Chicho Ibañez Serrador: la muerte de un mito de la tele

Chicho” Ibáñez Serrador: mucho más que “¡piticlín, piticlín!”…

Por Oscar Sánchez Vadillo …

Hubo un tiempo de mi infancia en que “Chicho” Ibáñez Serrador era como Dios, o como poco como Charlie el de Los ángeles de Charlie. Subido allá en lo Alto, profunda voz en off (se estaría fumando un teologal puro…), condescendía amablemente a las solicitudes de Mayra Gómez Kemp o arbitraba con generosidad la decisión final por la que se establecía la pareja ganadora del Un, dos, tres de esa semana. Tres años después del inicio de ese famoso concurso -que más que un concurso era una ratificación televisada de la felicidad proporcionada por el Orden y la Ley- murió Franco, pero cosas como la continuidad del Un, dos, tres funcionaron como ansiolíticos colectivos para que la población percibiera que no se había acabado el mundo, que todo seguía más o menos igual (de hecho, hoy ya sabemos, tanto tiempo después, no que el franquismo haya vuelto, sino que nunca se fue del todo…)

Personalmente, no soy nada nostálgico de la cultura española de aquellos años, más bien al contrario: me produce una alergia irreprimible. Jamás he vuelto a ver Verano Azul, me produce dentera Naranjito y sólo Mazinger Z, que es netamente japonés, puede tocarme un poco el trigémino. Pero entiendo, extrañamente, que mucha gente la añore. Era un mundo más estable, más acogedor, más uterino, más simple, en resumidas cuentas, una España vuelta hacia sí misma que pronto además viviría la emoción aventurera de la Transición, real al menos en tanto en cuanto que la gente se la creyó a pies juntillas. Nunca he visto, tampoco, un solo capítulo de Cuéntame, ni me conmueven las canciones alusivas de Ismael Serrano. Comprendo, sin embargo, ya digo, que a las personas de mi edad hasta el recuerdo de una hostia de su padre les haga sonreír de añoranza, porque era una hostia con autoridad, monolítica, como Dios manda, no como esa difusividad normativa y vital en la que habitamos ahora, que parece que todo vale excepto tener las cosas claras y poder prever milimétricamente tu futuro, ahora no más que un pozo de angustia posmoderno y neoliberal que hay que combatir con yoga, mindfullness, zumba, tinder o chorradas así (y de ahí el nuevo votante de Vox, que se piensa que esos tipos tan malhumorados y aguerridos, tan perfectamente capaces de meterte una hostia como la de tu padre o de firmar penas de muerte sin inmutarse al modo del propio Caudillo, le devolverán aquella seguridad perdida de una sola forma de vida, un solo modelo de familia, un trabajo para toda la vida y un único destino trascendente…) 

Aunque ser la divinidad tutelar dispensadora de regalos y gratos sentimientos de la Santa Transición no sea poco, todos intuíamos que Narciso -y hay que reconocer que el nombre de pila le iba como un guante freudiano- Ibáñez Serrador daba para más. Había hecho dos películas de estilista del terror, algo distintas del suspense pequeñoburgués del Hitchcock que admiraba, sencillamente porque no le dejaron hacer más ni tocar ningún otro tema que pudiera ser delicado, pero demostró poseer más talento que el preciso para entretener a la familia con el “¡piticlín, piticlín!” en sus Historias para no dormir, en las que daba ya rienda suelta y desacomplejada a su imitación apasionada del genial director británico. Ibáñez Serrador daba para mucho más, estoy seguro, pero quedó encerrado en su jaula de oro de maestro supremo de concursos televisivos cada vez de menor monta, y yo llegué a verle personalmente dirigir  uno que pasó sin pena ni gloria y que se emitía tan sólo para Castilla la Mancha. No voy a recordar su nombre, sólo mencionar que la presentadora, muy bien dotada de femeniles encantos (¿lo veis? ya empiezo a hablar como Matías Prats padre…), estaba muy nerviosa al trabajar bajo el mando de una leyenda viviente de la televisión. Pero Chicho sabía confortarla cariñosamente, todo hay que decirlo, y yo me pregunté si igual de mal lo pasarían en su momento el elenco de las azafatas del Un, dos, tres… El caso es que de eso hace más de veinte años, y ya el talento excéntrico, casi foráneo, de Ibáñez Serrador se malgastaba en producciones de dudosa calidad y ningún alcance. España, esa madrastra ingrata, olvidadiza, acerba, como le gusta tanto decir en sus novelas a Pérez Reverte… Esperemos al menos que el Cielo tenga para “Chicho” Ibáñez Serrador la forma de un bonito apartamento en Torrevieja, Alicante.

Ibáñez Serrador: historias de la televisión

Por José Rivero Serrano

En 1955, José Luís Saénz de Heredia rodaba la película Historias de la radio, película singular en blanco y negro perfumado de ternura franquista y primicias tecnológicas, que captaba el clima del medio radiofónico de los años anteriores. Nótese que Saénz de Heredia, no sólo era primo de José Antonio Primo de Rivera, sino que venía de rodar la película Raza en 1942, con guión de Franco trasmutado en Jaime de Andrade, y además estaba destinado a  rodar el memorial absoluto de Franco, ese hombre, en 1964. Pese a todo ello, fue capaz de captar el medio radiofónico de esos años empinados, y captar de rebote también el paisaje social de esa España, que se desperezaba hacia el Plan de Estabilización y que quería creer en sí misma. Justamente el esplendor radiofónico se producía antes de ser postergado el medio rey de las ondas, por la llegada de la novedosa Televisión, cuyas primeras emisiones se producirían al año siguiente, el 28 de octubre de 1956. Cuya influencia sociocultural está por contar y analizar. Aunque ya se sepa contar entre las grandes transformaciones de la sociología del ocio.

Y esas historias radiofónicas trenzadas y trucadas, daban cuenta del estado del medio de comunicación, medio rey en ese momento y en esa primera mitad de los años cincuenta, cuajado de anécdotas intrascendentes, pero decisivas en la educación sentimental, como diría Manuel Vázquez Montalbán en su Crónica sentimental de España, donde el capítulo de los 60 se abre con la llegada de la televisión. Antes habían sido programas en directo presentados por Boby Deglané y por José Luís Pecker; seriales radiofónicos, unos con premio y otros con el grupo de actores de Radio Madrid, Matilde Conesa, Matilde Vilariño y Pedro Pablo Ayuso; musicales dirigidos por Raúl Matas y por Ángel Álvarez; retransmisiones deportivas en boca de Matías Prat y el gol de Maracaná que aún resuena; concursos en directo con promotor comercial y premios en especie y nombres propios de programas estelares como Cabalgata fin de semana o Discomanía.

El suceso relevante del esplendor del medio televisivo que vino después, debería de contar con un trabajo cinematográfico similar, que reflejara el ascenso y la caída de imperio televisivo a manos de los nuevos medios y de las nuevas  redes. Como ocurriera ya a comienzos de los años noventa y la llegada de internet, que aquí aún se llamaba ARPA. Como si la sucesión del predominio tecnológico, marcara una frontera con un antes y un después en las sociologías del ocio y del espectáculo.  

Y en esas inéditas y probables Historias de la Televisión, habría papeles estelares para José Luís Balbín y sus debates con cigarrillos, en torno a una película afamada en La clave; para Valerio Lazarov y sus conceptos delirantes del directo y del uso masivo del zoom como técnica de representación visual; para las magnas entrevistas culturales de Joaquín Soler Serrano y años después para las confidencias verdes y nocturnas de Jesús Quintero; también para las crónicas americanas de Jesús Hermida y su flequillo. Igual que el episodio final lo abandera, hacia 1997, Juan Cueto con la experiencia de una televisión moderna que no renuncia a la cultura, como fuera el tramo de Canal +. Pero sobre todo debería de haber un amplio capítulo para el papel desempeñado por Narciso Ibáñez Serrador y sus múltiples facetas inventivas en el medio televisivo que llegaba a los palacios y a las aldeas, a la manera del Tenorio. Que han hecho de él y de su trayectoria un modelo de visionario del medio televisivo. Un adelantado, y por ello, un incomprendido. Como si hubiera comprendido él solo, de forma anticipada, las lecciones de Marshall McLuhan y de Umberto Eco, al unísono, sobre el medio y el mensaje, sobre los apocalípticos y sobre los integrados. Sobre la cultura de masas y  sobre la sociología cultural del alto capitalismo de ficción, como dijera Vicente Verdú.

Narciso Ibáñez Serrador (Montevideo 1935-Madrid 2019), hijo de los actores Narciso Ibáñez Menta y Rosita Serrador, compone por ello una rara figura de realizador de éxito, descubriendo formatos inéditos que la primeriza televisión española aún no había descubierto. Aquí debuta como actor de teatro en 1954 con un papel menor en la obra Filomena Marturano, para instalarse definitivamente en España en 1963, donde estrena la obra de teatro Aprobado en inocencia. Y ya en 1964 pasa a trabajar en Televisión española, revolucionando y modernizando el formato de la televisión de los sesenta con series como Mañana puede ser verdad o La historia de Saint Michel, pero especialmente con Historias para no dormir (1966). A estas se suman los títulos para la pequeña pantalla El último reloj, El asfalto, Historias de la frivolidad y El televisor (1974). Todo ello con adaptaciones de clásicos en Estudio 3, y después con su serie de éxito ya citada, Historias para no dormir. Como si ya tuviera cierta capacidad anticipatoria para prever los formatos televisivos venideros y demandados, en sus diferentes presentaciones: series, concursos, programas docentes, ficciones. Todo ello lo verifica combinando la dirección teatral, la cinematográfica y la escritura de guiones con el seudónimo de Luís Peñafiel, junto a la invención de series educativas, como fueron Historias de la frivolidad (1967), que prolongaría ya en 1990 con su programa didáctico Hablemos de sexo, con presentación de la sexóloga Elena Ochoa

Capacitado para el serial televisivo, como demostró con sus reconocidas Historias para no dormir (1964), que contaban con el precedente propio, realizado para la televisión argentina de Obras maestras de terror, y que bebían de fuentes tan cinematográficas como Mis historias de terror favoritas, del director Alfred Hitchcock. Serie negra que bebía de los clásicos del terror, desde Edgard Allan Poe a Agatha Christie, desde Conan Doyle al mismo Alfred Hitchcock, y que supuso una acertada carta de presentación en el panorama televisivo español muy adormecido de los primeros sesenta, aunque entonces se viera ya a Ibáñez Serrador como un raro intelectual que cuestionaba las buenas costumbres familiares de la buena mesa hispana. Como habría deseado el mismísimo ministro Arias Salgado, más pendiente de la condenación eterna de los españoles que de otras realidades que ocultaba la censura. Por ello en 1974, a ser nombrado Director de Programas de RTVE, Ibáñez Serrador de un plumazo, lo primero que hizo fue eliminar la figura del censor y dimitió a las pocas semanas.

Realizador de cine con piezas tan solventes como La residencia (1969) y ¿Quién puede matar a un niño? (1976), aunque de filmografía escasa, sólo dos películas, como el mismo afirmaba al decir que “Hice el cine que me dejaron”. El carácter mediático de Ibáñez Serrador se conseguiría con el formato de los nuevos concursos. Que ya había ensayado en su etapa argentina con Un, dos, tres, Nescafé y que aquí materializó en 1972 con el programa concurso por excelencia Un, dos, tres, responda otra vez, que merece algunas reflexiones complementarias sobre el alma misma de los españoles. Del cual dijo que “Los programas se me ocurrían pensando en qué era lo que no había. Por eso Un, dos, tres tenía de todo: porque entonces en España no había muchas cosas. Era fácil. Lo mejor que tenía es que era imprevisible. Siempre había algo interrumpiendo y volviendo a sorprender. Esa era la clave: veías lo que no esperabas ver”. Ver lo que no esperabas ver, o ver lo que parecía novedoso. 

Por ello, los éxitos de audiencia que tuvo Un, dos, tres… escapan al mundo del ocio televisivo para entrar de lleno en la sociología cultural y del ocio. Un país de calabazas Rupertas, Tacañones, presentadores sudamericanos y azafatas estupendas, con falsas gafas y faldas muy cortas, dan para mucho.  Cuando en España a principios de los setenta había 37 millones de habitantes, un concurso como  Un, dos, tres… responda otra vez congregaba a 24 (¡…!) millones de televidentes. Cosa a todas luces imposible de realizar hoy con el fraccionamiento de audiencias o con el mejor de los programas posibles. Cosas de Chicho Ibáñez Serrador.

Se vio reconocido con diferentes premios, como el Premio a las Bellas Artes en 2002, el Premio  Nacional de Televisión en 2010, el Premio Ondas al Mejor Programa por ‘Hablemos de sexo’ en 2003, los premios Antena de Oro, Premio Iris y Premio Feroz de Honor, entre otros galardones, a los que se suma el Goya de Honor 2019. Ahora esperemos las Historias de la televisión.

Chicho Ibañez Serrador: el alentador encanto de la frivolidad

Por Ramón González Correales

Ahora que tengo cierta perspectiva me doy cuenta que la vida se divide en periodos entre los que se establecen muros que no siempre son permeables a la memoria, que van variando con el tiempo y, a veces, son totalmente opacos y, otras veces, comienzan a transparentarse con más fuerza que el presente. Para mí el gran muro que separó mi vida fue el del final del bachillerato, el de antes y el de después de irme a Madrid, el mundo de la infancia, de la adolescencia, de las cosas de los padres, de la obligación, del fútbol, de los programas de la tele,  de cómo salir de allí en busca de otra gente y el mundo que me creé después, que ya creía mío, elegido, distinto, superior y todas esas estupideces especulares que procura la otra cara de la ideología cuando se vive con la vehemencia del nuevo converso y se utiliza para autoafirmarse, para encontrar un lugar bajo el sol, para sentirse alguien, para elegir a los tuyos o una forma de vestir o unas opiniones sospechosamente rotundas.  

Durante muchos años lo que quedó atrás parecía enterrado, sellado con ese rechazo emocional con el que durante mucho tiempo no apetece volver a casa, ni que te gusten algunas canciones o algunas películas que sin embargo te gustaron. La situación de ese muro, 1975, hacía todavía más fácil mantenerlo opaco. Nada de lo anterior podía ser valioso, ni benigno, Nadie de aquel mundo podía ser inocente, ni tener talento, ni haber creado belleza. Así de fácil y de estúpido, pero así suele ser la vida que luego se venga poéticamente a través del eterno retorno de lo mismo.  

La televisión entonces, la única que había, la veía todo el mundo y a través de ella se fue entreteniendo un tiempo aburrido, y limitado para mucha gente, pero también los sueños de salir de allí, las otras playas posibles, las otras chicas a las que podíamos gustar, la libertad en todas sus facetas que era lo que realmente más apetecía, la posibilidad de escribir y vivir como esos escritores que a veces ya aparecían por la pantalla. Y pasado el tiempo los programas de Chicho Ibáñez Serrador tengo la sensación de que aportaron frescura, esperanza, erotismo, risa, modernidad, incluso posibilidad de reflexión. Y además era un triunfador. Lo que no era poco como posibilidad de modelaje en aquellos tiempos.  

Recuerdo que en 1990 ya muy establecido al otro lado del muro, estaba haciendo un máster de sexología, justo cuando Elena Ochoa comenzó a presentar “Hablemos de sexo”, un programa dirigido por Chicho. En aquel ambiente, muy marcado por “El nuevo desorden amoroso” y un cuestionamiento bastante radical de todo lo que tuviera que ver con un modelo reproductivo y convencional, todo eran prevenciones y descalificaciones. También yo veía esos programas con esa suficiencia del que cree tener las llaves interpretativas de todo lo que ocurre en la pantalla, del que puede con suficiencia interpretar los gestos y la ideología oculta. Incluso la presentadora me parecía hierática e insulsa, sin demasiada competencia. También en eso me equivocaba porque, pasado el tiempo, los programas me resultaron bastante aceptables, equilibrados y, realmente, no se podía hacer mucho más, ni se ha hecho nada mejor después. En un terreno donde el conflicto alusión/elusión, siempre estará latente, donde es tan fácil caer en el adoctrinamiento, allí se daban algunos conceptos básicos para manejarse en una época permisiva, se posibilitaba una reflexión para que cada uno intentara luego encontrar la línea de su deseo. Por otro lado la presentadora demostró con el tiempo tener un recorrido personal y profesional bastante interesante.  

La masturbación

De Chicho siempre me quedarán imágenes, porque hizo muchas cosas a lo largo de mucho tiempo. Las fotos de aquel padre de aspecto impresionante que tan bien casaba con sus “Historias para no dormir”, las gafas de las primeras azafatas, la sintonía de la «Ruperta», los bailes de las damas reprimidas de “Historia de la frivolidad”, su aspecto de bon vivant, de tipo divertido al que le van bien las cosas y disfruta en el mundo mientras se fuma un puro. No sé si era así, pero si lo era, tenía mucho que ver con lo que, al menos yo, pretendía conseguir al otro lado del muro. Con lo que todavía sigo intentando.

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2 Comentarios

  • Muy buena entrada homenaje a este grande de nuestra infancia, creo que tu descripción y definición de aquella época es excelente, ahora, ya sé cómo calificarla porque, a veces, miras hacia atrás y añoras partes de ese tiempo que nunca será igual y no sabes por qué te sentías tan bien, pero tú me lo has dejado muy claro, y me alegro de ello. Saludos

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