Mediana edad

Hay quien dice que a cierta edad cada uno es responsable de su cara. Y lo sabe.  Que no es una cuestión de atractivo físico, ni de tener o no tener pelo o arrugas desafortunadas, o de aparentar o no la edad que marca el calendario, ni de lo que se gaste en cremas caras o en maquillaje. Que al menos eso no es lo fundamental, ni asegura los resultados, aunque tenga su importancia.

Que lo esencial está en los matices de la expresión que se ha ido construyendo con el tiempo, en lo que chispean los ojos, en lo que denotan de vida o muerte, de esperanza o resignación, de estar o no todavía disponible para el mundo.  En el mundo. En un presente aun lleno de algunas posibilidades o de sueños.

 

 

Que el paso del tiempo establece el reto ineludible de decidir en qué momento se abandona, que calamidad es la que ya no soportamos, cuando comenzamos a estar de paso y a convertirnos en algo parecido a cadáveres que caminan entre la gente.

Hay quien dice que quizá todo esto sea cruel e inexacto. Que el libre albedrío es un concepto cuestionable y el inconsciente una lava que nos arrastra sin que lo podamos evitar, o que los genes son la prueba definitiva de que todo estuvo determinado desde el principio y no hay nada que hacer.  Es posible.

 

 

Pero, hay quien dice, que siempre podemos elegir los zapatos o la ropa que nos pondremos esta misma mañana, el comentario estúpido que no vamos a hacer nunca, el chiste del que no nos reiremos, los lugares comunes donde no nos demoraremos ni un instante, las emociones que nos tiñen la experiencia,  el motivo por el que no merece la pena seguir viviendo en un lugar o en ninguna parte.

Que siempre podemos seguir mirando el mundo con curiosidad, quizá buscando la belleza o alguna forma de autenticidad o conocimiento o comprensión, dispuestos a conversar con cualquiera que se lo merezca, vivo o muerto. Tratando de encontrar respuestas, o de contar buenas historias, como si la vida fuera en serio y no diera igual utilizar unas palabras que otras, como si el centro del mundo estuviera en una conversación con cervezas, cualquier mediodía, en un sitio quizá perdido pero lleno del sol de la buena vida.

 

A pesar del azar; y de lo injusta que es la vida; y de que es verdad que no todo el mundo parte del mismo sitio; y  de que las presiones sociales son fuertes, a veces hasta insoportables; y  de que siempre corremos el peligro de convertirnos en marionetas.

Es verdad.  Pero hay quien dice que no hay esperanza si no nos hacemos responsables de lo que vamos viviendo, de las decisiones que tomamos, de las que no tomamos, de nuestro miedo, de nuestras renuncias, de sacar partido a todas las posibilidades que ofrece un día cualquiera. De escaparnos o no escaparnos por las escaleras de la ficción o de algunas melodías que nos vayan procurando una vida amable, no exenta de cierta intensidad.

A cierta edad, cada uno es responsable de su cara.

 

 

“A veces me paseo por la calles con el exclusivo objeto de mirar la cara de los hombres y las mujeres que pasan. La cara de los hombres y de las mujeres que han pasado de los 30 años, ¡qué cosa más impresionante!. ¡Qué concentración de misterios minúsculos y oscuros, a la medida del hombre; de tristeza virulenta e impotente, de ilusiones cadavéricas arrastradas años y años; de cortesía momentánea y automática; de vanidad secreta y diabólica; de abatimiento y de resignación ante el Gran Animal de la Naturaleza y de la vida!.

Hay días en que invento cualquier pretexto para hablar con la gente que voy encontrando. Les miro a los ojos. Es un poco difícil, es la última cosa que la gente se deja mirar. Me espeluzna ver la poca cantidad de personas que conservan en la mirada algún rastro de ilusión y de poesía, de la ilusión y la poesía de los diecisiete años. En la mayoría de los ojos, se ha domesticado todo impulso hacia las cosas inconcretas y graciosas, gratuitas, fascinadoras, inciertas, apasionantes. Las miradas son duras o mórbidas o falsas, pero totalmente arrasadas. Son miradas puramente mecánicas, desprovistas de sorpresa, de aventura, de imponderable.”.

JOSEP PLA. “El cuaderno gris”.  Traducción Dionisio Ridruejo. Austral

 

Las fotografías son de Jacques Henry Lartigue

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