«El Irlandés»: el retorno del viejo Scorsese

«Un mismo hombre rara vez es grande y bueno»

Wiston Churchill

Cuando la noche del estreno en Netflix, tras más de tres horas de película, me levanté del sillón, lo primero que me pregunté es por qué  nos atraen tanto los mafiosos; por qué les hemos dedicado tanto tiempo de nuestro ocio en la vida; por qué «El Padrino» o «Uno de los nuestros» son películas que ya no podemos dejar de ver, otra vez, cuando las encontramos por casualidad  en la televisión; por qué nos interesa la psicología o la vida cotidiana de esos tipos que no dejan de ser vulgares y, a menudo, estúpidos, que, por supuesto, con mucha frecuencia, son violentos o crueles y representan valores que decimos denostar. Gente de la que, por otra parte, solo sabemos por el cine o las novelas, ya que casi nadie los conoce realmente, no nos relacionamos directamente con ellos, no sabemos si realmente son así, como nos los pintan, si hablan así, si disparan así, si tienen comprados a tantos políticos, si de verdad mataron a Kennedy o a Hoffa.

Y es que quizá nos gustan otras historias que nos convencen de que hay gente distinta a nosotros. Gente que es audaz y no tiene miedo o incluso le motiva el riesgo y no duda en arriesgarse; que sabe engañar y manipular para conseguir sus objetivos; que tiene carisma y un encanto, más o menos superficial, con el que sabe seducir a quien les conviene; que captan la debilidad de los demás y son fríos a la hora de tomar decisiones en medio de las más desesperadas circunstancias; que pueden ser crueles o transgredir cualquier norma sin sentir culpa ninguna. Es decir, quizá nos fascinan los rasgos psicopáticos que ellos tienen y nosotros no, que pueden asociarse en muchas intensidades y tonos distintos y que, a veces, origina una sabiduría que no solo sirve para ser un mafioso de éxito sino también para ser un militar que desactiva bombas o un neurocirujano que tiene que prescindir de cualquier resto de empatía para tomar ciertas decisiones en medio del mayor estrés.

Nos gusta imaginar que ese niño que llega en barco a Nueva York huyendo de su país, que podría fácilmente ser carne de cañón en el Bronx o Little Italy, y convertirse en una víctima llena de miedo y resentimiento o quizá resignarse a una suerte que puede creer que merece fatalmente, es capaz de mirar a su alrededor, de captar las reglas que mueven el juego y comenzar a aprovecharlas en su beneficio porque no está dispuesto fracasar y es capaz de atreverse con lo que otros no se atreven. Y, poco a poco, subir en ese mundo paralelo, que tiene sus propias reglas, e ir ganado poder y fortuna, siempre arropado en un grupo con sus propios códigos de conducta, que vive a lo grande, con las manos libres para acariciar lo que otros tienen prohibido. Así hasta que el éxito le lleva a cometer errores de cálculo o surgen otros enemigos poderosos que reclaman ese territorio que terminan disparando más rápido. Lo que Scorsese contó en «Uno de los nuestros» o Coppola en «El Padrino» . Un mundo que tiene brillos aunque sea violento e inmoral y perfiles psicológicos que nos interesan porque tenemos la sensación de comprender algo primitivo a través de ellos, algo evolutivo que intuimos que siempre estará ahí de alguna manera, aunque sea transmutado en otras formas mas aparentemente civilizadas.

El irlandés” comienza por el final, por el viejo que recuerda su vida en una residencia de ancianos, tratando de justificarla o al menos de comprenderla, solo ante las brasas de su propia cultura católica que trata de remedar sin emoción porque, en el fondo, no se arrepiente de nada aunque se lo haga decir el cura comprensivo que lo acompaña en sus días finales. El joven guerrero implacable que volvió de la guerra y terminó de camionero llevando piezas de carne. La oportunidad tan fácil de ganar algo más de dinero para su familia haciendo casi lo mismo, la confianza casi militar que va inspirando en los de más arriba que comienzan a encargarle otros trabajos cada vez más arriesgados hasta que comienza a “pintar casas”, cosa que sabe hacer con limpieza y sin rechistar, obedeciendo cualquier encargo aunque sea el de un buen amigo.

La película describe minuciosamente los rituales de esos tipos, que no aparentan lo que son, que, en este caso, son más grises y vulgares que en otras películas que los representan. Tipos cordiales con aspecto un poco despistado,  siempre sentados en la mesa algún restaurante,  donde dan órdenes en voz baja, como si no tuvieran más remedio o no fueran ellos («dicen los de arriba…»), donde charlan con futuros cadáveres como si los apreciaran mucho de toda la vida, mientras les sonríen y mastican despacio un pedazo de carne o beben una copa de vino tinto. Tipos que saben seducir a quién les interesa, que saben hacer regalos significativos para subrayar un vínculo de fidelidad, que dan abrazos que parecen auténticos,  que son leales hasta que no tienen más remedio que dejar de serlo según la lógica del negocio.  Que castigan implacablemente para dejar claro quien es el más fuerte, para marcar su territorio y enseñar sus colmillos.

Un mundo paralelo donde también pasa el tiempo y muchos terminan mal, donde algunos envejecen y finalmente mueren. Donde hay amistades que duran mucho tiempo. La película es, sobre todo, una reflexión sobre la vejez que trasciende el mundo de la mafia y hace reflexionar sobre la devastación que nos espera a todos. Esta atmósfera crepuscular se ve más acrecentada por la edad actual de los protagonistas (Pacino 78 años, De Niro 75 y Pesci 75, aunque parece el más viejo de los tres) y los efectos discutibles del rejuvenecimiento digital que contrastan con el recuerdo verdadero que tenemos de ellos por otras películas legendarias. Sus caras rejuvenecidas los hacen parecer inquietantes zombis y su cuerpos siempre se mueven con la torpeza de los viejos aunque, en la secuencia, debieran tener 40 años. Es verdad que a medida que avanza la película nos vamos acostumbrando al recurso pero la sensación de vejez siempre late al fondo, como subrayando la futileza esencial de la vida, lo que no puede remediar ni siquiera todo el poder de un mafioso, ni el éxito de actores como ellos que siguen tan jóvenes en otras películas. Aún así su interpretación termina siendo buena, creíble, en lo que depende de ellos. Scorsese dice que es como cuando un actor se maquilla para parecer más viejo, que le era más fácil hacer esto que explicarle a actores jóvenes la relación de los personajes que estos ya sabían.

La incredulidad esencial con la que nos vemos envejecer, con la que contemplamos el paso del tiempo que no vuelve y los acontecimientos trascendentes que tan pronto se olvidan y se sustituyen por otros que ya tienen, inevitablemente, otros protagonistas. La eficacia esencial de eliminar a alguien que molesta, de hacerlo en secreto, como si se lo tragara la tierra o totalmente en medio de la multitud, como aquel día en Dallas. Las cosas que dependen a veces de un solo hombre, los cambios que puede producir que desaparezca incluso en el aire social de un país entero. Todo lo que no sabemos aunque se haya escrito tanto sobre ello, las historias tan rotundas que a menudo hacemos con lo que no se sabe, el margen de manipulación que eso siempre permite en el presente por los nuevos poderes.

Produce vértigo y admiración repasar la filmografía de Scorsese desde los años sesenta, las conexiones entre su talento y su propia y agitada vida. Los tremendos retos que se ha plantado como director, la complejidad de los guiones y de los personajes que pueblan sus películas. Lo veo hablando con sus actores y amigos, todos de la misma edad, en «El irlandés: hablan los protagonistas» que también puede verse en Neflix y que ayuda a comprender algunas claves del rodaje y también el ámbito emocional en que ellos se mueven en este momento. Le interesaba sacar partido de la edad, narrar minuciosamente las relaciones de esos tres personajes, narra cómo ha procurado filmarlos en planos medios para que las secuencias fluyan de forma íntima y natural, para que puedan verse los matices de la comunicación que a menudo es tan caprichosa o tan puede ser tan determinante. Y puede decirse que lo ha conseguido incluso aceptando que la película va a verse, sobre todo, fuera de las salas de cine. Lo que está empezando a importar cada vez menos dada la calidad con la que ya estamos viendo las imágenes en nuestras casas. Donde una película como ésta no pierde capacidad ninguna de conmovernos.

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1 Comentario

  • ¿Tendrán las películas de mafiosos tanto predicamento entre las mujeres? Yo creo que no, y por eso esta tiene ese aire de despedida… Hay mucha admiración testosterónica de macho a macho en este tipo de cine, que yo desde luego comparto, y ningún personaje femenino interesante. Ni siguiera «El honor de los Prizzi» aprueba el Test de Bechdel (o, si no recuerdo mal, La edad de la inocencia de Scorsese, con Michelle Pfeiffer). Estupendo comentario, y qué pena ver tan viejo a Al Pacino…

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