El largo y tórrido verano

“En este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner.”

Amanece que no es poco. Jose Luis Cuerda

 

Nos rodeamos de libros porque los libros (como también, por ejemplo, la música) apenas ocultan sus secretos, y se nos dan tal como son, con todo su artificio, de un modo directo, mientras que otras realidades igualmente construidas se presentan aviesamente como fenómenos desnudos, cuando de sobra nos consta que accedemos a ellas a través de un sinfín de mediaciones. Uno podría, pongamos por caso, dedicar su ocio a enterarse a fondo del estado del mundo gracias a las noticias, el periodismo o Internet, pero ese “a fondo” intencional no llegaría nunca. Toda una espesa maraña de intereses y confusiones enteramente deliberadas nos separa del hecho aparentemente más crudo, y a lo más que podemos aspirar es a formar parte de un debate que sólo terminará por mero cansancio. Los libros, sin embargo, se nos ofrecen tal cual, con todas sus trampas, las cuales tenemos ahí quietecitas para ser desentrañadas pacientemente, de tal manera que, alcanzado cierto punto, podemos determinar una cierta interpretación de lo leído y pasar a otra cosa. Después de todo, los libros, como la música, ostentan a su autor, cosa que no cabe esperar de otras transmisiones de sentido cuyo artífice o artífices no dan la cara y escapan de cualquier imputación de responsabilidad. Así, si alguien quisiera, en estos días, comprender bien el acuciante “problema” (entre comillas lo digo) griego, tendría que abrirse paso fatigosamente en una jungla inextricable de mensajes contradictorios y, aunque termine por cobrar conciencia de que, en general, está siendo engañado por unos o por otros o por todos en general, le resultaría difícil poner nombre y apellidos concretos a los mentirosos, tan difusa es en el mundo real la responsabilidad y tan sencillo -tanto para el individuo como para los medios- el olvido…

 

Hamlet

 

Sin embargo, a veces tampoco el contacto directo que representa un libro resulta fácil, primero, si el autor hace mucho tiempo que está muerto, y, segundo, si en lo que leemos él mismo parece contar con una especial connivencia con el Destino. Es el caso, en el campo de la novela, de William Faulkner. Bill, como le llamaba su mujer, exige mucho del lector, porque (de modo semejante a cuando preguntan o preguntaban a Bob Dylan por el sentido de sus letras) lo que nos cuenta ha sido forjado indirectamente entre él y el Destino y ninguno de ambos está disponible últimamente para responder a preguntas comprometidas. No obstante, en su vasta producción hay novelas más oscuras y otras más claras, aunque “claras” sea aquí un calificativo relativo. Yo voy entreteniendo este largo y tórrido verano semi-heleno en la lectura, entre otras cosas varias y disparatadas, de El villorrio -en inglés, The Hamlet-, una narración de la madurez de Faulkner publicada en 1940, que, al contarse en parte entre las más claras, fue versionada al cine con un reparto estelar en el año 1958 justamente con el nombre de esta estación que padecemos, El largo y cálido verano. Digo “versionada”, y no “adaptada”, puesto que, si el espíritu de la película pretendiera ser el mismo que el de una fracción de la novela, la letra en absoluto lo es. Pero yo soy partidario de estas traiciones típicas del cine, y no me duelen, al contrario: me gusta ver qué han hecho para la pantalla grande con cierto mito, y si lo han transformado demasiado, mejor, que cada medio tiene sus limitaciones y sus posibilidades y el guionista de turno también tiene derecho a inventar (el propio Faulkner, de hecho, fue también guionista de cine, más bien malo y desganado, por cierto). El villorrio es genial, increíble, brutal, como de costumbre, y los sobreentendidos en los que juega con el lector se reducen al mínimo. Ese mismo prurito exagerado que llevó a Fernando Trueba a decir en la entrega de su Óscar que Billy Wilder es Dios -un dios del cine, quiero entender-, me podría llevar ahora, sin falta igualmente de razón, a afirmar que William Faulkner es un dios, tal vez el Dios, de la literatura. La película de Paul Newman y Orson Welles tampoco está mal, posee algo de la fuerza de Faulkner aun edulcorada, y cuando yo la vi en mi pubertad me impresionó; ahí van sus primeros minutos:

 

 

La palabra que más se repite, sin embargo, en la novela en cuanto al sufrimiento térmico es “tórrido”, más que “cálido”, y eso marca la diferencia. Porque Faulkner castiga a sus criaturas tanto o más que al fascinado lector, que transcurre por el relato entre asombrado y horrorizado. Pero es que no es sólo él, se trata del Destino, ya digo, y a veces me he preguntado si Faulkner es un estoico profundo (es decir, no superficialmente, que lo es, sino hasta la raíz). El Destino puede parecer cruel, pero para un estoico encierra una lección que en último término es justa. Por eso Faulkner está muy por encima, en mi opinión, del existencialismo, incluso del existencialismo norteamericano a la manera paradigmática y de largo influjo de Ernst Hemingway. Sus personajes lo pasan mal, desde luego, pero viven una vida intensa y grande en escenarios geográficos tan duros y olvidados que se diría que únicamente podrían albergar resignación. Son seres toscos y prácticamente analfabetos, sin embargo Faulkner les dota de las pasiones de un rey shakespiriano sin convertirles por ello en algo distinto de lo que son, para bien y también -casi siempre- para mal, y ese es su logro más característico y más formidable, al margen de los mucho y sutiles mecanismos literarios puestos en juego. Yo no sé exactamente si, en el fondo, Faulkner entiende que sólo aquellos que aprenden a controlar sus pasiones, como el sabio estoico, salvan la cordura y finalmente el pellejo. Tampoco sé muy bien si este tipo de narraciones abonan todavía más, queriéndolo o no, lo que la mentalidad americana posee ya de por sí de darwinismo social, que en El villorrio podría encontrar un cierto apoyo. Lo que sí sé es que Faulkner coge una tierra pobre y la eleva a universo dramático, coge unas gentes doblegadas y míseras y las ensalza hacia la heroicidad trágica. Concentra, en definitiva, en unos kilómetros cuadrados de granjas, herrerías y campos de labranza el Destino de la Humanidad, y da la sensación de que las historias entrelazadas del condado de Yoknapatawpha podrían no terminar nunca. El lector del s. XXI no está preparado para tanto, y generalmente uno sigue la escritura de Faulkner (referencias clásicas y bíblicas incluidas) con el alma en vilo y recibiendo una paliza mental innecesaria que se cobra su precio en verdadero cansancio físico, como si del agobio del calor insoportable del verano se tratase.

 

 

En cambio, no se va al cine para eso. Hollywood tomo el esqueleto de las primera de las cuatro partes de la novela faulkneriana e hizo de ella algo así como una puesta en escena de Tennessee Williams, pese a que Tennesse Williams nada tuvo que ver con el asunto. De hecho, por esas mismas fechas Tennessee Williams estaba en pleno auge. No sólo había ganado muchos premios teatrales, sino que las películas basadas en sus obras triunfaban en taquilla. Ese mismo año de 1958 se estrenaba, también, La gata sobre el tejado de Zinc caliente, lo cual terminaba de cimentar la carrera de Paul Newman. Faulkner era ya por entonces un reclamo comercial porque había ganado el Nobel de Literatura, pero, en realidad, hasta bien entrados los años cuarenta casi nadie le leía y la crítica le había sido adversa. Demasiado melodrama, demasiada farragosidad, demasiadas “atrocidades”, como dijo después de su obra Borges. Así que pienso que Hollywood vio la situación de esta manera: el estilo de un sureño, Williams, puede atemperar la energía del otro sureño, Faulkner, aprovechando el potencial  de ambos en una historia remodelada casi apta para todos los públicos. El resultado mereció la pena, creo yo, pero para completar la experiencia hay que adentrarse también, no sin algún esfuerzo, en el clásico de Faulkner, aunque sea para cerciorarse de los extraños orígenes que tienen ciertas cosas.

Este verano se acabará, las noticias seguirán siendo difíciles de descifrar, el mundo seguirá girando sin un objetivo definido y uno no habrá hecho nada mejor gastar sus vacaciones en comerse unas gambas, echarse la siesta y leerse una novela jodida. En fin, peor lo tienen los pobres griegos…

 

 

 

 

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