Nunca me gustó el verano. No por el calor sofocante del pueblo durante más de nueve meses, a eso ya estaba acostumbrada. Tampoco por los insistentes mosquitos o las lluvias al atardecer que, cuando cesaban, dejaban la humedad tan pegada al aire que se metía en la ropa y te calaba los huesos. El verano siempre traía consigo a Brígida, y con ella todo cambiaba.  

Pueblo Nuevo es una pequeña aldea, lo de llamarlo pueblo es otorgarle un señorío que no posee, ni al que aspira. Por delante, el mar con sus vistas de postal; botes de colores, flotando sobre la mar turquesa. Por detrás, el monte; un cenagal, repleto de maleza, en el que se acumulaban a partes iguales, basura y bichos. Desconectados y alejados de todo. Un lugar idílico para nosotros, apenas doscientas almas y al que no solían llegar forasteros más allá de los vendedores ambulantes que tardaban semanas en aparecer con cualquier encargo. Tanto, que muchas veces nadie recordaba quién había comprado qué y la mercancía terminaba repartiéndose entre nuevos interesados.

La rutina era la misma casi todo el año; las mujeres lavaban y cosían las redes de los pescadores, secaban en tenderetes las pieles de los animales y alejaban las moscas de las ristras de chorizos para que curasen al sol. Los hombres hacían lo que podían para mantener los hogares, traían comida para los platos, con suerte alguna moneda en los bolsillos. No había para más, pero tampoco hacía falta. Nosotros jugábamos a la orilla de la playa, con los pies descalzos metidos dentro del agua recalentada que moría en la arena.Bertila preparaba el pan amasando cada bollo con sus propias manos, cociéndolo en el viejo horno de carbón que había sobrevivido a todas las lluvias, los calores y los huracanes. Se las arreglaba para sacar una hornada caliente a media mañana y repartirla entre los niños que se acercaban a pedirle un trozo. Si nos envalentonábamos mucho con las manos en alto lanzaba una sarta de improperios intentando poner orden, pero la regañina se desvanecía en cuanto nos veía con la boca llena y los ojos achinados de masticar. Siempre olía a harina y llevaba la frente perlada de gotas de sudor y restos de azúcar.

Ramón nos cortaba el cabello a tijeretazos o con la máquina de pelar, según se terciara, en el viejo sillón del portal de su casa. A veces nos rapaba a todos por igual y a nuestras madres les costaba horrores reconocernos a distancia, era el momento perfecto para burlar la férrea vigilancia a la que éramos sometidas las niñas, intentando cuidar la virtud para la noche de bodas. Mi madre me miraba resignada cuando me veía aparecer con dos centímetros de cabello y guardaba en el cajón las cintas que solía trenzarme para ir al colegio. No le gustaba verme así, pero sabía que era una buena forma de mantener los piojos a raya. Cuando se trataba de utilizar su navaja, Ramón era más exquisito; se tomaba su tiempo para afilarla en una piedra del tamaño de la palma y preparaba una mezcla de espuma blanca a la que ponía gotitas de lavanda. No pagábamos nada por aquellos servicios, pero alguien le traía un ave de corral o un queso fresco que saldaba la deuda.

El colegio era una especie de barracón con sillas desiguales y una pizarra desvencijada con desconchones. El tejado de uralita hacía que el calor se multiplicase y el verano se hacía insoportable; teníamos que acortar la jornada de estudios por riesgo de morir sofocados entre aquellas paredes. Aunque costaba mucho tener un horario fijo para las clases, porque había que ayudar a los mayores en la limpia de pescado, guardar las redes o reparar las embarcaciones. Estábamos tan lejos de todo, que los profesores se entusiasmaban los primeros meses de curso con el reto de llegar al pueblo, pero según se volvía el clima más hostil, o los mosquitos se hacían con el camino lleno de barro, nos dejaban a nuestra suerte. Aprendíamos porque Pedro nos enseñaba de buena fe todo lo que sabía, lo que había traído consigo de sus años de formación. Se había graduado en la capital con honores y todos habíamos seguido la ceremonia desde la tele de casa de Ramón, apretujados contra el ventanal abierto de par en par. Un buen día Pedro regresó a Pueblo Nuevo para no volverse a ir. El cuchicheo malintencionado dejó claro de que había abandonado un futuro prometedor para atender a su padre enfermo y al negocio familiar, el único colmado del pueblo. Pero yo creo que había perdido el amor, tenía días en los que llegaba al aula con un aura taciturna que llenaba toda la habitación; entonces nos decía que si no estudiábamos nos saldrían orejas de burro y estaríamos condenados a quedarnos en el pueblo para siempre. A mí me daba igual, yo no quería irme de todas formas, pero me apenaba ver como suspiraba con todo el cuerpo y la desgana se le dibujaba en el rostro.  

Nunca importó a qué familia pertenecías, si eras de los más pequeños o de los mayores, jugábamos en grupos que cambiaban según crecían unos y se marchaban otros, tan mezclados que a veces había que andar con cuidado para no confundirse de casa y terminar durmiendo en alguna ajena. Todo iba bien hasta que el calor amenazaba con volverse insoportable y el ambiente se enrarecía sin motivo. Era entonces cuando llegaba Brígida. Cuando el termómetro parecía reventar, ella aparecía con su morral al hombro y un jarro de aluminio atado a un costado de la falda. El tintineo que producía era inconfundible, como también lo era su pelo del color del azafrán, con corte militar y lleno de piojos que veíamos brincar a un palmo de distancia de su cara. Se rascaba con fruición cerrando sus apagados ojos verdes, como si aquella acción le devolviese un placer oculto y exquisito. A nosotros nos daba mucho asco.  

Su principal tarea consistía en atemorizarnos; odiaba a todos los niños, sobre todo a las chicas. Disfrutaba llamándonos ranas blancas, putas y todo un repertorio de ofensas que se traía bien aprendido y que repetía de forma cansina cuando se cruzaba con nosotros. Mascaba hojas de tabaco que dejaban sus dientes negros y un olor característico que la acompañaba allá a donde iba. Si te pillaba observándola demasiado tiempo, escupía aquella mezcla nauseabunda con tal fuerza que no podías hacer otra cosa que correr.  

— ¿Amelia, no tienes nada mejor que hacer que estar sentada ahí? — Preguntó una tarde mi madre mientras yo observaba los brotes de la mata de aguacates del patio. Comenzaban a colgar como puños un tanto alargados y verdes como las hojas con las que se camuflaban.  

— ¿Mamá, este año vendrá Brígida? — le pregunté jugueteando con mis pies, sin atreverme a mirarle a los ojos.

—No sé, supongo Amelia ¿por qué quieres saberlo? 

—Es que me da miedo.—Como siempre, Amelia — se dio la vuelta y marchó sin decirme nada más. 

Traté de no pensar en ese momento, pero las fechas estaban muy cerca y junio llegó sin apenas darme cuenta. Brígida apareció por la orilla del mar arrastrando los pies con la falda arremangada a uno de sus costados y el inconfundible tintineo de su jarro de metal. No sé cómo venía desde ese lado de la playa, por ahí no había nada cerca y tendría que andar más de dos días hasta encontrarse con algún otro pueblo. Desde lejos escuchamos su carraspear mientras escupía el tabaco al agua. Al sentirla, se me pusieron los pelos de punta. Algunos, los más osados, se apresuraron a tironear del morral mientras saltaban entre risas a su alrededor. Ella gritaba, maldecía y amenazaba mientras trataba de quitarse de encima aquella panda de chiquillos por los que sentía aversión. Eran apenas unos minutos, hasta que algún adulto nos regañaba y corríamos a refugiarnos en las casas.  

Pasaba un tiempo indefinido en el pueblo, a veces se marchaba cuando el calor sofocaba hasta las aves de corral o cuando cielo comenzaba a empedrarse con las primeras lluvias de la temporada. Nunca tenía un día fijo, deambulaba de puerta en puerta pidiendo comida que nadie le negaba y dormía al cobijo del primer portal que le gustara. Su única exigencia era beber agua en su pequeño jarro de aluminio. Cuando pasaba por mi casa yo me escondía en el patio trasero hasta que se marchaba, mi madre prefería que yo estuviese presente, ofrecerle un plato de comida estaba bien, pero lo de verla insultar a su hija en su propia casa no lo encajaba bien.  

—¿Por qué nos odia? — le pregunté una tarde a mi madre, mientras la veía sacar un recipiente en el que siempre le servía comida a Brígida.

—No las odia, Amelia— dijo taciturna y sin mirarme a la cara. 

—¿Y por qué nos dice ranas blancas y esas cosas tan feas? 

—No lo sé…. ¿has probado a preguntarle? 

¿Preguntarle? No estoy loca, ganarme un escupitajo o una sarta de maldiciones de varias generaciones no era algo que estuviese buscando. A fin de cuentas, Brígida siempre había estado ahí, desde que tengo uso de razón, llevando los mismos andares y ese mal humor. Jamás me había acercado a ella y no sería esta la ocasión. 

Bertila nos repartió a todos unos bollos de pan caliente que nos sentamos a comer en medio de la plaza del pueblo. Hacía mucho calor y el curso ya había terminado, por lo que disponíamos de mucho tiempo libre para corretear o nadar en el mar a cualquier hora.  

—Mario, ¿ha ido Brígida a tu casa? — pregunté con la boca llena.

—Sí, ayer, mi madre le dio de comer y le preparó otro plato para la noche.

—Mmm…. – murmuré aparentando desinterés.

—¿Por qué lo preguntas? Llevas toda la semana preocupada por Brígida.

—No es eso, es sólo curiosidad.

—¿Curiosidad? —me miró como si me hubiesen brotado dos cabezas.

—Sí, no sé por qué es así, tan huraña, tan rara…

—Deja de preocuparte por ella, Amelia; es como es y no debemos meternos. — lo miré con mala cara, aquel aire de niño mayor me repateaba un poco. 

—Tú sabes algo, ¿verdad? —dije convencida y achinando los ojos.

—Sé lo que me contó mi madre.

—¿Y qué fue? 

—No creo que deba decírtelo, pregúntale a la tuya, que debe saber también. 

Me quedé pensando en Mario mientras terminaba de comer el bollo de pan. Mi madre seguro que sabía algo y no me lo había querido contar. De ahí sus miradas raras cuando sacaba el tema o las vagas respuestas que daba ante mi curiosidad. Ahora que lo pienso, creo que todos actuaban más o menos igual ante la presencia de aquella mujer. Hasta ese verano no me había dado cuenta de lo arraigada que estaba la figura de Brígida en nuestro pueblo. Sería porque cerca de cumplir catorce años, ya empezaba a comprender otras cosas y me fijaba en detalles que hasta entonces no me habían importado. Ella era una leyenda; aparecía de pronto y desaparecía con el mismo tintineo de su jarro de aluminio a la cintura. Crecimos escuchando la amenaza de nuestros padres: si no os portáis bien, Brígida se los llevará y nunca regresarán a Pueblo Nuevo. Hacíamos conjeturas sobre por qué trataba así a las niñas y no a los niños, tejíamos cuentos e inventábamos historias completas hasta donde nos llegaba la imaginación. Los adultos opinaban otra cosa, pero nunca la comentaban delante de nosotros, pero al parecer, Mario ya tenía su versión oficial, cortesía de su madre.  


Nunca había visto a Brígida cruzar dos palabras con nadie, ni con los animales, con solo llegar ya sabíamos lo que buscaba y se lo proporcionábamos sin hacer preguntas. Ella levantaba su jarrito de aluminio como señal de que era necesario llenarlo de agua, y ese era su único coloquio con los demás, el único momento de tregua entre todos. Aquello resultaba raro y excitante.

Una tarde comenzó a llover a mares. El aguacero se precipitó sobre la arena antes de que terminara de ponerse el sol con nubarrones que auguraban una noche tormentosa. Estábamos terminando de comer cuando tocaron a la puerta, me sobresalté y la sopa de pescado con pan casi me embadurna media cara al caérseme la cuchara sobre el caldo. Nos quedamos en silencio unos segundos, observándonos. ¿Quién tocaba a esas horas bajo la lluvia? Un rayo cruzó el cielo y me asusté tanto que estuve a punto de tirar el plato al suelo. Mi madre abrió la puerta con cautela y dio paso a una figura calada hasta los huesos; Brígida. Llevaba las ropas pegadas a su cuerpo y el pelo a su frente. Era la primera vez que la veía así, parecía frágil, como más pequeña y delgada; con las ropas empapadas, noté las costillas pegadas a su piel como en los animales abandonados que aparecían de vez en cuando a la orilla de los caminos. Mi madre no preguntó, le ofreció una silla para que nos acompañara en nuestra cena, y fue a por una toalla y una muda de ropa seca. Ya sabíamos que no era de mucho hablar, pero saltaba a la vista lo que necesitaba. Por primera vez nos quedamos solas frente a frente, no me miró, escudriñó el suelo y las paredes como si yo no estuviese en la habitación. Me asaltó la curiosidad por saber qué edad tenía, ahora mismo, con aquella ropa mojada y en mal estado había envejecido de golpe.  

Amelia, ¿por qué no le has ofrecido un plato de sopa? — dijo mi madre al volver de la habitación con las manos llenas de ropa.

No me había movido del sitio. Me limité a asentir y a poner en uno de los platos de barro cocido unos cucharones de aquella comida milagrosa de mi madre. Me aseguré de añadir algunos tropezones de pescado. No sé por qué me inspiró tanta lástima alguien que nunca daba ni los buenos días, alguien que, desde que llegó, no había dirigido una palabra ni a mi madre ni a mí. Pero me daba igual. Era una persona, se enfermaría si no cambiaba sus ropas y comía algo caliente. Como no podía esconderme en el patio trasero debido a la lluvia, no me quedaba otra que compartir el mismo espacio que ahora ella ocupaba. Un silencio extraño se instaló en nuestra mesa. Solo oíamos sorber la sopa de nuestros platos, y las cucharas raspando los fondos. Brígida comía mirando de reojo, a veces a mi madre, a veces a mí, desconfiando de todo. Como era su costumbre, no habló nada durante toda la cena. Al terminar pidió agua extendiendo su jarrito de aluminio, de donde bebió a pequeños sorbos.  

No fui consciente que había estado conteniendo el aire hasta que vi cerrarse la puerta. No sabía si estaba emocionada porque ella, porque por primera vez estaba cerca de mí sin insultarme, o porque aún ignoraba todo de su persona. Mi madre le había insistido para que pasase la noche en casa; la lluvia había cesado, pero afuera estaría todo mojado y sucio. Ella declinó en silencio la oferta y simplemente se fue.  


Dos días después de la visita de Brígida, mi madre me envió al colmado para comprar carne en salazón para la comida de su cumpleaños. Habitualmente vivíamos de lo que daba el mar y la poca caza que traían algunos vendedores ambulantes, pero una vez al año se permitía hacer un plato de patatas embadurnadas de aquellas hebras de carne que nos sabían a gloria. Pedro estaba en la trastienda y al sentirme llamar me hizo pasar al interior. Me costó adaptarme a la oscuridad del almacén que solo iluminaba una bombilla mustia y amarillenta que producía un zumbido constante. Sin darme cuenta una mole humana se abalanzó sobre mí, casi veinte años de diferencia y el triple de mi peso y altura, Pedro cruzó todas las líneas que el miedo podía dibujar sobre mi cuerpo de una sola vez. Una de sus manos se posó en mi boca impidiéndome gritar, y con otra intentó desabrochar torpemente los botones de mi blusa. Me revolví todo lo que pude, pero fue inútil. No lograba comprender cómo alguien a quien siempre habíamos admirado se comportaba de manera tan brutal. Yo era joven e ignorante, y en aquel momento no podía parar de recordar aquellas palabras de mi madre: por ahora, tus braguitas son solo cosa tuya; tu cuerpo es sagrado y nadie debería tocarlo sin tu permiso. Me asusté y traté de morderlo, pero no pude, comenzaba a ahogarme y las piernas amenazaban con dejar de sostenerme. De repente se detuvo, titubeó un instante y se desplomó justo delante de mis pies. Brígida apareció ante mis ojos con una inmensa olla en la mano. Lo había tumbado con un solo golpe en la cabeza.

 —Ven conmigo — su tono me pareció raro, casi melódico, nada que ver con el lenguaje grotesco de siempre.  

Asentí y me dejé guiar. Nos sentamos a la orilla de la playa, ella con los pies metidos en el mar. Mi corazón parecía desbocado, no podía pensar en otra cosa que en lo que había sucedido. Y en la voz de Brígida. La bola que había comenzado a hacer presión sobre mi estómago comenzó a subir por mi garganta y brotó en forma de llanto histérico. Las manos me temblaban, pero ella apretó mis rodillas con una de las suyas y todo se calmó.

— Tengo miedo — dije por fin

—Yo viví aquí hace muchos años. Tenía una familia, una hija de tu edad a la que el padre de Pedro le arrebató la inocencia un día de verano. Nadie hizo nada al respecto. Era una niña preciosa, mi niña. Siempre había sido muy alegre y risueña, pero después de aquel día no, la vergüenza se le metió en el alma. El mar me la trajo una mañana a la orilla con la boca llena de cangrejos y el cuerpo hinchado de tanta agua. Tardamos en reconocerla. —Me sobrecogí de espanto, pero no me atrevía a interrumpirla — Para nosotros, nada volvió a ser igual. Mi hombre se marchó para olvidar y yo casi me volví loca. Estaba convencida de que su hijo Pedro sería igual, en sus ojos había visto la ponzoña maligna, la misma que tenía su padre. Así que regresaba todos los veranos a espiarlo de cerca para asegurarme que no repetía lo mismo.  

¿Qué demonios era todo aquello? Me toqué repetidamente la cara y me limpié los mocos con los bajos de mi falda. Quería a mi madre, necesitaba contarle todo lo que acababa de sucederme, pero, por alguna extraña razón, estar junto a Brígida me reconfortaba.

—Pero Brígida, Pedro nunca ha sido mal hombre, nos ha enseñado las lecciones cuando nos quedábamos sin profesor y su padre, bueno, tampoco le conocía mucho. No sé, no sé por qué se comportó así hoy — logré decirle mientras las lágrimas caían por mis mejillas. 

—Todo el pueblo trató de tapar lo que le había pasado a mi niña. Era mejor olvidar que enfrentarse al único vendedor que nos abastecía, así que voltearon la cara en otra dirección. Estaba segura de que el padre de Pedro, muy viejo ya, no podría hacer nada, sobre todo porque yo lo había mutilado una noche mientras dormía. Apenas sería capaz de orinar. Pero de su hijo no me fiaba, estaba segura de que tarde o temprano lo intentaría. Los veranos, cuando venía de vacaciones desde la ciudad, lo veía espiar por las ventanas de las mujeres jóvenes para satisfacer su perversión.

Mi cabeza comenzó a viajar a gran velocidad, intentando procesar todo aquello, por eso regresó Pedro de la ciudad, cuidar a su padre enfermo. Por eso detrás de Brígida solo había silencio, los trapos de casa hay que lavarlos de puertas hacia dentro. Nadie quería enemistarse con ellos, pero Brígida era una más, aunque poco a poco se había ido apagando y mutando en aquella sombra de mujer que debió ser.

— ¿Por qué nos odias? ¿Por qué nos dices ranas blancas? 

—Amelia, cuando te dije que creí volverme loca al morir mi hija, era verdad. Durante mucho tiempo vagué sin rumbo comiendo y durmiendo donde me dejaban. Por ella no pude hacer nada, pero por las que vivían aquí, sí. Cuando les grito y les insulto veo temor en sus ojos. Era la única manera de mantenerlas en sus casas al menos durante el verano, cuando Pedro residía aquí con su familia. Albergaba la esperanza de que se quedara en la capital cuando terminase de estudiar, pero mis súplicas no fueron escuchadas. 

 Aquella noche, mi madre me escuchó con el corazón en un puño. Sacó de debajo de su cama el palo con el que nos protegíamos en casa, y salió dispuesta a todo. Una leona enjaulada, un animal herido defendiendo a su cachorro, así la vi. Golpeó la puerta de Pedro, el colmado y hasta el colegio, pero no lo encontró. Yo la seguía de cerca, y unos pasos por detrás de mí, algunos vecinos que no sabían qué pasaba. La noche llegó sin encontrarlos, nos costó dormir, yo a saltos, ella creo que nada. A la mañana siguiente, el rumor se extendió y ya todo Pueblo Nuevo sabía que Pedro y su familia se habían marchado. Bertila los había visto salir con varias maletas y cajas que subieron a una carreta. Sin despedirse, sin disculparse, sin explicaciones. 

Brígida se fue una mañana de forma silenciosa. No sé si lo que pasó le había ayudado a limpiar su alma o se vio reflejada en una situación similar a la que había pasado su hija. Tal vez exorcizó sus demonios aquella tarde, o salieron a la luz de una vez por todas.  Ella se fue cuando todo estuvo tranquilo y en su sitio. En nuestra memoria permanecerá como la señora gruñona que siempre había sido, la que venía del lado de la playa por donde nunca se llega a ningún sitio, la que nos atizaba el verano con su inconfundible jarrito de aluminio atado a la cintura de su falda

Pueblo Nuevo siguió siendo lo que siempre había sido. Bertila preparaba el pan, Ramón cortaba el cabello de los más pequeños y el colmado pronto encontró un nuevo dueño que lo administrase. La historia de Brígida la contaban los padres para aterrorizar a los niños pequeños, pero al cabo de los años había dado tantas vueltas, contada y recontada mil veces, que ya nadie sabía si Brígida era mujer, hombre o una mezcla de ambos. Para mí seguirá siendo un enigma maravilloso que conservaré en mi memoria mientras me quede vida que vivir.

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1 Comment

  1. says: Ana Belén Menor Martin-Consuegra

    Que placer leerte, te imagino escribiendo cada palabra, cada frase, como si estuvieras regando un jardín.

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