieron fácil el tarareo de un tema que, a diferencia de ahora, un momento de éxitos fugaces, prolongó su aroma durante varios años. Pude haberla escuchado mientras paseaba por la calle, muy pequeña, y sus notas salían desde una ventana abierta; tal vez a alguien que la silbaba en otra acera; quizá yo misma, incluso, intentando repetir su ritmo en una lengua extraña… pero casi estoy segura de que era una de las canciones favoritas del dueño de la panadería mallorquina donde compraba algunos días mi bollo suizo. Recuerdo el olor dulce y la radio de fondo mientras le veía recortar con cuidado un generoso trozo de papel tostado, colocar el pastel el centro preciso del cuadrado y, con un juego de manos ágil, visto y no visto, enrollar los extremos del papel con mi merienda a salvo dentro, justo antes de colocarla en mis manos, que la esperaban ansiosas para olerlo y guardar el tesoro en mi carterita.

Las canciones tienen esa propiedad. Consiguen llevarte a momentos o épocas concretas, de modo que puedes abrir paquetes vitales en los que hay personas, lugares, olores y sabores muy definidos que es un placer revisar justo en el instante en el que una canción inesperada empieza a sonar.

Eagles , el grupo comandado por Don Henley y Glenn Frey, lograron que su música diera un salto real fuera de Estados Unidos con este disco y especialmente con la canción Hotel California, que distintos críticos sitúan entre las mejores de la historia.

Curioseando en la Red sobre su trayectoria, durante la que ya ha habido varias separaciones y uniones temporales, me gusta comprobar cómo alguna de sus frases ha tenido la suficiente fuerza como para incorporarse al lenguaje de la calle norteamericano, como Life in the fast lane, algo así como “vivir en el carril rápido de la vida”, una canción que también está incluida en Hotel California. Pero me quedo con ésta:  “Muy a menudo pasa, todos vivimos nuestra vida encadenados, y ni siquiera sabemos que tenemos la llave”, de Already gone, escrita en el 74, y que muestra una recomendación que no deberíamos olvidar: todos llevamos esa llave en el bolsillo. Toco sobre la parte trasera de mi pantalón y ahí está. Noto su contorno perfectamente definido.

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