Lacaton & Vassal, Pritzker 2021: cuestión de fondo

El Premio Pritzker de este año de 2021 –a favor del estudio francés formado por Anne Lacaton (Saint-Pardoux, 1955) y Jean-Philippe Vassal (Casablanca, 1953), se ha producido entre otras dos noticias de relieve socio cultural y de matrices estéticas. Tales como el éxito en los Premios Cesar del cine francés, de la película de Albert Dupontel, Adieu le cons (algo así como Adiós a los gilipollas) por un parte, y por otra, el texto llamativo de Irene Domínguez en el digital Zenda libros, a propósito de El mal gusto de Rosalía, que no impide pese a ello, la entronización y musealización de la cantante. Tendencias ambas –las de los premios Cesar del cine francés y la de la coronación del feísmo militante– que se comparecen, en alguna medida, con las líneas de actuación de los premiados, y sobre todo con cierta recepción crítica entregada a la evidencia. Sin que ello suponga encontrar en sus obras cuestiones de estilo, de las que suelen prescindir con notoriedad.

Y es que el Pritzker de Lacatone &Vassal, con la sintomática muestra de la reforma y sistematización del Palais Tokio, en París como pieza central de su trayectoria, introduce el territorio deslizante del neutralismo contemporáneo. Y no ciertamente en las claves desplegadas por Anatxu Zabalbescoa en el diario El País, tratando de hacer ver la concordancia de las obras de los premiados este año, con los valores vinculados a los nuevos tiempos apesadumbrados y escasos. Tiempos en los que la dogmática moderna aparece presidida por la sostenibilidad verde –sustentabilidad, dicen algunos–, la eficiencia energética, el minimalismo formal y económico, y una implícita posición de Arte povera como reflejo de cierto despojamiento formal. Junto a ello, una inefable vinculación con la corrección política del momento. Baste ver el énfasis producido en la identificación de los ganadores, al insistir en que Anne Lacaton es la sexta mujer –Zaha Hadid en 2004, Kazuyo Sejima como parte de SAANA en 2010 y Carme Pigem como parte de RCR Arquitectos en 2017, e Yvonne Farrell y Shelley McNamara en 2020; pero olvidando la omisión en 1991 de Denis Scott Brown al premiar solo a Robert Venturi – en recibir el premio desde que se estableció en 1979 y los terceros premiados franceses –tras Portzamparc y Jean Nouvel–.

Palais de Tokio de Paris

Y así, al exponerse la propuesta de la actuación para el Palais Tokio, se llega a establecer el nudo central de su recorrido y de su credo: “En 2012, la reforma del edificio déco del Palais de Tokyo había quedado obsoleta e inacabada. Decidieron no enyesar ni pintar los muros de obra iniciando –involuntariamente [¿…?]– una moda povera que llegaría a muchos centros de arte. Lo que ellos querían era ahorrar presupuesto y ampliar espacio”. A retener el carácter involuntario de cierta tendencia. ¿Se puede llegar a mas involuntarismo neutralista? Y de todo ello, se afirma con estudiada contundencia que: “Hubo un tiempo en que muchos arquitectos sintieron la necesidad de escribir un libro-ideario –en general, críptico y vistoso– que explicase sus intenciones, sus teorías, su manera de entender o enredar la arquitectura. Los nuevos ganadores del Pritzker no escribieron, construyeron ese ideario”. Prosiguiendo, con ese razonamiento críptico y vistoso, la estela inversa de Víctor Hugo, cuando afirmaba que “la imprenta matará a la Arquitectura”, y consecuentemente ahora “la Arquitectura matará a la imprenta y al libro”. Y por ello, no hace falta escribir libros, para exponer teorías o pensamientos, sino construir los mismos edificios para que hablen.

Y ese ideario construido, a juicio de la crítica del diario independiente, es de naturaleza invisible (¿…?). Por ello: “La arquitectura de Lacaton & Vassal no se ve, pero es radicalmente transformadora. Cambia la vida de las personas. Está basada en las ideas y cuidada –nunca sacrificada– por las formas”. Una arquitectura invisible –una suerte de Nolli me tangere– pero radicalmente transformadora, parece complicado; toda vez que ¿cómo cambia la vida lo que no se ve? Abriendo la puerta a una suerte de teísmo arquitectónico de conjetura improbable. Incluso el propio razonamiento del jurado –presidido por el premiado en 2016 Alejandro Aravena– llega al extremo de considerar que “El trabajo de Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal refleja el espíritu democrático de la arquitectura. A través de sus ideas, acercamiento a la profesión y los edificios resultantes, han demostrado que un compromiso con una arquitectura restauradora que sea a la vez tecnológica, innovadora y ecológicamente receptiva se puede perseguir sin nostalgia. Este es el mantra del equipo de Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal desde que fundaron su firma con sede en París en 1987”. Y, claro, hablar de Arquitectura democrática es señalar la conveniencia de su reivindicación y el alejamiento de la que no lo es. Por lo que podríamos preguntarnos ¿Toda buena arquitectura es inequívocamente democrática? Y ¿cómo saberlo? Con ese impulso de buenismo democrático, junto a los efectos de la corrección política estamos llegando al binomio estudiado en 1977 por David Watkins como Moral y Arquitectura.

Incluso, forzando la invisibilidad de la Arquitectura, citada por Zabalbescoa, se llega a afirmar un raro trabalenguas de improbable efecto. “La crítica arquitectónica ha distinguido tradicionalmente la arquitectura de la construcción. O, mejor dicho, no se ha tomado la molestia de hacerlo, simplemente ha ignorado el 95% de lo que se ha construido en el mundo, como si la mala arquitectura no fuera arquitectura”. Si la mala arquitectura fuera considerada arquitectura, estaríamos en presencia de las tesis de la Muerte de Dios fijadas por Dostoievski, al afirmar que “como dios ha muerto, todo está permitido”. Equivalente a que han desaparecido las fronteras entre la arquitectura y la construcción y por ello todo producto construido es de suyo, arquitectura. Habrían desaparecido los juicios de valor por algún agujero de la historia. Por ese agujero, además, prosigue Zabalbescoa “se han colado corrupciones urbanísticas, problemas sociales, desastres energéticos, una atávica desconfianza entre la sociedad y la profesión de arquitecto y una absurda limitación en su campo de actuación”. Por ello la suerte de epitafio o de proemio –nunca se sabe– sobre los premiados. “Las esperanzas y sueños modernos de mejorar la vida de muchos se revitalizan a través de su trabajo que responde a las emergencias climáticas y ecológicas de nuestro tiempo, así como a las urgencias sociales, particularmente en el ámbito de la vivienda urbana”. De tal suerte que el colofón lo propone el presidente del jurado, el arquitecto chileno Alejando Aravena al decir: “Este año, más que nunca, nos hemos sentido parte de la humanidad en su conjunto

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