Comentario herético a ‘El Paraíso Perdido’

 

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Si Dios existe ¿como podría yo no desear ser un dios?

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra

 

 

Soy un friki, lo confieso. Pero de los de verdad, de esos que estudian con todo detalle el totalmente inservible objeto de sus obsesiones. En este caso, se trata de los 650 versos de El Paraíso perdido, de John Milton, divididos en 12 cantos y compuestos en el siglo XVII, un poema heroico en verso libre. Parece un tocho muy culto, pero mi intención es enteramente friki, como digo. Porque el protagonista absoluto e incuestionable es el Diablo, y no hay nada más romántico que el Diablo. Como la teología católica ha tematizado la libertad humana única y exclusivamente como elección moral, el único que tuvo los redaños de escoger libremente fue Satán. Claro, si te dan a elegir entre el bien, que es lo que de todas formas Dios se va a encargar de hacer cumplir, y el mal, que está condenado a sucumbir, entonces optar por el mal es el acto más gratuito y libre que la religión cristiana puede concebir. Por eso el romanticismo posterior a Milton adoró los personajes maléficos, blasfemos. Serán maléficos, pero gracias a ello libres. Toda la obra de R.L. Stevenson, E.A. Poe y tantos otros se explica desde esa raíz de procedencia religiosa. Lucifer fue el ángel que comprendió cabalmente eso, y de ahí que William Blake escribiese aquello de -cito de memoria- “Milton, como todo verdadero poeta, en el fondo, está de parte de Satán”...

 

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Sin embargo, Milton, siendo muy grande, decepciona un poco. Aún no he terminado el poema completo, pero comete algún error para mi gusto, y además el tono general es algo moroso y edificante (al fin y al cabo, Milton es un barroco, no un romántico). El error más gordo está en hacer hablar a Dios y a su Hijo, el Mesías. Hasta que la entidad máxima habla, el Cielo es un misterio maravilloso que Satán conoce y añora pero el lector todavía no. Y entonces Milton nos los presenta haciendo planes e intrigando como un par de mafiosillos divinos muy bien hablados y creo que la caga. No obstante, hasta eso ayuda a entender a Satán. Él -Milton lo deja muy claro- se mueve por orgullo y envidia. Respeta y admira mucho la grandeza y bondad inmensurable de Dios y sus creaciones, pero no entiende porque se ha sacado de la manga de repente un Hijo que heredará todo aquello colocándose por encima de las jerarquías (tronos, potestades, dominios, virtudes, etc.) ya establecidas de los ángeles, fieles servidores donde los haya. Allí empieza el poema, en mitad de la acción, con el Diablo y sus huestes cayendo durante días por el abismo hasta los parajes desolados del Infierno. Es un arranque magnífico, soberano, sobre el que Milton después realiza diversos flashbacks

 

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Pero digo que entendemos a Satán porque, aunque Milton pone su mejor inspiración al servicio de pintar las delicias del Cielo y del Paraíso, respectivamente, al término el lector percibe un cierto regusto amargo que voy a denominar aquí “la inanidad de lo trascendente”. Los ángeles se pasan la eternidad alabando la sublimidad de Dios y Sus Obras, puesto que si Dios es Uno, y para colmo, Bello, Bueno y Verdadero, entonces, ciertamente, sólo cabe postrarse. El problema no es que eso pueda parecer un aburrimiento interminable, el problema es que Lucifer, ángel predilecto y muy bien situado, siente en sus celestiales entrañas la pregunta de Nietzsche: “Si todo está hecho de tal modo que sólo merece postrarse y alabarlo, ¿porqué no soy mejor yo el alabado y reverenciado?” Es decir, Satán vive en una infinidad espléndida en la que lo único vedado es ocupar el puesto del jefe, al igual que Adán y Eva lo tienen a güevo excepto comer de un árbol, de un jodido y miserable árbol. Entonces Satán logra convencer a decenas de miles de ángeles de que quién no aspira a la cumbre de la plenitud, a la plenitud de la Plenitud, por decirlo pleonásticamente, sencillamente es que no tiene espíritu, o sangre en las venas, que diríamos hoy. Tiene una cierta lógica: si realmente hablamos de la perfección absoluta la querremos incondicionada. Y encima aparece de la nada el Hijo este a situarse a la diestra del Señor porque sí, arbitrariamente…

 

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Se entabla, pues, una batalla colosal, para la cual Milton emplea sus mejores pinceles. Lo curioso, lo sorprendente es que los batallones de ángeles leales al jefe no la encuentran especialmente emocionante, al contrario, casi les duele en el alma, cuando es lo más emocionante y épico que jamás hayan emprendido -son, sin duda, unos ángeles “burgueses”… El Diablo, en cambio, sí lo ve así, e incluso declara que podría luchar eternamente. O sea, que la rebelión como tal vive de sí misma, tiene sentido por sí misma. Luego, por supuesto, es castigado, y lo pasa realmente mal (conoce nada menos que la desesperación…), pero mientras ha saboreado la única alternativa libre a la Voluntad de Dios, el único resquicio contingente a la inexorable necesidad, que decimos los filósofos. Y lo más interesante de todo, aunque Milton no lo dice: Dios también aprende la lección. Dios aprende que lo que Él ha querido y construido, siendo excelso sin parangón, puede no serlo todo, que resulta que hay algo más que Su Deseo, por más que sea un deseo Bello, Bueno y Verdadero. Satán es, sin haberlo buscado, el maestro de Dios: le muestra la posibilidad, o, por decirlo otra vez en pleonasmo, la posibilidad de la Posibilidad. “¡Sí, se puede!”, coreamos ahora, aunque eso que se pueda sea interpretado por Dios y sus secuaces inevitablemente como el Mal. Es entonces, justamente, y no por casualidad, cuando Dios crea el mundo de los hombres, El Paraíso, La Tierra.

 

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El Orden de Dios tiene pensado un lugar para cada cosa, y el espacio que corresponde a la libertad que se han tomado Satán y sus ejércitos no puede ser otro que el puto Infierno. Porque es una libertad que crea realidad, como la de Dios (de hecho, el propio Satán había prometido a sus seguidores algo parecido al politeismo…) Sin embargo, Dios aprende la lección, ya digo, e imagina un audaz experimento. ¿Qué pasa si crea una criatura nueva, incomparablemente menos poderosa que Satán, pero capaz de libertad, capaz de crear realidad? El Diablo introduce la Historia, él mismo ha hecho Historia -en el sentido más vulgar de sucesión de hechos diferenciados que pueden ser narrados-, en el seno mismo de la Eternidad, y Dios, entre excitado y temeroso, copia la idea. En rigor, el hombre tenía que perder el Paraíso, necesariamente, para que diese comienzo su propia historia. El Paraíso estaba condenado desde el principio, y Adán y Eva no han perpetrado pecado alguno, sino que solamente han ejecutado la voluntad secreta de Dios. A partir de este momento, la Eternidad ya no consiste en la repetición incansable de la Gloria, sino en la apertura a un infinito imprevisible de sucesos posibles puestos en marcha por el hombre, ese hijo adoptivo de Satán (como el Mesías es Hijo adventicio de Dios). Lo argumentaba elocuentemente Al Pacino en aquella película en la que hacía del Diablo y llevaba como alias humano precisamente el nombre de “John Milton”; está hablando con Kenau Reeves acerca de la culpabilidad y dice:

 

 

En efecto, Dios se lo debe estar pasando teta mirando a los hombres inventar cosas, matarse entre ellos y desbarrar en general, desde el punto de vista de de Su Enemigo. Pero Dios es Dios, no un patricio romano en un circo de gladiadores o un espectador de Gran Hermano 2456. De modo que también cabe la posibilidad -¡la Posibilidad!- de que Dios no sea un sádico y haya pactado tácitamente con Satán que a los hombres hay que dejarles hacer, porque es imposible incluso para Él juzgarles, cribar buenos de malos en ese magma de realidades complejas en que se baña la Humanidad. El Cielo era la leche, pero enormemente más simple. Los hombres deben, por tanto, rendirse cuentas tan sólo a sí mismos, y mientras que el Diablo les sigue tentando y enredando, Dios se limita a observar, pero no para regodearse cruelmente, como el vengativo Satán, sino para aprender. Dios no habría muerto, como insistía Nietzsche, sólo está simplemente aprendiendo, fascinado y acongojado a la vez. Aprendiendo las pasiones, la enfermedad, la muerte, el mal uso del poder, el ingenio, la diversión, etc. Nosotros somos también, como buenos hijos adoptivos del Diablo, los humildes maestros de Dios, que quizá ande por aquí confundido entre la gente, sin merma de Su Potencia pero anónimo y perdido, como en la canción de Joan Osborne:

 

 

Al fin y al cabo, todo Padre Bello, Bueno y Verdadero aprende constantemente de sus hijos… Me falla la teoría de qué papel exacto hace después de todo Jesús, el Mesías, en esta versión mía herética del cuento católico. ¿Habría, con su ejemplo, convencido a Dios (es un decir: para la teología católica Jesús es el propio Dios encarnado) de mezclarse con sus criaturas? ¿Les habría aportado con su sacrificio un código mínimo de convivencia para que el mundo no sea ya completamente y sin remisión otro Infierno? Los frikis no podemos estar en todo…

 

 

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4 Comentarios

  • Precioso y claro, me ha encantado. Yo creo que Dios, siendo el Padre Bello, Bueno y Verdadero, no podía dejar de mandar un Mesías, igual que los padres no pueden dejar de dar su opinión sobre la profesión que has escogido, los zapatos que te has comprado, el novio que te has echado o lo desordenada que tienes la casa. Y, a veces, hasta les hacemos caso en algo.
    Al hilo del pacto entre Satán y Dios para dejar hacer a los hombres quiero mencionar “Buenos Presagios”, de Neil Gaiman y Terry Pratchett, porque hay un ángel y un demonio de colegueo y estos dilemas se cuentan con mucho salero. Gran Bretaña, patria de herejes como Dios manda.

  • Ese Gaiman en concreto no lo he leído, y entre que el hombre no deja de producir, y que los suyos prefiero que me los presten a tenerlos (excepto uno: “Muerte: el alto coste de la vida”), la camisa comiquera no me llega al cuerpo. Pero prometo conseguirlo.

    Tu versión de Cristo mola, y podemos incluirla en la neo-teología esta. Pero a mi es que me gusta más el relato de Nicea: Cristo es que es el propio Dios, algo no compartido por protestantes y ortodoxos. El Absoluto mismo, y no un enviado suyo, se dejó matar en la cruz de la peor pena de muerte romana es totalmente estremecedor, y explica parte del encanto morboso del cristianismo frente a otras religiones. Creo que René Girard habla de esto en “La violencia de lo sagrado”, pero tampoco lo he leído.

    Pero aceptemos ese Hermano Mayor y Old Nicky Save The Queen…

  • Me dicen, y es verdad, que la cita en epígrafe de Nietzsche está mal traducida. En realidad, Federico dice, en alemán, “si los dioses existen, ¿como soportaría yo no ser un dios?”. Lo puse de memoria, pero también Andrés Sánchez Pascual yerra, porque traduce el segundo “dios” por “Dios”. El matiz no es un matiz, es importantísimo. La diferencia que va del paganismo al monoteismo. Pero igual vale para Satán, “el espíritu que todo lo niega”, puesto que la promesa que realiza a sus seguidores, como digo aquí, es la de ser dioses, en plural, todos a la vez, y cuando luego tienta a Eva lo hace con semejantes palabras: comed del fruto del árbol del Bien y del Mal “y seréis como dioses”…

    Bueno, ya se sabe que las divinidades greco-latinas quedan recogidas en el monoteísmo cristiano precisamente como demonios. El propio Satán, que no es descrito en ningún lugar de la Biblia, se representa habitualmente con las patas de carnero de Pan, el tridente de Neptuno, etc. Milton no hace nada de esto, y el Diablo para él es simplemente un gigante algunas veces, y otras veces un cuerpo brumoso y corrupto, aunque con capacidad para la metamorfosis…

  • Los enlaces de Pacino y la Osborne están invertidos conforme a la técnica satánica de Aliester Crowley, ese tipo tan influyente que hasta aparece en la portada del Sargent Pepper´s de los Beatles y que les convenció, después de muerto, para hacer canciones que contienen un mensaje oídas del revés.

    Qué miedito…

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