El Arte y la Vida, hoy

Mijaíl Bajtín escribió este famoso texto en 1919, bajo el título de “Arte y responsabilidad” (está recogido en Estética de la creación verbal, Siglo XXI); es algo largo para incluirlo como introducción en un artículo de revista, pero muy corto desde el punto de vista de un texto de análisis literario del propio Bajtín o de cualquier otro. Se trata de una especie de profesión de fe crítica, y creo que merece la pena conocerlo y leerlo. Mi comentario, después, será breve.

 

Mijaíl Bajtín

 

Un todo es mecánico si sus elementos están unidos solamente en el espacio y en el tiempo mediante una relación externa y no están impregnados de la unidad interior del sentido. Las partes de un todo semejante, aunque estén juntas y se toquen, en sí son ajenas una a otra.

Tres áreas de la cultura humana -la ciencia, el arte, la vida- cobran unidad sólo en una personalidad que las hace participar en su unidad. Pero su vínculo puede llegar a ser mecánico y externo. Es más, casi siempre sucede así. El artista y el hombre se unen de una manera ingenua, con frecuencia mecánica, en una sola personalidad; el hombre provisionalmente se retira de la “turbación de la vida” hacia la creación, al mundo de “la inspiración, dulces sonidos y oraciones” (Pushkin) ¿Qué es lo que resulta? El arte es demasiado atrevido y autosuficiente, demasiado patético, porque no tiene que responsabilizarse por la vida, la cual, por supuesto, no puede seguir a un arte semejante. “Y cómo podríamos seguirlo -dice la vida-; para eso es el arte, y nosotros nos atenemos a la prosa de la existencia.”

 

Cuando el hombre se encuentra en el arte, no está en la vida, y al revés. Entre ambos no hay unidad y penetración mutua de lo interior en la unidad de la personalidad.

¿Qué es lo que garantiza un nexo interno entre los elementos de una personalidad? Solamente la unidad responsable. Yo debo responder con mi vida por aquello que he vivido y comprendido en el arte, para que todo lo vivido y comprendido no permanezca sin acción en la vida. Pero con la responsabilidad se relaciona la culpa. La vida y el arte no sólo deben cargar con una responsabilidad recíproca, sino también con la culpa. Un poeta debe recordar que su poesía es la culpable de la trivialidad de la vida, y el hombre en la vida ha de saber que su falta de exigencia y de seriedad en sus problemas existenciales son culpables de la esterilidad del arte. La personalidad debe ser plenamente responsable: todos sus momentos no sólo tienen que acomodarse juntos en la serie temporal de su vida, sino que también deben compenetrarse mutuamente en la unidad de culpa y responsabilidad.

 

 

Y es inútil justificar la irresponsabilidad por la “inspiración.” La inspiración que menosprecia la vida y es igualmente subestimada por la vida, no es inspiración sino obsesión. Un sentido correcto y no usurpador de todas las cuestiones viejas acerca de la correlación entre el arte y la vida, acerca del arte puro, etc., su pathos verdadero, consiste solamente en el hecho de que tanto el arte como la vida quieren facilitar su tarea, deshacerse de la responsabilidad, porque es más fácil crear sin responsabilizarse por la vida y porque es más fácil vivir sin tomar en cuenta el arte.

El arte y la vida no son lo mismo, pero deben convertirse en mí en algo unitario, dentro de la unidad de mi responsabilidad.

 

 

Sólo podía haber sido escrito a principios del s. XX, quizá antes, pero no después. Ahora, discípulos como somos de la televisión, el cine, y las redes sociales, no sabríamos ponernos tan serios. Esta especie de oración laica de Bajtín nos resulta ajena, algo arcaica, y propia más bien de esos señorones de la Estética que, como Félix de Azúa, terminan por menospreciar con el paso del tiempo a aquellos que no visitan las bibliotecas, no acuden a las galerías de arte y, en general, no se cultivan, o que se cultivan inconscientemente. A mí me gusta mucho este textito de Bajtín, pero reconozco que produce hoy, incluso al que esto suscribe, el efecto de una exageración melodramática. Si tuviésemos que estar personalmente a la altura del arte que nos rodea sufriríamos un colapso, primero porque éste es sobreabundante, ubicuo, inmensurable, y luego porque ya resulta muy difícil de distinguir de la basura, y la tarea de realizar esta criba podría llevarnos la vida entera. Es cierto que hay mucha variedad de basura que no engaña, es decir, que parece y es basura, y por eso Bajtín se refiere en su texto al arte como algo “comprendido”, y no meramente “disfrutado”.  Cuando sólo disfrutas algo que se puede considerar un bien cultural, desde luego haces muy bien en dedicarle parte de tu tiempo, pero debes saber que si no ofrece alguna dificultad a tu comprensión que pueda ser vencida, entonces te estás inclinando más hacia el consumo de basura que hacia el trato con el arte. Este podría ser un buen criterio para juzgar manifestaciones subculturales recientes como el rap, por ejemplo. Pero el otro extremo también es verdadero: si aquello que vas a conocer se presenta como un bien cultural que es totalmente inaccesible a todo disfrute, y también a toda compresión (pues comprender consiste en absorber un obstáculo para habitar al otro lado, como quien salta una cerca para alcanzar el prado, siendo la cerca parte integrante del prado en tanto límite suyo), entonces has realizado el giro cultural completo para volver a zambullirte en la basura. Una pintura de Jackson Pollock sería mi ejemplo favorito para esto, pero no descarto que a alguien muy extraño le guste Pollock -aunque sí descarto que surja a partir de la contemplación de sus obras ninguna compresión…

 

 

No podemos hacernos absolutamente responsables de lo que oímos en música, leemos en literatura o paseamos en arquitectura porque la vida se ha hecho mucho más compleja desde que escribió Bajtín. Artísticamente compleja, quiero decir. Están disponibles para nosotros, y en nuestra propia casa, muchas más melodías, lecturas o efigies de edificios de los que Bajtín pudo jamás soñar, y todas ellas por separado e individualmente exigen toda nuestra adhesión. Como muchos de estos ejemplos consumados de arte pertenecen a mundos distintos e incluso a veces opuestos, nos volveríamos locos pretendiendo pedirle a nuestra vida diaria la realización de todos esos ideales a la vez. Alonso Quijano se volvió loco en el intento de vivir sólo un tipo de arte, las novelas de caballerías, y una de las lecciones de El Quijote es precisamente que el prójimo que se reía del escuálido hidalgo tenía su parte de razón. Es natural, entonces, creo yo, que practiquemos cierta ironía sobre el arte, y que entendamos que esa exigencia que nos plantea sólo es asumible parcialmente y de manera plural. Parcialmente, puesto que la vida normal (la “vida viviente”, como lo llamaba el personaje de Dostoievsky en Apuntes del subsuelo) tiene sus propias reglas, muchas de ellas tan artísticas o más que las del Arte con mayúsculas, y en el seno de las cuales lo mismo brilla el hábil negociante que la humilde pescadera. Y de manera plural, puesto que es ya físicamente imposible, por decirlo así, que acoplemos todas nuestras experiencias estéticas en una unidad responsable, como quería Bajtín, unidad responsable tal que en caso de incumplimiento caería sobre nosotros el peso de la culpabilidad -esa otra cara oscura de la responsabilidad-, y nos vemos en la necesidad de diversificarlas. No hay una sola cerca, hay muchas cercas, no hay solo prado, hay muchos prados, y sería castrador decir que, como no podemos integrar todos ellos en uno, como algunos de ellos no son entre sí mutuamente interpenetrables, entonces es que debemos elegir uno solo y quedarnos en él para siempre jamás con todas las consecuencias. Una persona puede frecuentar a Beethoven y al rap, a Bajtín y a Pollock, y no veo por qué debería dar cuenta “responsable” y global de sus aparentes o efectivas incongruencias. Es más: incluso el ejercicio de la responsabilidad misma tiene sus espacios propios, algunos electivos y otros no…

 

 

Me parece, en fin, que casi cien años después del texto de Bajtín, las cosas han cambiando mucho, y con las cosas, nosotros. De hecho, ese texto es muy temprano en la obra de Bajtín, muy de juventud, con lo que implica de ingenuidad y también de belleza. El arte, con o sin mayúsculas, no puede enseñorearse de la vida, que “tira” de él en la medida en que lo necesita en cada ocasión. Y l@s peluquer@s, l@s pescader@s y l@s emplead@s de banca son, desde luego, entre muchos otros oficios y profesiones que necesitamos absolutamente, parte incuestionable de esa vida.

 

 

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2 Comentarios

  • Juegas con ventaja, Oscar, al relacionarte con un texto de 1919. ¿Leer la historia, releer el pasado? Habían comenzado ya las grandes hecatombes políticas y artísticas que desde 1907, 1912 y 1917 nos llevarían a Auschwitz primero, y luego a la ‘Mierda del artista’ de Manzoni. Bien verdad es que hay muchas praderas, lo que no se, es la bondad de los pastos y la belleza de los verdes. Hay por otra parte, una larga teoría del Final del Arte: desde Azúa a Jean Clair, desde Argullol a Arturo Danto, que hace inexplicable el presente, imposible el futuro y enigmático el pasado.

  • La teoría del final del arte (o del Arte únicamente como imagen del Espíritu en el pasado) ya estaba en Hegel antes que esos mindundis que nombras. Sólo trataba de establecer un contraste breve y potente a fin de dar mi parecer. Pero la verdad es que va apeteciendo cada vez menos teorizar sobre estas cosas. Retocemos en la praderas que vayamos encontrándonos, viejas o nuevas, anteriores o posteriores, centrales o laterales, y que esculpan lápidas otros…

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