El premio

Un premio es un accidente, algo que puede obtenerse o no, que no demuestra en sí mismo nada, que depende de un jurado determinado que ha nombrado alguien y que juzga algo que no es del todo objetivable, sobre el que quizá haya presiones o expectativas de intereses de todo tipo. En la historia del mejor premio quizá no estén todos los que son, ni quizá  sean todos lo que están y se pueden encontrar razones muy elocuentes para  no aceptarlo y mantenerse al margen o para decir que es un premio devaluado si no se obtiene. Pero un premio también puede mostrar una obra a más gente,  hacer que las palabras de un escritor puedan llegar a más ojos, aumentar su influencia, dar más calor a sus lectores.

Antonio Muñoz Molina es un escritor cercano, parece un buen muchacho  muy parecido a ti, al que puedes encontrar en tu barrio, que ha hecho “la mili” contigo o que se angustia por cosas semejantes a las tuyas, en el mismo tiempo que a todos se nos escapa tan deprisa. Eso quizá puede darle una falsa apariencia de escritor modesto, nada legendario, ni maldito, ni difícil, ni demasiado excéntrico.  Pero hacer un recorrido por su biografía, por sus novelas, por sus artículos,  por sus aficiones, por sus preocupaciones y, sobre todo, por la manera en la que utiliza las palabras, es  internarse en la mejor tradición de la literatura española y también en el mejor  sueño de ciudadanía española: cosmopolita, ilustrada, amante de placeres tranquilos y profundos, muy alejada de cualquier sectarismo resentido o violento.

Por eso, aunque los premios no demuestren nada, aunque sean azarosos, aunque se les puedan poner todos lo peros del mundo, mucha gente en este país nos hemos sentido hoy muy felices de que le hayan concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras a un tipo como él, que nos ha acompañado siempre, en el que hemos buscado refugio a menudo, con el que hemos tenido la sensación de conversar algunas mañanas al leer sus artículos, mientras tomábamos el café con leche. Un gran escritor con textos maravillosos, redondos, rotundos. Es una buena noticia que en este momento, en este país, le hayan dado este premio a un escritor como él. Nos alegramos mucho.

“Había imaginado una ciudad tan brumosa como San Sebastián o París. Lo sorprendió la trasparencia del aire, la exactitud del rosa y del ocre en las fachadas de las casas, el unánime color rojizo de los tejados, la estática luz dorada que perduraba en las colinas de la ciudad con un esplendor como de lluvia reciente. Desde la ventana de su habitación, en un hotel de pasillos sombríos donde todo el mundo hablaba en voz baja, veía una plaza de balcones iguales y el perfil de la estatua de un rey a caballo que enfáticamente señalaba hacia el sur. Comprobó que si le hablaban rápido el portugués  era tan indescifrable como el sueco. También que a los demás les resultaba muy fácil entenderlo a él: le dijeron que el lugar al que quería ir estaba muy cerca de Lisboa. En una estación basta y antigua subió a un  tren  que en seguida se internó en un túnel muy largo: cuando salió de él ya estaba anocheciendo. Vio barrios de altos edificios en los que empezaban a encenderse las luces y estaciones casi desiertas donde hombres  de piel oscura miraban el tren como si llevaran mucho tiempo esperándolo y luego no subían a él. A veces pasaba junto a la ventanilla la ráfaga de luz de los otros trenes que iban hacia Lisboa. Exaltado por la soledad y el silencio miraba rostros desconocidos y lugares extraños como si contemplara esos fogonazos amarillos que aparecen en la oscuridad cuando se cierran los ojos. Si cerraba los suyos no estaba en Lisboa: viajaba en Metro por el subsuelo de París o en uno de esos trenes que cruzan bosques de abedules oscuros por el norte de Europa.”

 

ANTONIO MUÑOZ MOLINA. “EL INVIERNO EN LISBOA”, 1987.

 

Etiquetas de este artículo
More from Ramón González Correales

El buen maestro

  La mañana de abril había amanecido muy limpia, con un sol...
Leer más

3 Comentarios

  • El mal fario persigue al bueno de AMM. Primero fue el lío del Premio Jerusalén. Ahora, con la Casa Real en horas bajas, el Príncipe de Asturias. Por no hablar de su controvertido nombramiento para la RAE de la Lengua, o de su paso fugaz dirigiendo el Cervantes de New York. Y todas esas cuestiones dificultan hablar de su obra. Que a fin de cuentas es lo que nos interesa. Y su obra, gana en las distancias cortas, y pierde en las distancias largas. Como se hizo visible en ‘La noche de los tiempos’.

  • Estoy preparando un artículo precisamente sobre el debate levantado por Javier Marías por unas declaraciones de AMM a propósito de su último libro, una polémica que viene muy al pelo para tratar el asunto del compromiso de los intelectuales, de las relaciones entre la calidad de una obra y una posición política (siempre criticada desde algún lado) y de la propia historia de todo eso en Europa o, sobre todo, en Francia. Como sabes, Alan Minc ha escrito un libro muy ilustrativo sobre el tema, “Una historia política de los intelectuales” que aporta muchos datos interesantes.

    Como cualquier escritor AMM te puede gustar más o menos, pensar que tiene novelas más flojas que otras o no estar seguro de que se pensará de él dentro de 100 años. Eso es difícil saberlo. A mí me gusta, pero también me pasa eso con él. Como con la mayoría de los escritores que leo.

    Pero en España somos un poco cainitas con la gente que le ha ido bien, que ha conseguido vivir de su oficio, que ha entrado joven en la academia, cuando a otros les cuesta tanto (y depotrican tanto de ella, hasta que al fin consiguen entrar o no lo consiguen, caso de Umbral, por ejemplo), que encima vive medio año en Nueva York y puede disfrutar de buen jazz y buenos museos. Y en seguida te ponen un estereotipo que se repite hasta la saciedad en cualquier medio, hasta el punto de que el calificativo de “controvertido” se ha convertido casi directamente en una descalificación.

    Hay que asumir que, en una sociedad abierta, hagas lo que hagas, escribas lo que escribas te van a criticar, en muchos casos por motivos ajenos a la literatura, a veces de forma feroz, y esas críticas no tienen por qué ser argumentos muy sólidos para valorar la calidad de una obra. No hay más que recordar los casos de Camus o de Borges o de Solzhenitsyn, lo que decían unos y otros en los setenta, por ejemplo. Además, en general, ciertas críticas vienen más implacables del campo que teóricamente era el suyo, por haberse desviado de no se sabe bien hacia dónde, por no ser suficientemente auténticos o puros.

    AMM lo dejó escrito en este articulo de 1993, como poniéndose la venda antes de la herida, y definiendo un poco la postura que ha tratado de llevar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *