Martín Prieto: la muerte de un periodista legendario

Divagaciones sobre MP

por Ramón González Correales

Para los que tenemos cierta edad y leíamos “El Pais” al principio, MP era un periodista legendario, sobre todo después del juicio del 23 F. Tenía mucho talento literario pero también determinación, valentía, bohemia, ese ego feroz que, a veces, necesitan los periodistas o los escritores para sobrevivir en esa jungla que son las redacciones o la vida; donde las relaciones personales son tan intensas y a la vez tan jerarquizadas; donde cada uno interpreta a su manera la pureza del oficio y busca sustento ideológico a lo que dice o no dice, a los sapos que se traga y a lo que ya no soporta; donde se aprende tan rápido que el mundo es gris, que las apariencias engañan, que no hay que fiarse  de casi nadie y que la mayoría de las veces, en la vida, ganan los malos. 

Félix Pacho Reyero, Juan Luis Cebrián, Guillermo Medina, Rafael Conte, Jesús de la Serna y Víctor de la Serna.

Sitios donde es tan fácil engañarse o caer en desgracia (es muy ilustrador por ejemplo, leer sobre su etapa el El Mundo”y también leer lo que dice del libro el periódico del antiguo director de El Mundo), o tan difícil como estar en el sitio adecuado en el momento adecuado y que tus amigos veinteañeros  sean los que van a protagonizar el cambio político de una época, como aquella redacción del “Informaciones” donde coincidieron todos, donde probablemente se hicieron tan amigos y se prometieron que ellos no serían iguales, ni caerían en las mismas trampas, porque estaban seguros de ser distintos. Y, pasado el tiempo, ya parece que no lo fueron.  

Victor de la Serna con Arias Salgado durante una reunión con Otto Dietrich, jefe de Prensa del Tercer Reich

Esa edad donde se diluyen las diferencias y parece que no importa haber llegado a la izquierda, desde un padre republicano que quedó ciego por la guerra tras pasar por una Universidad Laboral, que haber sido el cachorro inteligente de una familia de las que ganaron la guerra literalmente, porque sus padres eran un alto oficial del Ejército, o el periodista más germanófilo del antiguo régimen. O muchas combinaciones más que siempre dan lugar a cierto fondo de armario emocional que luego puede emerge cuando la vida oscila y el péndulo cambia de lado y notas que te han bajado el sueldo y ya no te quieren como te querían después de todos los servicios prestados, lo cual suele ser una sensación peor.  

Cuando se pasa de ir ascendiendo por “Pueblo”, “Arriba”o “Informaciones” hasta convertirse en uno de los fundadores de «El País, y serlo allí todo: subdirector, jefe de opinión, el periodista estrella del juicio del 23F, el enviado especial a Chile o Argentina. Cuando se ha tenido tanto prestigio e influencia que incluso se fue el único periodista que estuvo en la casa donde estaba Felipe la noche de las elecciones del 82. Cuando además se estaba convencido de que todo eso se merecía, si no más que nadie no menos que los que cada vez estaban subiendo más alto, ganando más dinero y ahora lo dejan casi en un segundo plano, como poniéndolo en su sitio, para que vuelva el orden natural de las cosas a su cauce. Cuando te has tomado tantas copas con ellos, cuando se han intercambiado tantas confidencias y se saben tantas cosas, cuando de pronto te convences de que va a ocurrir lo que tantas veces se ha visto en las películas y se tiene el temperamento explosivo y todavía algunos amigos que para intentar devolver el golpe.  

Polanco y Cebrian

Esos amigos verdaderos que ahora se rebelan tan necesarios y que siempre parecen tan pocos, los que se ofrecen realmente a apoyarte y te abren otras puertas. Justo las de enfrente. Como el “Tiempo” de Pepe Oneto, la COPE y «Onda Cero» de la mano de Luis del Olmo o el “Diario 16” de Jose Luis Gutierrez donde ya escribía con el tono muy alto, sangrando mucho por la herida narcisista, ajustando cuentas con su antiguo jefe y amigo o cargando a pecho descubierto contra la gente de Jarrai que le habían dado una paliza a un Erzaina desarmado. Había que tener mucho valor o mucha desesperación para hacer eso en aquella época, cuando todo el mundo se ponía de perfil 

En 1993  el salto a “El Mundo” de Pedro J, donde ya se habían refugiado otros despechados como Umbral, donde publicó durante 16 años una columna de opinión con el lema “Bajo el Volcán”. En esa época (1996) ocurrió esa desaparición que parecía un secuestro y luego no fue nada. Una de las cosas que luego le echaron en cara los falangistas indignados porque en un artículo había dudado de virilidad de Jose Antonio. También donde ajusto cuentas con Haro Tecglen, otro de los antiguos compañeros de viaje. Muchos frentes abiertos y muchos enemigos, la sensación de tenia yo de que tenía muchos menos lectores porque, a esas alturas, ya no lo leía. Por fin “La Razón” y el paso total ese lado oscuro (para muchos de sus antiguos lectores) con el que él hubiera sido tan despiadado en otros tiempos cuando era auténticamente de izquierdas.

Busco sus artículos y, salvo los de “El Pais”, no me es fácil encontrarlos. Me sumerjo en los del 82 para abajo y me noto ingresar en otros tiempos, cuando este país era distinto y nosotros también. Y soy consciente hasta de que punto he divagado impunemente sobre la vida, que no he conocido directamente, de alguien que ha muerto, pero no soy periodista, solo un aficionado sentimental a los que les siguen cayendo bien los tipos excéntricos que no son perfectos pero escriben sin parar y se juegan la vida en cualquier texto, los que son capaces de hablar libremente aunque se equivoquen, los que deciden no ir de puntillas para no molestar a sus amigos, mostrando que el rey, a veces, va desnudo. Los que supongo que pueden ser a veces también insufribles o contradictorios.

Dejo aquí, como homenaje, aquel reportaje que escribió cuando estaba en la cumbre  y tenia 38 años. También como un aviso de que “somos mortales” y en la vida pasan luego muchas cosas, aunque ahora se pueda estar en la cumbre, y sobre todo pasan muy deprisa. 

Con Felipe González

«Felipe González espera tranquilo en casa de un amigo» Jose Luis Martin Prieto. EL PAIS 29 de Octubre de 1982.

La niña pequeña de la casa, ocho años, tras sus gafitas de bichejo, vivaz e inteligente hasta fuera de lo común, va picoteando verbalmente a los habitantes de la casa. «Qué bien», le dice a su madre, «tener a Felipe tanto tiempo en la casa». Más tarde, a la hora del almuerzo, se acerca al caballo socialista para preguntarle: «¿Cuántos vamos a ser?». Felipe, entre las risas generalizadas de todos, le contesta: «Doscientos en el Congreso y ocho en la mesa». Es la broma relajante: por cuanto ya por entre algunas dudas sobre el triunfo final por parte de Carmen Romero, el candidato había vuelto a comentar que le preocupaba una barrida. Aunque después, al calor de la charleta, se comenta: «Pero también hay que considerar que si se supera la mayoría absoluta los golpistas quedan moralmente bajo tierra. ¿Qué van a vender mañana -por hoy- a los ciudadanos?»El basset-hound de la casa, algo pesado pero amigable, olisquea a las visitas. Felipe, el día electoral, se distiende en la casita de un amigo -un chalé adosado, antiguo y con reformas- en la periferia urbana de Madrid. Te recogen en las proximidades para no andar dando direcciones por teléfono. Toda la seguridad está en el sótano, y nada en la calle delata que allí espera el candidato tras los visillos corridos que dan a las aceras. Un teléfono le conecta con el Ministerio del Interior, y otro con el cuartel general de su partido, sito en un edificio distinto a la sede madrileña del PSOE. Ni la más modesta de las aparatosidades; ni un télex, ni un videoterminal de ordenador: los dos teléfonos, la guardia del sótano y los visillos corridos.

Felipe distendido, en mangas de camisa, pide medio whisky. A la hora, el vaso, derretido el hielo, es un pantano sospechoso entre las copas aceptables de los demás.

-Oye -dice al dueño de la casa-, cámbiame a mí esto, que está muy raro.

-Es que ya han empezado los envenenamientos -se le comenta.

Sólo se le queja al admirable José Luis Moneo (su médico de familia) de que sigue notando molestias en un nódulo en las cuerdas vocales, después de tanto romper la voz a la bajada del autobús. Carmen lee un periódico. Nos pasamos los cuencos de barro en que aplastamos colillas de cigarrillos y puritos que alguien ha traído de la gira por Canarias. Telefonea Alfonso Guerra desde Sevilla -camino de Madrid-, adonde ha ido a votar. Telefonea Rosón pidiendo ayuda para que la calle permanezca tranquila. «Qué dejación moral por parte del Gobierno», se comenta. «Ya están traspasando las responsabilidades». Sea como fuere, Felipe lleva la última recta de su campaña pidiendo seriedad y nada de botellas de champaña, «que además está muy caro».

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Martín Prieto: la historia a espuertas

por José Rivero Serrano

El caso del recorrido profesional y periodístico de José Luís Martín Prieto (Madrid, 1944-San Lorenzo del Escorial 2019) tiene algunas lecturas posibles y otras más, imposibles o dificultosas. Las primeras, son las más evidentes y son, por supuesto, las que se desprenden de los obituarios y recordatorios de rigor-mortis, producidos por Juan Cruz en El País, por Juan José Armas Marcelo Víctor de la Serna en El Mundo. En donde acaban reconociendo la raza y la rareza del periodista muerto, que ha cabalgado empresas diversas y que desempeñó el fenomenal enredo del falso secuestro de 1996, en el que se involucraron ministros de Aznar, ex ministros de Felipe González y jueces estrellas, como Baltasar Garzón, en la medida que se creyó en la larga mano de ETA. 

Por supuesto en esa casuística del memorando rimado, habrá que convenir el trabajo extraordinario de Martín Prieto, con las celebradas y rememoradas crónicas del proceso de guerra de los golpistas del 23 de febrero de 1981: Antonio Tejero, Jaime Milans del Bosch, Alfonso Armada y otro más, fueron radiografiados por la pluma de Martín Prieto, en las largas sesiones del Consejo de Guerra en Campamento, a lo largo de 1982. Y en claro contraste esa escritura entre la crónica, el sainete y el memorial con las actuales empobrecidas crónicas, del mismo medio en que fueron publicadas las de Martín Prieto. Las actuales piezas veniales del Procés separatista que firma Pablo Ordaz y que parecen piezas menores del periodismo. Como ya si todo el arte venatorio del periodismo hubiera cobrado sus recompensas. 

Crónicas, ilustradas ejemplarmente por José Luis Verdes, ante la imposibilidad de verificar capturas fotográficas del proceso producido en el contexto de la severa y escueta jurisdicción militar. Crónicas ya agavilladas, que vieron agrupadas su presentación en forma del libro Técnica de un golpe de Estado: el juicio del 23-F. Que a juicio de muchos deberían ser de lectura obligatoria en Escuelas de Periodismo y Facultades de Ciencia de la Información, hoy muy devaluadas en la vieja escritura y volcada en recitativos de Facebook o Twitter, lejos  de los galeones del periodismo con sabor a tabaco, café y whisky. Por ello, la afirmación de Juan Cruz, en su escrito mencionado: “Fue, notoriamente, uno de los mejores cronistas que tuvo este casi medio siglo de EL PAÍS”. 

Y pese a ello y a su condición de cronista memorable, de subdirector del periódico y de adjunto a la dirección, hay hoy cierta racanería y elusión informativa en El País, con el tratamiento de la noticia de la muerte de Martín Prieto. Y ello frente a otros despliegues anteriores de personajes públicos que el tiempo concederá escasa relevancia. Quizás haciendo buena la versión del desencuentro que relata Víctor de la Serna y que le acabó apartando del periódico que contribuyó a fundar en 1976. “De regreso a España en 1988 -tras haber recibido el Premio Nacional de Periodismo-, Martín Prieto se encontró apartado y con un sueldo menguado en la Redacción de ‘El País’, lo que atribuyó a una inexplicable pérdida de confianza por parte de Cebrián”. Como si la estadía argentina y sudamericana, le hubiera abierto los ojos y las miradas, sobre diferentes asuntos nacionales.

Felipe González y Pedro J.

Las lecturas imposibles sobre las andanzas de Martín Prieto, escaparían de la convencionalidad de un recuerdo mortuorio y tratarían de aclarar episodios ambiguos en los que la figura de Eme-Pé, como le llamaban los próximos y amigos, salía disparada hasta la periferia. Entroncando esa aspereza del personaje con la de otros egregios hijos de Celtiberia, de difícil carácter pero de una mirada elevada y capaz. Hombres cabales, pero partidos, y difíciles en el intento de reducirlos a una fórmula simplificada,  a la manera de Fernando Arrabal, Fernando Sánchez Drago, Fernando Savater, Jon Juaristi o Félix de Azúa. Con los que, además, comparte, la historia de una decepción política de la izquierda comunista y otros arrabales. 

Episodios, además, que tienen que ver con las distintas posiciones que en los medios de comunicación del final del franquismo, van adoptando las empresas editoras y otros más quedan reflejados en la propia trayectoria alambicada de Martín Prieto, haciendo buena la propuesta de José María Castellet sobre ‘La ética de la infidelidad’. Algunos de esos episodios pueden rastrearse en la obra memorialística de Rafael Conte El pasado imperfecto (1998), conocedor del pasado de los diarios de referencias en distintos momentos, Informaciones y El País. Memorialismo que, igualmente, pasó desapercibido, o se quiso que pasase en su momento, al revelar las verdades de lo oculto. Donde da cuenta del encuentro apasionado de Juan Luís Cebrián con José Luís Martín Prieto en la redacción de «Informaciones», como un nuevo binomio de Cástor y Polux. El que creyó, según alguna confesión personal que: “ Informaciones pudo y debió haber sido el gran periódico democrático español, pero sus dueños, que eran varios bancos, tuvieron miedo en un momento de incertidumbre política en el que no se sabía muy bien por donde iba a tirar este país, y lo dejaron caer. ‘Informaciones’ fue literalmente asesinado, fue una traición bancaria. Se producen, por cierto, dos fenómenos paralelos. En aquella misma época empieza el declive del ‘Ya’, porque la Iglesia también se asustó al final del franquismo y no supo qué hacer con su periódico. La banca, que ahora tanto quiere estar en los medios, demostró cobardía institucional. ‘Informaciones’ tenía un director, Jesús de la Serna, por el que siento devoción, que soportó pacientemente y alentó a aquellos jóvenes que no sabíamos nada y creíamos que ya lo éramos todo”. Quebrando buena parte de la interpretación dominante de esos años, que realizan la responsabilidad del proceso de la Transición en unas pocas manos salvadoras. 

Jose Luis Gutierrez

Para al poco tiempo pasar con Cebrián, en 1976, al nuevo proyecto citado por Juan Cruz: “Era la época en la que la redacción de Informaciones, de la que venían ambos, empezó a desnutrirse a favor de una criatura que pusieron en marcha, con José Ortega Spottorno y Jesús Polanco como impulsores civiles de la criatura. Augusto Delkáder era, como MP (como siempre se le llamó dentro y fuera de la redacción) uno de los adjuntos de Cebrián. Y Javier Baviano, muerto hace unos años, completaba en la parte alta de la mancheta la dirección”.

Y es que no sólo lo citado cuenta, sino lo recorrido por Martín Prieto le deben ubicar en un lugar central de la historia del periodismo del último tercio del siglo XX. Alguien que ha recorrido cabeceras periodísticas como Nuevo Surco, Arriba, Pueblo, Ya, Informaciones, El País, El Mundo, Diario 16, Tiempo y La Razón no puede ser despachado con la brevedad solemne que realizan los nuevos medios. Como si quisiera ocultar ciertos hechos, para mantener la verosimilitud del relato dominante. Por eso, la historia a espuertas o a paladas, que arrojan tierra sobre los restos que emergen del suelo quebrado, para ocultarlos y mantener la llaneza del montículo.

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1 Comentario

  • Me ha gustado, se refleja el amor por lo bien hecho venga de quien venga y se sabe reconocer el bien de cada uno, lo que dignifica mucho a su autor.

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