El niño solo, jugando o aburriéndose entre mujeres que cosían o bordaban durante muchas horas y escuchaban seriales o discos dedicados en la radio. Las sillas bajas, las conversaciones entre susurros y risas, las faldas por debajo de las rodillas, el aroma de los rosales del patio empedrado, los sueños probables quizá flotando en algún lugar muy lejano, todavía con fragancia a “Varon Dandy“. Las revistas que había por allí que mostraban mundos muy distintos: playboys millonarios que se deslizaban en la nieve en Sankt Moritz o miraban el mar de Saint Tropez desde un Ferrari rojo, descapotable, antes de tomar el cocktail del atardecer; Sorayas melancólicas y princesas verdaderas que iluminaban Montecarlo en las fiestas de la Cruz Roja; bellas chicas que tomaban el sol en bikini en las cubiertas de los yates y quizá besaban labios distintos, hasta muy tarde, por las noches; las vicisitudes vitales de Alain Delon, de Belmondo, de Claudia Cardinale, de Romy, de Brigitte Bardot.
Es misterioso cómo pervive o se extingue la cualidad del atractivo erótico de una generación a otra, cómo se transmuta, cómo unos detalles corporales o unos gestos lo cambian todo y lo deseable en un tiempo deja de serlo en otro para que emerja otro modelo erótico en el que pueda expresarse el deseo telúrico que lo mueve todo con el objetivo último de la reproducción. Ese eros que condiciona las culturas y construye ritos y sentimentalidades cambiantes que, la mayoría de las veces, se ha percibido como una amenaza para el orden social, como si fuera un daimon demasiado seductor y poderoso al que hubiera que mantener siempre controlado, envuelto ropajes equívocos pero siempre ligados al castigo, al miedo, a la tragedia o la culpa que eludan su persistencia, incontrolable muchas veces, en la condición humana.

Brigitte Bardot procedía de una familia conservadora de clase media, estudiaba ballet y conoció a Roger Vadim, cuando era asistente del director Marc Allégret, en una prueba para una película, a los 15 años, cuando él tenía 22. Su padre intentó evitar esa relación por todos los medios (circuló incluso el falso rumor de que llegó a amenazarlo con un arma) y al final terminó pactando que esperaran a que ella tuviera 18 años para casarse. Lo hicieron en 1952 y él la introdujo en el mundo del cine donde triunfó, en 1956, clamorosamente, con “Y Dios creo a la mujer“, una película mediocre pero en la que ella consiguió dos cosas: un amor pasión con Jean Louis Trintignant y poder mostrar al mundo un cuerpo de mujer nuevo, con una sexualidad a flor de piel que no parecía tener que justificarse ni ocultarse, como si nada pesara sobre ella, como si fuera inconsciente de su poder y eso la convirtiera todavía en más poderosa a la mirada de los hombres que la contemplaban asombrados. Como si se hubiera liberado de todas las cadenas, de la reproducción, del afecto, para ser pura erótica personal, descodificada, sin normas ni reglas de uso, sin posibilidad por tanto de lo perverso. Como si fuera el inicio de una nueva gramática de la sexualidad para relacionarse desde el cuerpo con el placer y el deseo. Eso que por aquella época fantasearon Pascal Bruckner y Alain Finkieldraut en “El nuevo desorden amoroso” un libro que fue un principio y también un final de lo que terminó sucediendo desde entonces, como ese “cuadro blanco sobre fondo blanco”, expuesto en todos los museos modernos y que, al final, nadie sabe muy bien qué hacer desde él. Lo que según escribe Jesús Ferrero, en un muy interesante artículo, ya detectaron algunos intelectuales de su tiempo.

Veo ahora la famosa escena de esa película, donde ella aparece bailando entre los hombres negros (otra forma de transgresión en la época) que sonríen y tocan los bongos, poseída por un eros tan poderoso que la hace ajena a la estética de los dos hombres que quieren controlarla que ya parecen pertenecer a un mundo fenecido. Es, quizá, la simplicidad de su ropa, la ausencia de maquillaje y la manera de mover las caderas, su pelo rubio tan largo y tan denso, sus labios tan gruesos, sus pies descalzos muy cerca de la tierra de la que parecen recibir un ritmo insondable, la forma de recorrer su cuerpo con sus manos, con mucha consciencia y sin ningún pudor, lo que la convierte en lo que iba a ser el icono de mujer moderna y en concreto de la mujer francesa de los sesenta. Es ya muy distinta a Rita Hayworth, por supuesto a Doris Day, pero también a Ava Gardner o Grace Kelly, incluso a Marilyn. Representa una estética adolescente, “pura y dura”, como la que emergió de Elvis Presley en su primeros tiempos. Como si esos nuevos cuerpos jóvenes estuvieran poseídos y protegidos por un daimon transformado de nuevo y dispuesto a hacer una revolución que luego se produjo en aquel Paris del 68, del existencialismo y la nouvelle vague, donde surgieron mujeres para el cine como Jean Seberg, Jeanne Moreau, Jean Birkin, Simone Signoret o Ainouk Aimee. Sus películas más valoradas por la crítica como “El desprecio” (1963) de Jean-Luc Godard o “Viva Maria” (1965) de Louis Malle estuvieron ligadas a esta corriente artística. También fue muy bien valorada “La verdad“(1960) de Henri-Georges Clouzot que pertenecía a una generación anterior que los de “Cahiers de cinéma” cuestionaban mucho.

BB y Tintignant al principio del rodaje no se llevaron bien pero, poco a poco, las escenas de amor exigidas por el guión de Vadim, terminaron creando una química entre ellos que los terminó incendiando: “A fuerza de ser natural en las escenas de amor con Jean-Louis, acabé enamorándome naturalmente de él. Sentía por él una pasión devoradora“, escribió BB en su memorias, Initiales BB, de 1996). Ambos estaban casados y los dos se terminaron divorciando para vivir una relación que duró dos años. Al final ella lo dejó por Gilbert Becaud. Fue uno de los muchos hombres que pasaron por su vida, mas de 100 según sus memorias, buscando siempre la intensidad: “Je pars avant d’être quittée. C’est moi qui décide”; “Il vaut mieux être infidèle que fidèle sans le vouloir” . Se casó cuatro veces: Además de Vadim (1952-1957), Jacques Carrier (1959-1963), Gunter Sanchs (1966-1969)y Bernard d´Ormale (1992-2025). Tuvo solo un hijo con Carrier pero lo vivió como un impedimento para trabajar y vivir libremente, evidenciando la tensión entre la maternidad y la libertad personal que vivieron muchas mujeres de sus generación. De nuevo en sus memorias anotó que su embarazo “Era como un tumor que se había alimentado de mí, que llevaba en mi carne hinchada, esperando el bendito momento en que por fin me libraría de él” Esta declaración generó que su hijo Nicolas-Jacques Charrier (1960)la demandara por violación de la intimidad ganando el caso en 1997. El hijo se quedó con el padre en el divorcio a los dos años de nacer y, desde entonces, la relación fue muy problemática o inexistente. A partir del año 2000 hubo un intento de acercamiento aprovechando el nacimiento de sus nietos pero la relación siempre fue distante y quizá marcada por el resentimiento. La fama le generó toda su vida críticas muy feroces que, a lo largo del tiempo, vinieron de todos lados: al principio, de sectores conservadores (incluso la OAS le exigió un impuesto en 1960 de 50000 francos antiguos); más adelante cuando se comprometió con el animalismo a través de la FBB y cuestionó la influencia de la cultura islámica y el multiculturalismo en Francia por el crecimiento de la inmigración (también pidiendo la prohibición del halal , como había conseguido el aturdimiento obligatorio antes del sacrificio, en 1964) o el feminismo del mee too, fue atacada desde la izquierda como simpatizante del Frente Nacional, que fue intensificándose con el tiempo sobre todo desde su matrimonio con Bernard d´Ormale un empresario muy cercano a Jean Marie Le Pen.
Quizá debajo de los adoquines no estaba solo la playa, sino los eternos retos humanos de conquistar una identidad individual y un orden social que probablemente siempre serán problemáticos y pendulares a lo largo de la historia. Personas sexuadas y deseantes, muy complejas y heterogéneas, con un libre albedrío variable, moviéndose en un mundo proceloso, con necesidad de reproducirse pero también de vivir una sexualidad no reproductiva que consideran esencial para su identidad y su realización personal. Todo en medio de una cultura de consumo, con modelos muy exigentes, donde conviven visiones y sentimentalidades muy diferentes, la mayoría que vienen de lejos, otras nuevas que pugnan por conquistar los códigos culturales de relación o incluso de imponer reformas legales que, a menudo, generan contrapoderes y conflictos que nunca serán fáciles de resolver.
Pero toda vida tiene su momento. A veces glorioso. Y la imagen pública que BB aportó al mundo, en su juventud, fue la de una mujer nueva, fresca, luminosa, con un erotismo capaz de encender el deseo masculino de forma muy intensa y también de vivir suyo propio con una gran determinación y valentía, lo que en ese momento supuso una gran transgresión y contribuyó a un cambio de roles entre los sexos en las décadas siguientes.
BB aquella chica francesa que siempre será tan bella …