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Manolo Preciado, demasiado corazón

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Incluso en ese paraíso artificial que es el mundo del fútbol, nada te golpea tan fuerte como la vida. Lo sabía muy bien Manolo Preciado, que escondía bajo una mirada abierta de par en par la tristeza de tres pérdidas consecutivas, las tres prácticamente irreparables. El destino fue deshojando a Manolo Preciado con una crueldad que abruma, arrancándole, primero, el pétalo de su mujer con la garra siempre zafia del cáncer. Después, estiró de la flor el nombre de su hijo Raúl, al que se llevó un accidente de moto. Preciado siguió en pie. “La vida me ha golpeado fuerte. Cuando murieron mi mujer y mi hijo podría haberme pegado un tiro, o mirar al cielo y crecer. Decidí lo segundo”, decía.

Frente al abismo

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Miro a estribor. Millones y millones de litros de aguas negras que se pierden en un horizonte brumoso e infinito. Contemplo la inmensidad en la que tantos hombres han creído ver a Dios. Pero, lejos de ser el dios amable, íntimo y personal que pregona el Cristianismo, yo no veo rastro de sentimiento humano. Sólo contemplo una grandiosidad informe y desalmada, un universo exorbitante y hostil que me recuerda mi pequeñez, mi insignificante finitud.

El sueño de carbono de Oscar Pistorius

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El pequeño Oscar tenía once meses cuando los médicos fruncieron el ceño. Algo no iba bien. Sin haber vuelto todavía por completo las doce hojas de un calendario de pared, aquel mico que braceaba y lloraba a partes iguales, pataleando también, tenía que pasar por el quirófano para corregir una malformación ósea que con el tiempo hubiera degenerado de mala manera. Y la única forma de corregir era amputar. Así, sin haber bajado apenas de la cuna, el pequeño pretoriano se enfrentó, sin saberlo, a un momento que iba a cambiar su vida al principio del otoño de 1987. El pequeño Pistorius entró al quirófano con una malformación ósea y salió sin ella, pero pagó un precio elevado: le amputaron, de la rodilla hacia abajo, sus dos piernas.