Feminismo “semántico” y feminismo “pragmático”

Fotografía Dennis Stock

A una mujer hay que idolatrarla, o dejarla. Lo demás son mentiras.

                                                                                   Érika María Remarque

Puesto que yo no soy muy del “pin parental”, ni como profesor ni como padre ni tan siquiera como censor de contenidos que necesitasen de mi contraseña en alguna de las múltiples pantallas que nos han sitiado, ganado la plaza y que, como invasoras foráneas acantonadas en nuestras casas, odio (la única pantalla que amo un poco es esta en la que escribo porque me hace sentir algo instruido de vez en cuando), he permitido que dos chicas den mis clases de tutoría de 1º de la ESO durante unas cuantas semanas. Es guay, a decir verdad: ellas ponen a mis chicas en círculo y yo me limito a mirar y dar alguna voz si la cosa se descontrola, como Kevin Costner en El guardaespaldas, esa película que no supera ni de coña el test de Bechdel. Digo que doy una voz no porque mi voz sea más grave que la de ellas o más autoritaria, sino porque me sé sus nombres, y digo “chicas”, pese a que mi grupo es mixto, porque es lo que hacen estas dos monitoras, dirigirse a todos como “vosotras”, puesto que por descontado a lo que vienen es a dar pautas de conciencia de género a la arcilla fácil de Secundaria (absolutamente necesarias, sin duda, pero debo reconocer que si un día viniera alguien a un instituto público a dar un taller de música de Bach un servidor se correría de gusto, con perdón); llaman a todos mis tutorandos en género lingüístico femenino, supongo que por compensar tantos cientos de años de idioma castellano escorado hacia lo masculino. De modo que mis alumnos varones, o varoncitos, ponen cara de que han oído mal, o de que las monitoras deben estar equivocándose sin querer, así que todo va bien y sigue sobre ruedas.

O seguía, hasta el otro día, en que mi alumno repetidor gitanillo al que teníamos expulsado porque el único amago que hace para parecer un estudiante es llevar la mochila -a partir de ahí todo lo demás es la anarquía: desde tocarse los genitales como Michael Jackson hasta sobar a toda hembra que se le cruce-, según las vio se puso a llevar la contraria a las pobres monitoras y prácticamente las puso en jaque. Fue divertidísimo, siento decirlo. Yo, naturalmente estoy de parte de ellas, pero el chaval, con no poca gracia, lo que hizo fue sencillamente defender a ultranza el machismo más rancio pero con argumentos caballerescos. Por ejemplo: a él le parece normal que su futura esposa se levante antes que el marido a hacerle el desayuno, puesto que él a cambio la va a querer por encima de ninguna otra -a este niño de trece años le hablas de poliamor, agamia o relaciones abiertas y echa el papo-, la va a proteger con su vida si fuera menester y la va a dar todos los hijos que Dios y el código del clan, que en el fondo es la misma cosa, le permitan. De verdad de verdad os digo que las sabias monitoras precursoras de un mundo igualitario no sabían qué hacerse con él. No podían con sus barbaridades sencillamente porque el niño estaba utilizando un lenguaje esencialista de la manera más natural y llana, dando por supuesto que la naturaleza ha sido ordenada y distribuida de esa manera, y por tanto que quiénes eran ellas (“a mí no me vengáis con…”, se arrancó) para impugnar y remover ahora el justo[1] reparto de los seres en cuyo planteamiento cósmico Dios ha asignado cabalmente un papel a cada uno de los ambos y únicamente dos sexos. A los homosexuales, claro, también les ha asignado un papel, pero más bien de acompañantes cómicos y extravagantes en el mejor de los casos, al estilo de Moncha Borrajo en los 80. Frente a un asalto tan directo, tan sin fisuras ni complejos, tan netamente cazurro y demodé como aquel, las dos chicas declaradamente feministas definitivamente no tenían nada que hacer. Era como subirse a un caballo salvaje de los del Rodeo para tratar de domarlo, o pedir a un tiburón hambriento (en el presente caso, de noche de bodas…) que no muerda. Resulta fácil convencer a los ya convencidos o al menos ya amedrentados, pero ponte a decirle a este mozo que jamás ha oído hablar del patriarcado pero sí del patriarca y que encima no tiene pelos en la lengua –omito un chiste basado en un viejo y bastorro piropo- que no sea tan cerdo o tan troglodita sin poder insultarle porque eres buena y quieres reeducarle.

A lo que voy con esta anécdota, más real que el coronavirus, es a que me parece que el feminismo -y opino como filósofo, no como macho, mal filósofo, pero todavía peor macho…- lleva tiempo metido en camisa de once varas a causa precisamente de eso, es decir, de que no sabe muy bien si practica un discurso esencialista y universalista o no. ¿Mis monitoras (en cuyo honor feminizaré todos los nombres propios y comunes que salgan aquí, a la porra el lenguaje inclusivo) tendrían que haberle replicado al insolente que una mujer no tiene por qué hacerte el desayuno porque no es tu criada, ni la criada de nadie? No pueden, porque el chaval hubiese respondido rápidamente que en su poblado hay cincuenta chicas ya casadas dispuestas a ello que no se sienten sirvientas sino que lo llevan a mucha honra. El feminismo, entonces, sólo puede reaccionar de dos maneras posibles y excluyentes ante esta evidencia empírica: o bien diciendo que las gitanillas no saben lo quieren, lo cual implica sentar que su cultura es atrasada y que deben ser conducidas quieran o no al modo de vida del s. XXI, o bien enumerando la cantidad de cosas buenas que esas chicas se pierden por no acceder a la vida moderna, como ser madres cuando les dé la gana o trabajar en lo que les apetezca –en realidad, hay una tercera opción, que es el no hacer nada, que allá se las compongan y que peor para ellas, pero esa tan insolidaria no la contemplo aquí. Pues bien, creo que raras veces empleamos el segundo camino, que es el de la seducción, y que podría utilizarse también con las mujeres musulmanas, mientras que abusamos del primer camino, que es el de la reprobación y el de tratar a las demás y a las otras culturas como niñas inmaduras y estúpidas.

Yo llamaría, a la primera modalidad de hacer por transformar las costumbres patriarcales en igualitarias, feminismo semántico, y la segunda modalidad, retórica y negociadora, feminismo pragmático, y una servidora se apuntaría más a esta última, no porque a mí me disguste especialmente la primera, sino porque la encuentro un lío teórico mayúsculo. Porque, en efecto, aunque no quieras, el debate siempre te lleva a definir la condición de la mujer de un modo absoluto e irrevocable, o perderás la mano frente al multiculturalista que te diga que no tienes ni una sola prueba de que efectivamente la mayoría de gitanas y musulmanas no estén satisfechas con su vida de sometimiento. Naturalmente, pueden sentirse satisfechas porque han sufrido un lavado de cerebro desde niñas, o pueden decir que están satisfechas por un miedo arraigado a sus amos, pero el asunto está en que eso jamás lo podremos saber. A no ser, claro, que dispongas de antemano, como una Platona al cuadrado (la Platona histórica diría, creo, que la pesquisa por la esencia jamás termina…), de una definición exacta del ser-mujer que tanto gitanas, como musulmanas, como tus propias abuelas, incumplen obstinadamente por efecto del Patriarcado, que, sin duda existe, pero no como una entidad empírica –como no lo es, tampoco, por cierto, el Capitalismo. Patriarcado y Capitalismo existen con una fuerza histórica casi semejante a la de Thanosa, la villana de Marvel que arrasa billones de seres inteligentes sólo con chasquear los dedos (Marvel, por cierto, ha creado con ello una hipérbole descomunal del Poder Absoluto y el Genocidio/Mazo tan bestial que deja en la insignificancia no sólo el maletín nuclear de Putina y Trumpa, sino a la propia Galactusa, la Devoradora de Mundos, y eso lo ven nuestras hijas en el cine un domingo por la tarde como quien no quiere la cosa[2]…), pero en tanto en cuanto ponen en marcha de modo muy poco democrático un conjunto de reglas de actuación coercitivas que configuran justamente el núcleo de eso que llamamos patriarcalismo o capitalismo. Ahora, mi argumentación, que no pretende ofender a nadie. Tanto el anticapitalismo como el antipatriarcalismo están de acuerdo e insisten mucho en que ambos son estados históricos contingentes. No tendrían por qué haber existido, nada en la naturaleza humana obligaba a ello, además aquí todos somos ateos, y aquellos que creían en Leyes de la Historia no hablaron jamás de la división sexual como la forma originaria de la lucha de clases. Hasta aquí bien, esto es lo que explica, además, que defendamos también todo el espectro LGBT+, que es amplio, ya que no hay modos de ser humano esenciales, impera la libertad, distinguimos entre biología, género y gusto erótico, y ya era hora.

Pero problemas, dejando a un lado para otra discusión el capitalismo: ¿cómo entonces se impuso el patriarcado, si es enteramente contingente? ¿fue más astuto (con lo que las hembras más cándidas), más fuerte (con lo que las hembras más débiles), más cruel (con lo que las hembras más pánfilas), mejor organizado (con lo que las hembras más desprevenidas)?… Ninguna de estas respuestas, u otras posibles, deja en buen lugar a la parte gestante de la pareja progenitora, como decimos ahora, o sea, a la hembra. Moral o inmoralmente, perdieron, fueron explotadas o fueron dominadas, es un hecho según la propia interpretación feminista más extendida. Después, si afirmamos que perdieron aquella extraña ordalía que no desearon por su propia dulzura y desinterés, esa que las amerita en la actualidad para guiar al mundo futuro por medio de una ética de los cuidados -con la que todas estamos francamente de acuerdo-, o por medio de su contacto privilegiado con la Madre Tierra -que es una imbecilidad risible-… ¿no estamos siendo esencialistas otra vez? ¿y qué esencia[3], entonces, la de la mujer hetero, a la que las feministas radicales encuentran cuanto poco sospechosa, la de la mujer trans, a la que ve con suspicacia una leyenda del feminismo como Lidia Falcón, la de la mujer sáfica, que mosquea a las feministas liberales como nuestras queridas Ayuso o Arrimadas, la de la mujer amazona, que gusta a Cayetana Álvarez de Toledo pero que apesta a kilómetros a hetero que se pasa la sororidad por el arco del triunfo, o la de, por parar en algún sitio (no me meto ahora en chicas pansexuales, asexuales, necrófilas, zoofílicas, fetichistas y un largo etc.), la de la mujer queer, que niega toda esencia y tu propio derecho siquiera a intentar encasillarla en identidad alguna? No veo, de verdad, la manera de salir de este embrollo, y pienso que el feminismo se extravía en él. Desde el momento en que el feminismo se mete en la lucha política, hace teoría, hace semántica le guste o no, y acto seguido ya no hay manera humana, tal como yo lo entiendo, de librarse del esencialismo –un esencialismo, por cierto, para cada adversario: el varón pasa también a tener una esencia, brutal, egoísta y chunga a más no poder. Sin embargo, la reivindicación LGBT+ se comprende a sí misma como constructivista: Judith Butler y tantas otras lo que dicen es que hay que sacudirse el género, que es una construcción social, para que aflore… ¿qué? Pues algo así como el “cuerpo vivo”, apunta Paula B. Preciado, sencillamente porque es ya el mínimo faktum constatable, menos imposible. Me cuentan hoy que Miquela Missé, también aquí en España, se siente prisionera de la obligación social de cambiar su género como hizo Paula B. Preciado, de modo que, para ella, hasta la reclamación trans actual tal como la conocemos es una cárcel. Se me funden los plomos, en expresión de mi padre. El mito de la plasticidad infinita del hombre, como lo oí llamar una vez a Javiera López, opera hoy como una posibilidad tentadora de vida, a la que muchas personas consagran su vida, y no como el mito que es.

Lo que quiero decir es que yo podría pasar toda mi vida mental decidiendo de qué módulo sexoafectivo voy a revestirme mañana -no hemos traído a colación aquí el género fluido-, mientras que al planeta Tierra los gases de efecto invernadero se lo llevan a los demonios. Mientras lo decido, dedicó cientos de horas a hablarlo con mis amigas, sintiendo que con ello hago política, lo cual sin duda en cierto, pero cuál política en concreto… En una charla que se puede ver en Youtube entre Ernesto Castro, la Diogenesa Laercia del presente, y Cristina Morales, la destroyer de la narrativa, esta última decía tranquilamente que no encontraba ninguna diferencia entre Pablita Iglesias y Santiaga Abascal. Pues apaga y vámonos. La sensación final es la de que es totalmente imposible llegar a ninguna sintonía teórica ni práctica, que es completamente previsible que el feminismo se dirija al próximo 8-M dividido y cabreado -por la prostitución, por el trans, por la gestación subrogada, por el marxismo, por el psicoanálisis, por la estética loca, por todo en general bien mezclado y preparado para explotar…-, que en vez de ofrecer una pacificación, el feminismo recrudece la tensión social y política y que filosóficamente cuando nos conviene somos constructivistas y cuando no esencialistas, lo que se conoce como la estrategia del patio y la torre . Donna Haraway, que ya está bastante mayor, escribió aquella frase famosa, “prefiero ser un cyborg a una diosa”, queriendo decir que ojalá en el futuro biotecnológico que aguardan los milmillonarios como Elona Munsk no se distinga ya entre los cuerpos de un hombre y de una mujer porque seamos todos cyborgs. A mi alumno el gitanillo le cuento esa idea y le da un ataque, él, que sólo madruga para perseguir a sus compañeras por los pasillos como un alegre y ansioso fauno en un bosque de ninfas, pero a mí, en mi tribulación, me empieza a parecer hasta interesante. Ni hombre ni mujer ni trans ni guapas ni altas ni gordas ni Jesuscrista Superstar: todos mitad hombre, mitad máquina, todo policía: ¡¡¡¡Robocopa!!!    

Bromeaba, pero no porque la violencia de género, por ejemplo, me parezca cosa de broma en modo alguno. Sólo es que encuentro que el callejón semántico no tiene salida y que únicamente genera odio. Que las mujeres se liberen, si quieren, por el motivo real y tangible de las ventajas materiales, sentimentales y hasta de adquisición de poder que puedan derivarse de ello. Lo demás, como dice Remarque, son mentiras…

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[1]Sabido es que “justo” no es igual que “equitativo”, y así se ha escrito la Historia hasta hoy, qué le vamos a hacer.

[2] Y luego nos preguntamos porque son tan pesimistas, porque dan la extinción por supuesta, porque no pelean, cuando la película más taquillera de la historia de la humanidad trata de que no somos nada: se nos aniquila a terabytes…

[3]Decía Nietzsche (y se hacía eco Ortega) que la esencia, o el ser, de los filósofos, científicos o demás teóricos es como un pez al que echas al río -el río de Heráclito, por supuesto- para luego mejor pescarlo después. Así, puedes llegar a casa presumiendo de captura, cuando lo que has hecho es trampa. Esa trampa es la maniobra básica de todo esencialismo: el esencialista “descubre” siempre la esencia que previamente ha arrojado, de modo que la jugada le sale siempre redonda.

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1 Comment

  • Engels, en efecto, en El origen de la familia, la propiedad privada y el estado lo que dice es que la subordinación de la mujer y el patriarcado tuvieron lugar como resultado de la formación de las clases sociales, lo mismo que la prostitución…

    Sobre el problema de la prostitución, por cierto, que es un problema serio, el feminismo más extendido está por la abolición por motivos algo románticos, además de evidentemente de economía política básica y perentoria. Yo todavía no sé qué pensar, entiendo que antes que nada habría que contrastar la experiencia de diferentes legislaciones, cuyas normas básicas en Europa son las que siguen:

    https://www.businessinsider.es/normativa-prostitucion-toda-europa-mapa-460945

    En el siguiente vídeo, por ejemplo, una abogada se manifiesta en contra del “movimiento puteril” femenino, al que desprecia y considera grotesco, además de manipulado por el “lobby proxeneta” (por cierto, ayer vi por primera vez Pretty woman y eso sí que es un manual completo de la alianza capitalismo/patriarcalismo):

    https://www.youtube.com/watch?v=4-zcIZhQM30

    Por cierto, en este mismo vídeo varias de las más ilustres feministas de España se posicionan en contra de una identidad femenina, como yo trato de defender arriba, lo que ocurre es que a renglón seguido niegan también el relativismo, con la consecuencia de que si no hay una sola manera de hacer una paella, pero tampoco muchas maneras de hacerla, nos quedamos sin paella. La performatividad de Butler no es fácil de gestionar en forma de agendas cerradas de exigencias políticas.

    Un feminismo pragmático no necesita de posiciones teóricas fuertes que devienen inconsistentes: sencillamente abogaría por la igualdad y el empoderamiento por repulsa de la violencia y las tecnologías de sometimiento sobre la mujer, por un lado, y por razones de claro interés en mejorar la vida, por otro. Creo que el mundo avanzado occidental ya es lo suficientemente sensible a esos requerimientos como para necesitar ser desatascado con enemas filosóficos añadidos, pero no es más que una suposición mía…

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