“Estar vivo es cambiar y ser perfecto es haber cambiado muchas veces.” — John Henry Newman
Inercia: resistencia pasiva
Cuando acierto no siempre me pregunto si podría hacerlo mejor. Y cuando me equivoco me cuesta reconocerlo y moverme de posición de buen grado.
Parece que salirme de lo conocido me quita seguridad. Como si rectificar, incluso en lo pequeño, implicara perder algo mío.
Hacer siempre lo mismo y pretender que las cosas salgan mejor es algo corriente en mi día a día.
Aprender es la razón de CEFÁLICA, por lo que la apertura mental tiene que ser su colofón: el punto donde el pensamiento puede empezar a evolucionar.

Arcilla
Consiste en dejar que la experiencia —tanto la propia y como la ajena— modele mi criterio. Puedo ser firme, pero aceptando que los hechos pueden llevarme a replantear mi posición.
Tener una mente abierta no es aceptar cualquier idea sino analizar los resultados de mis acciones y revisar mis convicciones cuando la realidad se empeña en mostrarme algo diferente.
Franklin P. Jones me da una pista: “La experiencia es algo maravilloso: te permite reconocer un error cuando lo vuelves a cometer”.
Se trata de revisar los fallos y asumir que incluso los aciertos pueden mejorarse. A vece son suficientes pequeñas modificaciones para conseguir resultados mejores y duraderos.

Repetir no es aprender
No puedo evitar equivocarme; el problema es no utilizar el error como aviso. Y aprender tampoco es absorber información sin sacar conclusiones.
Por otro lado, se suele llamar experiencia a hacer siempre lo mismo sin más planteamiento. Prestar atención a las alternativas que se presentan es la forma de evitar quedarme atrapado en mis inercias.
El entorno evoluciona continuamente: lo que ayer era suficiente hoy puede ser insuficiente, y lo que antes funcionaba puede convertirse en un obstáculo.
Si sigo haciendo lo mismo no puedo esperar resultados distintos porque a la naturaleza no se la puede engañar.

Del debate, el progreso
Cuando Wallace llegó a conclusiones similares a las suyas, Darwin no se encerró en su orgullo, sino que compartió, debatió y reforzó sus propias ideas. Ahí se notaba la grandeza: no en tener razón, sino en aceptar otras a través de la humildad y el debate.
Einstein rechazó la naturaleza probabilística de la mecánica cuántica porque chocaba con su intuición —“Dios no juega a los dados”—. Nadie está vacunado contra aferrarse a sus convicciones. Lo difícil es saber cuándo acierta la intuición, y eso no se sabe antes de equivocarse.
Con el tiempo he visto que la apertura mental no se decide en grandes momentos, sino en gestos pequeños: escuchar sin preparar la respuesta, aceptar un dato nuevo sin sentirlo como amenaza, preguntarme si defiendo una idea… o mi ego.
También exige decisiones mayores: reconocer que algo ya no funciona, torcer el rumbo o abandonar una posición sin necesidad de justificarlo.
En el trabajo, el progreso no nace solo de la tecnología: la innovación aparece cuando se reconoce que todo se puede mejorar y se escuchan ideas nuevas sin prejuicios.

Residente de décimo año
He tenido la suerte y el desafío de vivir una época de cambios quirúrgicos profundos.
Pasamos del nudo y la sutura al laser, el sellado por ultrasonidos y la robótica. Lo que antes requería amplios abordajes para hacerse bien —“cirujano grande, incisión grande”— hoy se realiza a través de milímetros. Al instrumental quirúrgico (herramientas cotidianas adaptadas) se añadió la alta tecnología diseñada ex profeso.
Cada avance me obligaba a reaprender, a dejar atrás lo que ya dominaba y reciclarme como “residente de cirugía” una y otra vez.
Esa experiencia, reiterada durante décadas, me enseñó que quien se aferra al pasado corre el riesgo de quedarse fuera del futuro.
Y me demostró, en mis propios compañeros, que los avances siempre los impulsan las mentes que permanecen abiertas.
Abordaje sistémico
No todos los eventos adversos terminan en daño. Y, sin embargo, algunos de los aprendizajes más valiosos nacen precisamente de aquellos que no llegaron a tener consecuencias.
En una ocasión se detectó a tiempo el uso de una solución de lavado en lugar del suero indicado. No ocurrió nada, pero se analizó. No para buscar culpables, sino para entender cómo había sido posible: envases similares, etiquetado poco claro, una confusión fácil de repetir.
Cuando se busca quién falló, el problema se cierra. Cuando se busca por qué ocurrió, la falta se transforma en enseñanza. Como recordaba James Reason, no se trata de cambiar a las personas, sino las condiciones en las que trabajan. Los incidentes, con o sin daño, rara vez tienen una sola causa: son la suma de pequeñas fallas que coinciden.

Es lo que intentan los sistemas de seguridad del paciente: identificar el incidente, analizar sus causas y modificar el entorno que lo hizo posible.
Sin embargo, ese aprendizaje no fluye de forma natural. Existe una resistencia silenciosa a exponer los errores: incomodidad, falta de tiempo, escasa confianza en que sirva para algo… y, sobre todo, el temor a la culpa. Donde predomina esa cultura, los fallos no desaparecen: se ocultan o se repiten.
Esa idea trasciende la asistencia sanitaria. En la vida personal y profesional, los errores en los que “no ha pasado nada” son los más engañosos. Permiten que todo siga igual… hasta que deja de hacerlo.
Consideraciones y matices
Tomarse la rectificación como una cuestión personal es una de las principales dificultades para aprender.
Debo asumir que abandonar una idea, aunque me resulte incómodo, no es una derrota. Rectificar es un mecanismo natural de conocimiento, pero, en la práctica, modificar un criterio suele llegar tarde y cuesta más de lo que parece.
Aun así, la flexibilidad también tiene límites. Cambiar constantemente sin un núcleo propio puede diluir el criterio (Nietzsche): nihilismo es cuestionar todo sin apoyarse en nada.
Aprender exige equilibrio: apertura suficiente para revisar, firmeza suficiente para no perderse.

En pocas palabras
Aprender no consiste en acumular información, sino dejar que la experiencia modifique el criterio. Tener una mente abierta no es aceptar todo, sino saber cuándo abrir la puerta.
Cada vez que cambio de opinión con honestidad, pierdo algo de rigidez… y gano algo de lucidez.
La lección de CEFALICA se condensa en que el Aprendizaje no termina nunca. Y quizás sea ésa la mejor noticia.
Hasta aquí el esquema de CEFALICA. La duda ahora es otra: cómo empezar a aplicarlo. Porque pensar bien solo tiene sentido si cambia algo.