“Santuario” de Faulkner o del amor masculino

And some kinds of love the possibilities are endless

and for me to miss one would seem to be groundless

    The Velvet Underground

 

 

Como cada verano, en una tradición de tres años ya, me destacó con mi nueva lectura de Faulkner. Requiere tanta concentración anímica y cerebral leer a Faulkner que exige de tiempo vacacional. No es autor para mesilla de noche, a no ser que te guste sufrir pesadillas farragosas, ni para viaje en metro o algo así, a no ser, por su parte, que no te importe pasarte de estación. Esta vez me he enfrentado a Santuario, la novela con la que Bill se hizo famoso, pero de la que se arrepentiría amargamente más tarde. Y resulta que esta faulknerada -que literariamente es magistral, no hace falta decirlo-, que pasa desde siempre por ser una dura “exploración del Mal”, en realidad es, sorprendentemente, una historia de amor, y nadie se ha enterado o, al menos, yo no lo he visto señalado en ninguna parte. Solo que es la historia de amor más retorcida y abyecta que se había escrito hasta ese momento. No voy a pararme en barras en contar parte de su trama, porque es sobradamente conocida (yo la he leído sabiéndolo…), y porque, en cualquier caso, Faulkner merece la pena por encima de cualquier resumen barato que podamos a hacer de él. Pero quien desee leerla por su cuenta y sin la ayuda de comentaristas entrometidos que abandone ahora mismo estas líneas.

En Santuario hay crímenes y violaciones, como en otros relatos de Faulkner, pero en este caso concreto violada y violador terminan por depender enfermizamente el uno del otro, y al final a él no le importa morir porque ya no la tiene a ella, y ella incluso es capaz de matar por él mediante una declaración falsa en un juicio. Y eso que ni siquiera ha habido acto sexual propiamente dicho entre ellos, porque él, Popeye, es impotente, y usa de los servicios empotradores primero de una mazorca de maíz y luego de un colega de fechorías mejor dotado y desde luego nada enamorado. Sin embargo, ella, Temple Drake, le coge gusto a ser forzada día tras día en un sucio burdel, que es mucho más real y directo para Faulkner que su pasada existencia de liviana pijilla adolescente. Por si en Santuario (que, por cierto, como nunca, que yo sepa, se ha explicado el título, deduzco que el “santuario” profanado se trata de la vagina de Temple, pero eso no se podía decir claramente en 1931) quedase poco claro, luego en Réquiem for a nun el personaje de una Temple más madura y casada se lo confiesa a su confidente negra: hubo algo excitante, algo salvaje en ser encerrada, vejada y ultrajada bajo la supervisión de ese canijo subhumano que fue Popeye. Quizá hasta Temple comprendió la gran necesidad que tenía de ella un tipo como aquel, callado, torvo y antisocial, un macho prototípico en todos los demás terrenos menos en el sexual. Esa necesidad absoluta, que va mucho más allá del amor o del sexo convencionales pero que también es tremendamente más infantil que el amor o el sexo convencionales, conquista verdaderamente a Temple, porque es una experiencia más profunda que la que le ofrecían los chicuelos de la universidad que la cortejaban.

 

 

Me recuerda también un tema que está estudiando en estos momentos mi mujer, mucho menos monstruoso y aberrante. Son los poemas amorosos de Heinrich Heine publicados en los años cuarenta del s. XIX, que tuvieron un éxito fenomenal y a los que luego incluso se les puso música. Pues bien: esos “planchazos” poéticos con los que Heine solía sorprender a su lector al decir “te quiero” para ulteriormente no decirlo o desdecirlo y establecer una distancia infranqueable con la amada en el golpe final tienen un poco de lo mismo. Parece que, tanto en Faulkner como en Heine, el amor de un hombre por una mujer tiene que ser así de chungo y transgresor para resultar viril. Si uno es un hombre de verdad debe ser una especie de anti-Romeo, y eso confiere una autenticidad incalculable a su pasión. Heine juega mucho también, en sus prosas, a estar herido de amor hasta el desangramiento del corazón precisamente cuando ellas ya no están, cuando sólo son recuerdo o anhelo. En persona, sin embargo, solo tendría para el amor ironía lírica. O sea, tanto Faulkner como Heine lo que ofrecen es el punto de vista masculino tradicional del amor entre hombre y mujer, totalmente desprovisto de ternura o de complicidad. Un señor se pone a escribir sobre amor, y si no quiere pasar por un blandengue o un poeta aficionado al que se le caen las babas por una chica, tiene que establecer que es un amor incomunicable, abismático, o que se comunica en terrenos o niveles que estratégicamente la mujer no domina y en los que se convierte irremediablemente en pasiva. Una locura machistona que, sin embargo, da lugar a grandes creaciones en prosa o en verso, porque decirse el varón a la hembra o la hembra al varón lo mucho que se quieren y tal y cual no daba para obras muy originales ya en tiempos de Heine, y además parecería demasiado vulgar.

Otro personaje femenino de Santuario lo enuncia meridianamente, para que no haya dudas:

 

“¿Un hombre? Usted no ha visto nunca a un hombre de verdad. Y agradézcale a la suerte que no lo ha sabido ni lo sabrá nunca, porque entonces se enteraría  de lo que vale en realidad esa carita de mosca muerta, y todas las otras cosas  de las que cree estar tan orgullosa y que sencillamente le dan miedo. Y si es lo suficientemente hombre para llamarla puta, usted dirá Sí Sí y se arrastrará desnuda por el polvo y por el fango para que la siga llamando…”

 

Heinrich Heine

 

Que Temple Drake pique este anzuelo es algo que Faulkner no explica lo suficientemente, tal como yo lo veo, pero es que en general Faulkner tiene a gala no explicar nada, y tan solo ofrece pistas que el lector debe recoger viendo a los personajes actuar a su manera. Creo, pues, que da por sentada cierta psicología femenina justamente impopular en nuestros tiempos que me recuerda, a su vez, a una brutalidad más reciente y más célebre que se permitió Francisco Umbral en Los cuerpos gloriosos del Magazine de El mundo y que dice, del modo más crudo y explícito, lo siguiente:

 

A uno, la violación le parece el estado natural/sexual del hombre (…) El violador del Ensanche (…) llevaba navaja para persuadir a sus víctimas, si es que puede llamarse así a la beneficiaria de un polvo inesperado, azaroso, forajido y juvenil (…) La hembra violada parece que tiene otro sabor, como la liebre de monte.”

 

Pero tenemos todavía ejemplos más cercanos. Está Joaquín Sabina, quien, en la canción de El pirata cojo, fantasea con vivir otras vidas, entre las que cuenta que le gustaría ser “viejoverde en Sodoma”, “Sultán en un harén”, “guapo en un culebrón”, “arañazo en tu espalda”, “fotógrafo en Playboy”, “polizón en tu cama”, y, en el abuso completo de la licencia poética y pasándose tres pueblos, en mi opinión, “violador en tus sueños” (en varios, por si con uno no tuviste suficiente…) Faulkner, por lo menos, considera el extraño amor entre Popeye y Temple Drake como fruto del Mal, él mismo usa esa palabra, preguntándose si hasta el Mal tiene una “estructura”, es decir, una lógica, un sentido, el sentido que tiene en esta historia el unir el destino de dos sujetos tan dispares, pero es que para Umbral, Pacumbral, y para Sabina, se trata solo de exhibirse, de hacerse el macho. No obstante, uno se teme que lo que unos, acomodados, únicamente imaginan, otros, menos favorecidos, ejercen (y, de hecho, leí no hace mucho en un titular de El País que en todo el continente asiático el 25 por ciento de los hombres reconocen haber violado alguna vez a una mujer.)

 

Francisco Umbral

 

¿Consiste en esto el lado más feroz del amor masculino, somos bestias que disfrazamos nuestro deseo de pillaje y posesión bajo el manto rosado del amor romántico[1]? Y lo que es más importante, ¿puede alguien concebir que ese atropello es aquello por lo que en secreto suspiran las mujeres, interpretadas como sumisas y consentidoras presas en celo? Faulkner y Heine estuvieron ambos infelizmente casados, que es lo que corresponde para quienes en el fondo descreen de eso, del amor “normal”, por así decirlo. Se casan “por si acaso”, y pese a todo, puesto que lo otro es, siendo sinceros, demasiado literario o demasiado criminal para vivir con ello a diario. Luego, Faulkner escribió más historias de amor, por lo menos, hasta donde yo alcanzo, en Las palmeras salvajes (pero el punto de vista superviviente vuelve a ser el de él), en El Villorrio (donde se describe maravillosa y pastorilmente la loca adoración de un disminuido mental por una vaca), y en La Mansión (donde, a iniciativa del hombre, la relación es tan pura que la pareja ni se toca pese a los ardientes deseos de ella). En fin, es lo que hay, el patriarcalismo que aún hay o lo que demonios sea que aún sufrimos. El pasado literario como síntoma de la neurosis erótica: lo que pasa con Sigmund Freud y el Psicoanálisis, entre muchas otras cosas, es que se quedaron cortísimos…

 

[1] Amor romántico que, sin embargo, será el propio Faulkner quien formule en sus términos más extremos años después, en la ya mencionada Las palmeras salvajes: “Oye, será siempre luna de miel. Siempre. Eternamente hasta que muera uno de los dos. No puede ser de otro modo. O cielo o infierno. Nada de cómodo y pacífico purgatorio intermedio para que nos alcancen la buena conducta, la abstinencia, o la vergüenza o el arrepentimiento.”

Dicen que el amor muere entre dos personas. Eso no es cierto. No muere. Lo deja a uno, se va si uno no es digno, si uno no lo merece bastante. No muere; uno es el que se muere. Es como el océano: si uno no sirve, si uno empieza a apestar en él, lo escupe en alguna parte para que se muera. Uno se muere de cualquier modo, pero yo prefiero ahogarme en el océano a que me escupa a una faja de playa muerta, y que el sol me reseque hasta convertirme en una manchita sucia sin nombre, sólo “Ésta fue”, como epitafio…

 

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