Rafael Sanchez Ferlosio: la larga vida de un gran escritor

Recuerdo haber visto a Rafael Sánchez Ferlosio al principio de los ochenta cuando ya parecía muy viejo y muy desaliñado, en el vestíbulo del Chami, donde lo había llevado alguna gente que yo conocía y que lo admiraba mucho,  en zapatillas de cuadros, con un abrigo gris, una garrota y unas guedejas muy canosas y un poco apelmazadas, con cierto aire de timidez. Me contaron que, entonces, iba mucho por el café Comercial y que vivía en un piso destartalado que, de vez en cuando, mandaba adecentar Carmen Martín Gaite. En aquel tiempo no publicaba casi nada pero, al parecer, seguía escribiendo de cosas filosóficas o lingüísticas que era lo que le interesaba entonces. Tenía prestigio entre la gente que rodeaba a García Calvo, Savater entre ellos y Tomás Pollán, al que tuvimos, por entonces, en una tertulia donde iba de profesor simpático, bohemio y solitario, ajeno a la fama y con cierta conciencia de tener más tiempo para leer que sus amigos famosos (como Savater). 

Es curioso la idea tan aparentemente sólida que nos vamos haciendo de la gente que no conocemos (quizá también de la que creemos conocer y no conocemos del todo) con el tiempo. Nunca hablé con él, pero ahora que ha muerto, se me agolpan las referencias, retazos de conversaciones con gente que lo conoció, entrevistas, fotos, artículos respecto a los que yo me he ido posicionando y que me creaban emociones de simpatía o antipatía, la opinión o la relación con otros escritores de su generación, incidentes de su vida que he leído por ahí a lo largo de muchos años. Al final tengo la sensación de que fue un personaje típicamente español, con similitudes con aquel hidalgo que espera y desespera solo, enervado o melancólico, en su castillo, en “Bienvenido Mr. Marshall”.

Y es que esos hijos «bien» de los vencedores, con madres italianas seguidoras de Mussolini y padres intelectuales que escribieron versos tan intensos y confusos como, “Volverán banderas victoriosas/al paso alegre de la paz” o “(Señor) danos heroísmo para cumplir lo que se ha hecho siempre en nombre de una Patria, en nombre de un Estado futuro, en nombre de una cristiandad civilizada y civilizadora. Tú sólo sabes con palabra de profecía para qué deben estar «aguzadas las flechas y tendidos los arcos”, no lo debieron tener fácil para crearse una identidad propia y serena, sobre todo si además se habían paseado por los tormentos del averno en los frecuentes ejercicios espirituales de los jesuitas de aquella época y, a la vez, no habían dejado de de ser jóvenes privilegiados. Algunos tuvieron un punto de ruptura, de rebelión, en algún momento de su juventud, hacia algún sitio también extremo, donde tuvieron que reconstruirse partiendo de ese magma espiritual del que procedían, desde cuerpos muy escindidos por la polarización ideológica que fracturó España en la guerra civil y que todavía padecemos ahora, de alguna manera. Le ocurrió por ejemplo a los hijos de los Panero, y también a su hermano Miguel y a Chicho que se refugiaron en la otra cara de la moneda. Podría sospecharse que le ocurrió a él mismo que, a partir de un momento, trató de construirse una perspectiva moral propia que le aportara el poder de impugnarlo todo, siempre desde cierta altura; le ocurrió a Javier Pradera que luego sería su cuñado al casarse con su hermana Gabriela. A muchos otros.

Sin embargo, leyendo “La forja de un plumífero” no parece que viviera traumáticamente esos tiempos que describe con naturalidad y con cierto agrado, lo que no deja de ser sorprendente:

“Tengo la convicción de que al menos desde la adolescencia fui el predilecto de mi padre, en lo que pudo influir nuestro vicio común de manejar la pluma, aunque él nunca llegó a los extremos patológicos de grafomanía que he alcanzado yo. Tendría yo 17 o 18 años cuando un día irrumpe en mi cuarto y, sin más preámbulos, me espeta: “Rafael, tú crees que se puede escribir “gémula iridiscente”? ¡”Gémula irisiscente”!. Era de Ortega. Antes de la guerra mi padre había sido, con José Antonio Primo de Rivera, Ruiz de Alda, creo que Fernández Cuesta y algún otro más joven, como Alfaro, o menos relevante, fundador de la Falange; ya entonces se reía de la pasión que por Ortega (involuntario precursor de la Falange) demostraba Primo de Rivera, y, como éste tenía, creo que sobre la chimenea de su despacho de la calle de Serrano, un retrato dedicado del ínclito filósofo, mi padre se burlaba de José Antonio, señalando el retrato y diciendo: “¡La estampita, la estampita¡”. No obstante, como los niños son muy sensibles a la belleza, y José Antonio era tan extraordinariamente guapo y tenía tal encanto hasta en el timbre de voz, recuerdo bien la absoluta fascinación que nos producía a mi hermano Miguel y a mi cuando venía jugar con mi padre y con nosotros al Meccano, el  gran juguete de moda por entonces.»

“ De los 14 a los 17 años estudié los cuatro últimos cursos de bachillerato en el internado del colegio de San José, de Villafranca de los Barros, regido por los padres jesuitas, de los que guardo el recuerdo más afectuoso. Seguí siendo mal estudiante – aunque ya no es tan malo como el que había logrado forjar, con la torpe infinitud de su paciencia, la pobre signorina Allegiani – y de muy mala conducta pero, como nunca he sido, ni de lejos, eso que llaman “un alma rebelde“, sino, por el contrario, un tipo profundamente obediente, supe sobrellevar suspensos y castigos con sonriente resignación; y ya entonces tenía tan poco sentido para mí que ni se me ocurría preguntarme si una retribución era proporcionada o desproporcionada con la culpa, o sea justa o injusta.»

Con Gonzalo Torrente Ballester

A los venticuatro  años, en 1951,  escribió  “Industrias y andanzas de Alfanhuí” la única novela,  que le siguió gustando con el tiempo: “Yo vivía entonces en casa y se lo iba leyendo a mi padre y a mi madre conforme lo escribía. No me acuerdo qué edad tenía. Eran incondicionales de lo que escribía. Mi madre pagó la edición. Costó 13.000 pesetas, 1.500 ejemplares. Fue un negocio particular. Alfanhuí tuvo una crítica decisiva. Estaba en el copito, en el auge, y Camilo José Cela me hizo una crítica muy buena. Le gustó. Y eso le dio un empujón imponente.” En 1955 gano el Nadal con “El Jarama”, la que se considera la primera obra del realismo social, aunque Jesús Fernandez Santos siempre se quejaba de que él había publicado antes “Los bravos”. Desde entonces se consagró como novelista para siempre aunque ya solo escribió otra novela más en su vida, “El testimonio de Yarfoz” en 1989. A pesar de eso nunca ha salido de los libros de texto y siempre ha sido considerado alguien especialmente dotado para la literatura, como demuestra este artículo de Miguel Delibes ya en fecha tan lejana como 2004.

Con Carmen Martin Gaite

En 1950 había conocido a Carmen Martín Gaite, una mujer a su altura intelectual y literaria, con la que se casó en 1953. Tuvieron un hijo que murió pronto y una hija. Luego, en algún momento, se debió producir algo, quizá solo el cansancio de haber triunfado tan pronto y aburrirse de su nuevo juguete,“el grotesco papelón del literato” o un simple deseo de llevar la contraria (“por joder”) como al parecer dijo Gil de Biedma, y comenzó sus llamados “años anfetamínicos” donde se dedico a estudiar gramática comenzando por  la Teoría del lenguaje de Karl Bühler, y relacionándose con el llamado “Círculo lingüístico de Madrid”  donde estaba un amigo suyo, Victor Sánchez Zavala y gente como Agustín Garcia Calvo, Isabel Llácer y Carlos Piera, aunque se quejó de que lo dejaron un poco aparte por considerarlo “un aficionado” y tuvo que seguir solo. Esta etapa que le duró más de una década explorando saberes diversos,- la psicología Gestalt («un verdadero paraíso para el anfetamínico»), las teorías de Chomsky o la escuela de Fráncfort-, de forma autodidacta, es la base de sus posteriores escritos. También la que debió cambiar la relación con su mujer, justo en los años en que estaba creciendo su hija Marta que luego murió muy joven, en 1984, víctima de la heroína y del SIDA como muchos hijos de sus contemporáneos (Haro Tecglen, Carlos Castilla del Pino, Elena Soriano), en aquellos peligrosos años ochenta: “Carmen es como una viuda que tuviera el muerto en casa” decía, entonces a sus amigos. Describe así ese periodo en «La forja de un plumífero»:

Con Areilza

“La anfetamina misma es, ya por sí sola, extremadamente querenciosa de la soledad. Cuando me encerraba no quería ver a nadie. Un verano —sería el del 59—, en que me quedé solo en Madrid, llegué incluso a arrancar el cable del teléfono. El resto del año el sistema era así: me quedaba una media de 4 días con sus 4 noches en sesión continua de lecturas y escrituras gramaticales, con luz eléctrica también de día, como Monsieur Dupin, el de El Misterio de María Roget y Los crímenes de la calle Morgue; al fin caía redondo y me dormía profundamente durante 24 o más horas, salvo 1 o 2 brevísimos despertares para comer y beber y con una maravillosa bajada de tensión. Después cogía a mi hija —que en el 60 cumplió los 4 años— y me pasaba con ella 4 o 5 días sin interrupción; íbamos a los parques y a visitar museos […].

Nunca me lo he pasado mejor que aquellos 15 años —del 57 al 72— de gramática, casi en exclusiva, y de mayor furor grafomaníaco.”

Con Felipe González

En 1986 pareció renacer de nuevo y publicó tres libros de ensayos. También comenzó a publicar periódicamente en “El Pais” ya con ese estilo que le caracterizaría, un poco flamígero, yendo a contrapelo de la moda del momento, cuestionado tanto la política cultural del gobierno socialista o los Juegos Olímpicos del 92. Igual en su libros posteriores y en su famosos «pecios» donde arremete contra todo (la televisión, el cine, la arquitectura, la enseñanza laica privada, el capitalismo, la democracia liberal…), desde una especie de altermundismo ácrata y un poco pesimista, en el que parece haber vislumbrado unas «tablas de la ley» que le permitieron valorar y juzgar «Todo», un poco desde lejos, pero que lo deslizaban fácilmente desde ideas razonables hasta un tremendismo que termina resultando un simple juego verbal, muy elaborado pero inofensivo, muchas veces brillante y otras aburrido también por su propio estilo subordinado, la hipotaxis, que ha hecho famoso.

Con los reyes recibiendo el Premio Cervantes

Hoy Javier Marias defiende deslindar la vida personal de los escritores de la valoración de su obra ante el puritanismo reinante en los últimos tiempos. Creo fundamentalmente que lleva razón. Pero ante una obra, como la de Sánchez Ferlosio, tan moralista en sí misma, es difícil no preguntarse qué mundo posible anhelaba, en qué mundo real vivió y de qué manera, a que colegio llevo realmente a su hija, cómo se montó realmente la vida con esas ideas que defendía con tanta firmeza. Al final, ha recibido todos los premios que parecía no pretender y en su despedida todo han sido parabienes desde todos los ámbitos, a veces un poco exagerados. Gregorio Morán que lo describió en «El cura y los mandarines» como «Longevo y esquivo, pero amable, como esos felinos que agradecen con una atenta posición erecta, sin zalamerías pero seguros de merecerlos, los honores que les hacen los amos y los amigos de los amos al acariciarlos mientras admiran su porte señorial en zapatillas de orillos y su carácter indómito, de rebelde gato de Angora. Algo así, como una frase de reconocimiento: digno animal, de difícil compañía; excéntrico. Gran prosista, añadían.” ha sido el único que ha escrito un artículo abiertamente crítico. Y que además duda de que el fusilamiento de su padre fuera real.

Lo que lleva a la complejidad de la memoria histórica en un país como éste, donde han pasado tantas cosas y ha habido tantas evoluciones personales y conexiones familiares, donde sucedieron tantos acontecimientos que luego se cuentan de tantas maneras, donde por ejemplo, en «La Gaceta literaria» como refiere Andrés Trapiello en «Las armas y las Letras», y en los cafés literarios de Madrid entre 1927 y 1932 convivieron de forma muy cercana gente como Ernesto Gimenez Caballero, Lorca, Buñuel, Ledesma Ramos, Eugenio Montes, Rafael Alberti o Rafael Sanchez Mazas y José Bergamín (que llegaron a pensar en hacerse una casa juntos en el Viso). Hasta que el aire social cambió y comenzaron a polarizarse las ideas hasta el extremo de no dejar ningún espacio para posiciones mas templadas, para la llamada tercera España. Y luego la larga postguerra, los vencedores, los vencidos, los hijos, los nietos. Las vacunas culturales que habría que ponerse para que todo eso no se repitiera, aunque fuera de otra manera.

Rafael Sanchez Ferlosio, sin duda un arquetipo de hombre de su tiempo y un escritor de talento que permanecerá en sus libros de tantas lecturas …

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7 Comentarios

  • Tantos necrologos de Ferlosio y ninguno ha tenido el valor de decir que sus últimos textos fueron peciosos… XD!

    Estupendo recuerdo.

  • Hablando en serio, me estoy temiendo que la clave de tanta gente ilustre haciéndonos su texto en los medios acerca de cómo y cuando conoció a Ferlosio está en que nadie realmente ha leído nada de él. Fíjate que ni Gregorio Morán, aún en contra del finado por llamar la atención, tiene nada que decir sobre sus ideas escritas. La cosa, parece, ha consistido en aproximarse al perfil social de Ferlosio, hacer alguna observación acerca de su socratismo personal (que es como yo llamo a ir mal vestido y ser áspero de modales por desprecio hacia las convenciones que te apartan de la verdad), llamarle maestro o llamarle decadente, pero no soltar ni media palabra sobre su obra ensayística. El único que ha citado algún texto suyo soy yo aquí, que no soy nadie. Así que da igual, tal como yo lo veo. El tipo ha malgastado su vida en escribir una tonelada de páginas difíciles y autodidactas que si apenas han sido leídas por sus coetáneos escritores que tanto le admiraban, en adelante seguro que ya no lo van a ser por nadie en el mundo del hipertexto y los videojuegos. Es tristísimo y hondo, si lo miras bien, ese testimonio tan sincero por su parte de que la Martín Gaite era la viuda que vivía con el muerto en casa. Ella tuvo que dejarlo, claro, con la anuencia de él, que se sabía casado con su grafomanía. Pongamos que Ferlosio no lo hacía por la posteridad, o no del todo, sino que realmente no podía evitar eso que Platón hacía decir a Sócrates de que «una vida sin examen no merece la pena de ser vivida». En ese caso, la diosa Fortuna le ha regalado una larga vida para ejercitarla, como dice tu título. Ya podía, digo yo, habernos escrito una conclusión, una especie de «Corolarios últimos de un plumífero», por si acaso él nos va a ser a todos el último contemplativo, el último sabio a la antigua, el último monje que juzga el mundanal ruido y el último recluso voluntario en busca de la gramática profunda del mundo…

  • Es muy interesante tu comentario y es verdad que muchas veces sobre los escritores o los filósofos, cuando mueren, es más fácil hablar (y juzgar con ojos de la moda del presente) lo que se sabe de su vida (siempre muy limitado y , a veces interesado) mucho más que leer su obra e intentar apreciar su valor. También es verdad que disfrutar y valorar algunas obras solo está y estará al alcance de muy pocos. En este sentido yo creo que Ferlosio, en sus ensayos, sí ha sido leído con profundidad por muchos intelectuales importantes que dicen admirarlo verdaderamente. Aunque por sus características son inevitablemente minoritarios. (El video es muy significativo de cierto estilo de los intelectuales que lo han leído)

    En su figura planteas también el precio personal que supone ser un humanista como él. Esto ya lo comentamos a propósito de Steiner (http://hyperbole.es/2017/02/la-buena-educacion-2/) y es un tema peliagudo en el que parecías mantener entonces otra postura. Aunque siempre ha habido y habrá humanistas, igual que científicos que dediquen su vida al conocimiento porque tendrán la sensación que ello les compensa, a pesar del riesgo de ensimismarse y de tener que pagar algún tipo de precio personal por ello.

    Por otro lado creo que también hay la posibilidad de que existan muchos tipos de humanistas, de muchos estilos, no necesariamente todos del tipo que representa Ferlosio (Socrático, como dices). Su vida personal no necesariamente estuvo ligada a su saber, ni a la verdad de sus argumentos que a veces eran magníficos pero otras veces no tanto. Yo he elegido esta perspectiva porque todo han sido parabienes y él escribió mucho en los periódicos y lo hacía con una intención de impugnación moral casi absoluta, de intervención pública, como lo hacían, quizá más que él, muchos de sus seguidores (ocurría igual con Garcia Calvo). Y creo que desde ese punto de vista si leo, por ejemplo, un texto muy crítico, contra la enseñanza privada laica, poniéndola en peor lugar que la privada religiosa (a la que justifica mucho más), aunque esté de acuerdo, en parte, con sus argumentos, como son tan flamígeros, tengo derecho a preguntarme qué hizo él cuando le llegó el momento de llevar al colegio a su hija, si la llevó a uno público o a uno privado. Y cuánto tiempo dedicó a educarla y de qué manera (si sigo leyendo otros textos sobre educación con críticas a los padres). Porque si no ese texto pierde todo su sentido y hay que escribirlo de otra manera, tratando de comprender la dificultad real de las cosas, las paradojas, intuyendo lo difícil que es para los padres encontrar un buen colegio para sus hijos (cosa que tienen derecho a anhelar) según donde vivan, cosa que quizá no fue tan difícil para él porque siempre estuvo muy bien relacionado. Igual con muchas otras cosas al margen que estuvieran mejor o peor escritas.

    No te preocupes. No desaparecerán los filósofos y los escritores. A pesar de las pantallas, donde puede leerse mucho más. Solo cambiarán sus perfiles e integrarán conocimientos distintos y se adaptaran a los nuevos tiempos (otra cosa que le espantaba). Y esta transformación del mundo que vivimos es un gran reto para el pensamiento, para integrar conocimientos, para encontrar nuevas formas de convivencia y de sentido. Como se aprecia en el caso de Ferlosio, los tiempos pasados no fueron necesariamente mejores.

  • Nazca el niño negativo,
    nadie, nunca, nada, no.
    Si amanece la arrogancia
    de la fuerza y el valor,
    niño débil y cobarde,
    niño noche y deserción.
    Nazca el niño negativo,
    nadie, nunca, nada, no.
    Si relumbran los fusiles
    de la blanca afirmación,
    niño oscuro, niño inerme,
    niño niebla y evasión.
    Nazca el niño negativo,
    nadie, nunca, nada, no.
    Si los médicos prescriben
    la alegría y la salud,
    niño triste, niño enfermo,
    sin niñez ni juventud.
    Nazca el niño negativo,
    nadie, nunca, nada, no.
    Si en el quicio de la carne
    la palabra se escindió,
    niño niño, niño niña,
    niño luna, niño sol.
    Nazca el niño negativo,
    nadie, nunca, nada, no.
    Si a la luz de la justicia
    toda culpa se aclaró,
    niño bueno, niño malo,
    sembrador de confusión.
    Nazca el niño negativo,
    nadie, nunca, nada, no.
    Si la lógica decide
    de la verdad y el error,
    niño cierto, niño falso,
    blanco de contradicción.
    Nazca el niño negativo,
    nadie, nunca, nada, no.
    Si entre la carne y el verbo
    imposible fue el amor,
    niño nadie, niño nunca,
    niño nada, niño no.

    SÁNCHEZ FERLOSIO , RAFAEL

  • “(…) Porque a fin de cuentas, aprendíamos en aquellas inolvidables y fascinantes sesiones, todo viene a ser embeleco y trampa del Señor de este mundo, del Ser que establece el Orden y desemboca en la Muerte, a través del Tiempo, del Dinero, del Trabajo, del Poder y del Amor. Sólo se puede pensar y decir a la contra de lo vigente que nos aplasta y mutila, que bloquea en nosotros —por medio de esos policías de la subjetividad que son el Yo y la Identidad Personal— la espontaneidad inefable e innombrable de algo que no sería justo llamar Vida porque no se opone a la Muerte y que sólo vislumbramos en algunos momentos privilegiados de conocimiento o rebelión. Por supuesto, esta opresión no depende del sistema capitalista actual ni puede resolverse pasando a otro de tipo socialista: el siniestro tinglado viene de mucho antes, probablemente de antes de Heráclito y Parménides. Agustín es un ácrata metafísico, trascendental, cuya rebelión se dirige contra la condición humana tal como la conocemos (que es artificialmente social, no natural y necesaria), no para enmendar algunos de los detalles en que se concreta sino para traspasarla y aboliría de raíz. A mi juicio, la mejor la mejor exposición sintética de su perspectiva es el largo poema didáctico Sermón de Ser y No Ser, una de las obras más notables y menos conocidas de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX.”

    “(…)El efecto de la doctrina de Agustín depende mucho de quién la escuche: a algunos les sirvió y les sirve como un brumoso certificado de indolencia inconformista. Nunca faltan quienes están deseando escuchar de fuente autorizada que este mundo es una mierda sin remedio para confirmar que hacen bien en no molestarse. A otros, que tenemos demasiada tendencia a los empeños positivos y confundimos a veces lo que funciona con lo deseable, su opus nigrum nos purificó de la excesivamente fácil autocomplacencia constructiva. Pero, como bien sabían los alquimistas, la nigredo es una fase necesaria aunque sólo una etapa que hay que pasar para proseguir la búsqueda del aurum non vulgi: nunca constituye el punto de llegada definitivo.”

    Fernando Savater «Mira por dónde», 2003

  • Muy bien conjuntados estos dos párrafos savaterianos, de los cuales el primero, que no fechas, debe ser de sus tiempos de aprendiz de brujo. Conjuntados, me refiero, para certificar aquello de «quién te ha visto y quién te ve», no sólo para el filósofo oficial de las Españas, sino como categoría general de las edades del intelectual de éxito. Leí hace poco sus escritos sobre Cioran, que acaban de reeditarse, su tesis doctoral y algunos más, que son de coña. Él mismo los prologa bajo la admonición de que era entonces «demasiado joven», y, en efecto, a la sazón jugaba a punk del pensamiento. Supongo que es una tendencia irreprimible del filósofo bisoño, pero yo nunca la tuve, será porque soy tan mal filósofo que no atravieso fases. Pero sí recuerdo una noche rara en que terminé atrapado en un sótano de un garito de Malasaña por los negativos de la facultad, los parias voluntarios que supuraban por las llagas del sinsentido beckettiano. Iban de negro, eran altos y no eran guapos, ni ellos ni ellas ni yo. Allí estaba un servidor, sólo ante el peligro, como el Gabriel Syme de Chesterton entre anarquistas (y que descubrí lleno de asombro poco después) defendiendo lo mismo que defiende el propio Savater en su segundo párrafo, y sintiendo que en ello se jugaba el destino del universo -las copas, la pedantería, ya se sabe… Sin embargo, no me di cuenta de lo principal, que me pareció entender por fin en la alabanza de Cioran del Savater punk hace un mese. Y es que, tanto aquellos tipos atribilarios, como Cioran o García Calvo, lo que quieren en realidad no es desengañarte -esa palabra tan querida por Schopenhauer-, como promulgan continuamente, sino al revés: pretenden devolver la magia a sus vidas. En efecto: cuando vas de malote, de nihilista, de puto Anticristo, lo que intentas de corazón es que tu prójimo abandone el sentido común y la convenciones sociales en favor de un reencantamiento del mundo. Nos susurran algo como esto: «cágate en todo, desprecialo todo, y de pronto el mundo volverá hacia tí su cara más oscura, pero también más misteriosa…» Ocurre como con los seguidores de Lovecraft, que ahora hasta andan planeando hacerle un parque de atracciones siniestro. Así que ese es el secreto, me parece: Nazca el niño negativo, nadie, nunca, nada, no, porque el mundo se ha vuelto demasiado práctico y predecible, se ha vuelto una aburrida gráfica económica. Tengo una alumna muy inteligente este curso que es satanista, no como un culto religioso, pero casi, pues lleva una niña diabólica en el salvapantallas del móvil. García Calvo no hacía de sima bajo los pies del burgués, como Cioran, lo suyo era más bien la salvaguarda de lo indefinido, de la ternura, de los lazos inconscientes en el mundo de las Fluctuaciones Económicas y del computo de la Esperanza de Vida -lo pongo en mayúsculas mayéstaticas como él. Y lo peculiar es que siguió empeñado en eso hasta el final, mientras que Savater maduraba y se apartaba de la nigromancia en favor de la ética ilustrada y la vida institucional.

    Pero sí, estoy fundamentalmente de acuerdo: bajo toda esa parafernalia destructiva de la lucidez mefistofélica o de la autenticidad existencial y tal tan sólo o fundamentalmente se esconde la búsqueda del aurum non vulgi literario y personal, no sé si me explico…

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