Zialmug

Zialmug es hoy por hoy la ciudad más grande del mundo. Su extensión, difícilmente mensurable ya que crece cada día, anega regiones enteras. A pesar de sus evidentes problemas de sobrepeso, jamás registra movimientos de emigración. Las cifras de su censo sólo crecen, y la única estadística que se opone al engrosamiento es la tasa de mortalidad, insuficiente para frenarlo. La explicación de este fenómeno es bien sencilla: nadie que ponga el pie en Zialmug puede abandonar la ciudad, a pesar de no existir ningún impedimento físico, mágico o político para ello.

Los primigenios habitantes de Zialmug, cuando apenas pasaba de villorrio, quizás ya se habían dado cuenta de esto, pero no contravinieron las leyes del progreso y aceptaron el paso de visitantes y mercaderes varios que tuvieron que establecerse allí. Claro está que de esta forma se generó riqueza, una riqueza suficiente para que otros visitantes y mercaderes no pudieran dejar escapar el caramelo que la ciudad suponía, y cayeran también en sus redes.

Las crónicas antiguas empezaron a hacerse eco del extraño comportamiento de la ciudad, pero no podían escapar del terreno de la conjetura. Cualquier comunicación desde Zialmug al exterior era imposible, y cualquier incauto que acudiera al lugar para investigar el caso se quedaba allí. No tardaron en formarse varias leyendas en torno a la ciudad. Durante muchos siglos, sin que se entrara aún en disquisiciones éticas de importancia, Zialmug continuó alimentando su ansia de gentes gracias a los curiosos que se decidían a visitarla, aquellos que no aguantaban más la añoranza de los seres queridos que la habitaban y se trasladaron, y quienes vieron la posibilidad de forjar allí prósperas carreras y negocios. El proceso continuó hasta que aparecieron los desequilibrios. Desde fuera se  había comprendido definitivamente que no había forma de intercambiar información ni bienes con Zialmug. Llegaron así para la ciudad sus tiempos más difíciles.

El espacio que ocupaba ya la población y su número de habitantes imposibilitaban su completa autosuficiencia. No había cultivos ni materias primas para abastecer a todos. Algunos déspotas de entonces decidieron que la única forma de eliminar el problema era abandonar la ciudad a su suerte. Es más, propusieron que Zialmug se convirtiera en un vertedero de desterrados y malhechores que quedarían inevitablemente encarcelados allí. La propuesta cayó por su propio peso cuando los guardias que debieran encargarse de trasladar a los prisioneros se negaron a cumplir con su trabajo. Además, corrían tiempos ilustrados y diversas voces alzaron sus principios morales en contra de tal abandono. Se formaron partidas de gente que voluntariamente se prestó a proveer a la ciudad, siendo conscientes de lo que les esperaba.

La situación dentro de Zialmug no era muy distinta. Los gobernantes tuvieron que hacer frente a los disturbios que periódicamente se ocasionaban cuando escaseaba el alimento. Por doquier aparecían corruptelas mientas toda clase de ingenieros y pensadores se devanaban hasta la extenuación para paliar la creciente insalubridad y optimizar los recursos de que disponían. La tensión perpetua del ambiente y la cierta tristeza melancólica de los habitantes de Zialmug no impidieron que florecieran, entre conflictos, grandes universidades, empresas de relumbrón y movientos culturales. Gracias a esto se mantuvo siempre un mínimo de ley y decencia, permitiendo un progreso paralelo al del resto del mundo.

La era de la comunicación ha acabado con el problema del desconocimiento exterior hacia lo que ocurre dentro del núcleo urbano. El sacrificio de muchos ha permitido que Zialmug cuente hoy con acceso por autovía, estaciones de tren y varios aeropuertos. Está proyectado también un puerto marítimo para cuando la ciudad, antaño interior, alcalce la línea de costa. La única diferencia que presentan estas instalaciones con respecto a las de otros lugares es que sólo tienen paneles informativos sobre llegadas. Los aviones que aterrizan allí son aparcados y mantenidos para un posible uso posterior, dado que no se descarta que llegue el día en que existan vuelos intraurbanos. Los trenes son reutilizados para el creciente servicio de metro, así como los autobuses se incorporan a la red municipal. Por fortuna, la electricidad y ondas electromagnéticas, a diferencia del ser humano, pueden moverse con libertad hacia dentro y fuera de la megalópolis, lo que hoy permite que  sus habitantes puedan establecer relaciones con el exterior a través de telefonía, internet y videoconferencia. Periódicos y televisiones se hacen eco digital de las noticias locales e internacionales, y los negocios funcionan con normalidad.

Aparentemente, parece que Zialmug ha conseguido integrar su particular comportamiento en el del resto del mundo, pero nada más lejos de una realidad nunca exenta de problemas. Numerosos planes urbanísticos proyectaron nuevas expansiones que contuvieran parques naturales inmensos, a veces englobando incluso cordilleras. También se buscó una rama de desarrollo lineal que permitiera a no mucho tardar que el término municipal llegara al mar. Dado que está comprobado que toda área que quede incorporada a la urbe cae automáticamente en su carácter, se pensó que declarando locales todas estas zonas los habitantes podrían acceder a ellas, disfrutar del aire puro de la montaña, bañarse en la playa. Pero Zialmug impone sus propias reglas, y por ciencia infusa ninguno de estos planes se lleva a cabo. Acaba creciendo a su voluntad, moldeándose a sí misma, anexionando los terrenos que ella decida en cada momento. Las anexiones han sido y siguen siendo fruto de complicados litigios. Las poblaciones que llegado el momento se ven limítrofes a la ciudad tiemblan. Muchos alcaldes declaran la guerra a Zialmug y ponen todas las trabas que pueden para impedir la conurbación. Pero luchan contra un gigante imbatible. Así, cuando la adhesión es inminente, la mayoría de habitantes huyen de la población, mientras otros se resignan y algunos otros continúan manifestándose en vano contra lo que se les viene encima. Al final, todas estas poblaciones pierden su identidad y se suman al perfil de Zialmug.

Hablemos algo más de los ciudadanos. En tiempos, cuando todo lo que podía conocerse de fuera eran imaginaciones formadas desde la lectura de crónicas y la visión de pinturas y grabados, se aceptaba la situación mejor que ahora. Al fin y al cabo, muchos no tenían los medios que les permitieran vivir mejor en otro sitio. No les importaba quedarse. Tampoco les importaba a los hacedores o poseedores de fortuna, pues no les faltaban oportunidades para seguir amasándola allí. La llegada de aires románticos, unida a la Revolución Industrial, propició una oleada descomunal de suicidios. En general, pero más acusadamente en aquellos que no eran nativos, cundió un sentir de ahogamiento y falta de libertad que conllevó terribles problemas de salubridad cuando hubo que dar sepultura a todos los fallecidos, algo que no sucedía desde la peste (ni siquiera las guerras imperiales torturaron así a la ciudad, ya que muchos regentes se lo pensaban dos veces antes de lanzarse a la conquista de una plaza a la vez tan absorbente y peligrosa como económicamente apetecible). Actualmente Zialmug cuenta ya con una superficie tal que los ciudadanos pueden viajar a lugares diversos con la suficiente garantía de que les resultarán nuevos, de que se cumplen los mínimos requisitos para poder considerar su esparcimiento como tal. Pero esto no les exime de su incapacidad para traspasar las fronteras de la megalópolis, y la impotencia triste que de ella se deriva. Los zialmuguenses sienten una nostalgia incurable de lugares que alguna vez pudieron hollar (en el caso de los inmigrantes) o que nunca vieron ni verán (en el caso de los nativos). Ni siquiera las comodidades y equipaciones con que el ayuntamiento ha dotado a la ciudad pueden derribarla. No obstante, disfrutan periódicamente de las grandes carpas y centros de ocio que reproducen con la mayor fidelidad los topónimos más célebres del globo, y admiten como verdaderas las simulaciones que allí ven, pues no les queda más remedio. Además, los zialmuguienses no dejan de exhibir hacia el exterior con orgullo los nuevos hitos arquitectónicos y culturales que producen, promoviendo irónicas campañas turísticas que incitan a los extranjeros a visitarlos. También presentan todo tipo de candidaturas para albergar la sede de eventos políticos, artísticos, sociales y deportivos, poniendo en jaque a los comités seleccionadores cuando se ven obligados a rechazar la propuesta de una localidad con tanto peso y relevancia internacional, cada vez mayor. Participan en programas de intercambios educativos, envían invitaciones a granados magnates y autoridades que mantienen allí partes cruciales de sus negocios, se precian de ser un paraíso fiscal y un territorio libre de conflictos bélicos (la única preocupación de los ciudadanos en este sentido es la de evitar que algún chalado decida borrar la ciudad del mapa, pero parece ser que por ahora no entra en los planes de ningún gobernante, todos tienen allí riquezas que gestionar). De hecho, Zialmug cuenta con un competente ejército que solventa con facilidad los disturbios internos. Concluyamos en que Zialmug tiene, a su manera, todas las características de una ciudad desarrollada, poderosa en el panorama mundial.

Pero nada puede evitar que sus habitantes sientan que se escapa con el mundo exterior su  propio mundo. Los seres que campan ahí fuera son más libres que ellos. A su vez, esos seres lamentan no poder pisar Zialmug sin quedar allí retenidos. Es un hecho popular conjeturar si alguien sería capaz de escapar de la condición que impone la ciudad. Pero el peso de los años sigue demostrando que a nadie se le concede tal posibilidad. Los estudiosos aventuran que Zialmug, llegado el momento, acabará por absorber la población del mundo. Quedarán pocos con la oportunidad de elegir si se suman a ese mundo o vagan desperdigados por las vastas tierras que quedarán alrededor. Para los que están dentro, es un deseo no explicitado que esto ocurra. Cuando el mundo habite en Zialmug, el mundo que reste podrá ser declarado parte de ella. Zialmug habrá conquistado su libertad, porque Zialmug será el mundo. En realidad, quizás el mundo no es más que los restos de una antigua Zialmug.

 

 

 

Nota: Este relato fue galardonado con el Segundo Premio en el Certamen Literario del CMU Santa María de Europa de Madrid, en su edición de 2014.

More from Santiago Galán

Fiesta, noche y ojos cerrados

  La noche es un territorio que la moral oficial ha desaconsejado...
Leer más

3 Comentarios

  • Este relato no deja de recordarme a los visionarios urbanistas cuyas arriesgadas propuestas hubieran cambiando radicalmente la forma de muchas de las ciudades más icónicas. ¿Qué hubiera pasado en el París de Hausmann? ¿o en el Plan Voisin de Le Corbusier? Da miedo, pero a veces no parece muy descabellado pensar que la ciudad es un monstruo.
    Precioso relato, Santiago.

  • Este libro comienza con una ciudad que era, simbólicamente, un mundo; termina con un mundo que se ha convertido, en muchos aspectos prácticos, en una ciudad.

    Lewis Mumford, en el prólogo a “La ciudad en la Historia”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *