Galdós y el siglo de las ideologías

20 January 2016 19:27

 

 

Benito Perez Galdós por Sorolla

 

Tenemos que volvernos cara al siglo XIX –mejor dicho, a su segunda mitad- (y decirle): Respetamos tus ideales, pero necesitamos enterrarlos para dejar espacio libre al florecer de los nuestros; porque fueron tuyos esos ideales no pueden ser nuestros… Buen siglo XIX, nuestro padre, ha llegado la hora de tus hijos, escucha cómo sobre tu frente yerta se anuncian sones y pasan como vagidos de tiempo nuevo. ¡Adelante!             

Novecentismo, conferencia de José Ortega y Gasset

 

 

Benito Pérez Galdós es uno más de entre los grandes novelistas del s. XIX, que es el siglo donde el género novelesco se agranda, se aquilata y rezuma hacia una población entregada. También el s. XIX es el siglo de las grandes ideologías, en el sentido de que el saber, que antes de esta centuria había estado en manos de unos pocos, explota como la dinamita y se torna incendiario en manos de las mayorías sociales. Una cosa, aunque no lo parezca, va con la otra. Precisamente porque las ideologías del diecinueve vienen a ocupar para el hombre culto -pero también en gran medida para el hombre común- el papel que anteriormente desempeñaba Dios, la novela se constituye como el espacio en que la Conciencia de la Palabra humana utilizada deliberada y concienzudamente sustituye a su vez a la Divina Providencia, que era la manifestación en el logos del designio histórico de Dios.

 

Benito Perez Galdós por Ramón Casas

 

Que el s. XIX es ya el siglo del ateismo consumado en Europa lo muestra el hecho meramente cronológico de que cuando en el último cuarto de siglo Nietzsche diga aquello de “Dios ha muerto“, en realidad toma ese pensamiento de Hegel, que lo había concebido muy al principio, en la década de los ´20. El detonante de todo este proceso de secularización acelerada de las ideas (filosóficas, pero también económicas, científicas, artísticas, etc.) y de las transformaciones históricas correspondientes había sido, naturalmente, la Revolución Francesa. Ella, la Revolución, había mostrado a un mundo atónito que para convertir una idea en realidad no hay que ponerse a pensar tanto, sino que hay que actuar con decisión. La Revolución Francesa fue la acción por excelencia para el s. XIX, la Acción con mayúsculas, allí donde lo mejor y lo peor del ser humano se había puesto por entero para cambiar radicalmente la Historia. Y la Revolución Francesa se había hecho en nombre de la Diosa Razón, no de Dios: el nuevo culto se transferiría desde aquel instante de Dios a la Humanidad en su conjunto -claro: no a la humanidad tal como era realmente, sino a la humanidad tal y como pensaban que debería ser…

 

Galdós en la inauguración de la escultura que le dedicó Victorio Macho en el Retiro, 1919

 

A partir de ese momento, el pensamiento se vuelve práctico como nunca lo había sido en los siglos, e incluso milenios, anteriores. Quien vuelva a preguntarse desde entonces hasta ahora “para qué sirve la filosofía”, tras la profunda experiencia del transcurso del s. XIX, es que lo ignora todo del pasado europeo. La voz “ideología”, frente a “filosofía”, “doctrina” u otras, viene a expresar justamente ese fenómeno por el cual un conjunto de ideas se lanzan a las sociedades como se lanza un revolver a John Wayne para ser vividas y aplicadas antes que para ser pensadas o archivadas. El marxismo, el anarquismo, el positivismo, o, en menor medida, el imperialismo y el darwinismo social son los gigantescos movimientos filosóficos de la segunda mitad de siglo. Son, ya digo, movimientos masivos que involucran a todos, no únicamente corrientes de pensamiento para los selectos.

 

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Marx, en su juventud, había escrito un poema al titán Prometeo de la mitología griega: en general, todos estos movimientos aspiran a la condición de un Prometeo terrenal, y proclaman su intención de llevar el fuego divino a los hombres de una vez por todas. “El paraíso en la Tierra”: esa es la promesa, y nadie con un mínimo de interés en su entorno (o lector de esas nuevas biblias: los periódicos) se conformaba ya con menos que eso. El siglo XIX es enteramente romántico a la vez que pragmático de principio a fin, y cuando empleamos la expresión “decimonónico” en un sentido peyorativo -queriendo significar “anticuado” u “obsoleto”-, en realidad no sabemos bien lo que decimos, o es que estamos pensando únicamente en las costumbres morales de la Inglaterra victoriana o de la España de Galdós.

 

 

Tanta es la capacidad del s. XX para generar ideologías que estimulen el cambio en las condiciones de vida de los hombres que hasta concibió la posibilidad misma del no-cambio, es decir, del fracaso, el pesimismo y de la nada. Es lo que en la época se conoció como “el mal del siglo” -Mal du siécle, en el francés del vizconde de Chateaubriand. Pero aquella no fue la tónica habitual, no, al menos, fuera de las artes. El marxismo era una filosofía ilustrada, que postulaba una nueva Era definitiva de paz y reconciliación para el género humano. El anarquismo también creía en una Aurora permanente para el hombre emancipado del poder y la religión. El positivismo, por su parte, aspiraba también a la renovación de la vida y al gradual acercamiento a unas condiciones ideales de existencia, sólo que entendía que éstas tendrían lugar mediante la cercanía a los hechos comprobables (eso significa positum: “hecho” como substantivo, no como participio) y el futuro de la ciencia empírica. El imperialismo, desde luego, no tenía nada de nihilista, y se dedicaba a la conquista del planeta con completo alborozo egoísta. Por último, el darwinismo social triunfó sobre todo en el Nuevo Mundo: cuando Herbert Spencer viajó a Estados Unidos se le recibió como un héroe y prácticamente realizó su visita a hombros. Pero el darwinismo social era connaturalmente conservador, pues consagraba el estado social tal y como lo encontraba apelando a la autoridad de la Naturaleza, mientras que el marxismo era revolucionario y el positivismo reformista. A este respecto, Karl Marx había escrito a Friedrich Engels en 1862 (y no hay que olvidar que, a pesar de todo, Marx dedicó El Capital a Darwin):

 

 

“Es notable el hecho de que en los animales y en las plantas Darwin reconozca a su sociedad inglesa, con su división del trabajo, competición, la apertura de nuevos mercados, los inventos y la maltusiana lucha por la existencia (…) es el «bellum omnium contra omnes» de Hobbes y hace pensar en la «Fenomenología del Espíritu» cuando configura la sociedad burguesa como «reino animal ideal», en tanto que en él, el reino animal se configura como sociedad burguesa.”

O sea: el darwinismo social sería algo curioso, puesto que, según Marx, no haría más que devolver a su punto de origen a la biología darwiniana. Charles Darwin, inconscientemente, habría tomado sus ideas científicas de la práctica real de la economía de la Inglaterra de su tiempo, y la aplicación social del darwinismo posterior a Darwin se limitaría a cerrar el círculo. Galdós, en Miau, de 1888, caracteriza a muchos de sus personajes con atributos animalescos, propios de una teórica “lucha por la vida” desarrollada en el marco social, pero no porque comparta la visión de Spencer. Al contrario: yo creo que es porque la detesta, porque la crueldad natural extrapolada al mundo social es justamente el objeto de su crítica.

 

Benito Pérez Galdós en el interior de su finca San Quintín de Santander 1895

 

España no es un país que en el s. XIX haya aportado gran cosa al panorama mundial. Sabemos por los historiadores que el día que los parisinos tomaron la Bastilla el rey de España, Carlos IV, se hallaba en su palacio desayunando tranquilamente chocolate con picatostes. Pues como eso, cien años más, si descontamos la Constitución de las Cortes de Cádiz, que, como sabemos, también fue inmediatamente abortada por ese necio desagradecido que fue Fernando VII. Galdós sabía todo esto muy bien, porque había escrito los Episodios Nacionales. Y personalmente era un hombre bastante anticlerical. Sin embargo en España seguíamos siendo católicos, los más católicos del mundo, por supuesto. España había rechazado enérgicamente la Reforma Protestante que condujo a otros países de Europa a la modernidad, y recientemente había expulsado del trono al hermano de Napoleón. El catolicismo era, pues, nuestra tradición, la seña de identidad de la península ibérica. En España, además, como después exigió Miguel de Unamuno sin mucho criterio, no se inventaba nada…

 

Galdós-y-Estrañi

No obstante, Galdós, que no parecía ser creyente, había aprendido del maestro británico Charles Dickens el valor cristiano de la compasión. En sus novelas se mima con ternura a los pobres, a los desfavorecidos, a las clases humildes, como hiciera antes Dickens, algo que no era estrictamente necesario, puesto que la novela también podría ejercer de notario de la realidad social de los ricos y las clases altas -es el caso coetáneo, por ejemplo, del norteamericano Henry James. También era Galdós un reformista, pero de un reformismo, que diríamos hoy, “con rostro humano”. Pienso que ese es su mérito más permanente y también el de su novela Miau.

 

1 Comment

  • Óscar S.

    En este pequeño texto (que concebí como comentario filosófico a “Miau” de Galdós, como figura al final), no menciono al liberalismo decimonónico como una ideología de aquella época no porque no lo fuera -y muy alimentada por teóricos-, sino porque casi lo considero la realidad subyacente al siglo.

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