Juan Marsé: la hora del Sur

La aparición del trabajo inédito de Juan Marsé Viaje al Sur (Lumen, 2020), concebido y escrito entre 1962 y 1963, y publicado solo meses después de la muerte del escritor barcelonés, tiene a mi juicio varias consideraciones de interés, sobre el texto y sus circunstancias. Pero también sobre las vicisitudes del cuerpo literario en una década tan compleja como la de los sesenta, que se inicia en 1960 con Encerrados con un solo juguete, avanza en 1962 con Tiempo de silencio de Martín Santos, se extiende hasta 1966 con Últimas tardes con Teresa y se prolonga en 1967 con Volverás a Región de Juan Benet. Década que vería la aparición del llamado Boom sudamericano (La ciudad y los perros de Vargas Llosa en1962 y Cien años de soledad de García Márquez en 1967). Experiencias todas ellas, que daban el finiquito formal y expresivo a la experiencia literaria conocida como Realismo social. Aunque José Carlos Mainer en su colaboración de La breve historia de la literatura española (1997), llegue a fijar la década con otros límites temporales. “Los años de 1955 a 1965 se afianzan cada vez más como un momento de cambio fundamental en el largo periodo franquista. En ellos se produjeron cambios fundamentales en la vida social”, cambios que como vemos tuvieron su prolongación cultural y literaria.

No sólo, por tanto, la recuperación de un texto que –encargado por Ruedo Ibérico y por José Martínez, no fue publicado en su momento, tras diversos aplazamientos y torceduras– se dio por perdido, y que sólo una suerte de cadena de azares y movimientos raros posibilitó su recuperación desde el fondo de la editorial parisina y de los papeles de José Martínez, depositados en los archivos del Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam. Un libro excepcional, casi perdido, como denomina Andreu Jaume en el prólogo que acompaña a la edición de Lumen, pero un libro fundamental, según Jaume, en el proceso de formación literaria de Marsé, como si el viaje sureño fuera ciertamente un Viaje de formación, al modo de los bildungsroman.

No solo que Viaje al Sur, se sitúe entre la escritura inicial de Encerrados con un solo juguete (1960) y la de Últimas tardes con Teresa (1966), pieza ésta que se haya en curso de escritura de forma paralela al viaje al Mediodía español; dándole estas características de tiempo intermedio un valor añadido a su estancia en Paris el año anterior. Baste señalar en esas influencias conceptuales y temáticas del viaje y de las narrativas posteriores, citar que el autor –que debía ser anónimo por problemas de seguridad policial en el bajo franquismo y más aún en una editorial como Ruedo Ibérico– del texto publicado como Viaje al Sur sería Manuel Reyes, esto es el nombre mismo del Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa.

El viaje y su secuela literaria, por otra parte, se inscribe en la apertura temática que se viene a verificar en esos años de finales de los 50. Particularmente –y así lo cita Jaume en el repetido prólogo– con los títulos de Ferres y López Salinas Caminando por las Hurdes (1958) y con Campos de Níjar (1960) de Juan Goytisolo. La apertura temática de los viajes realizados por escritores tiene a mi juicio una relación sustancial con la crisis del modelo narrativo del Realismo social, como modelo cultural dominante que explicita el compromiso del escritor con la sociedad, por más que la pieza pionera fuera de 1948, con Cela y su trabajo Viaje a la Alcarria, que viene a coexistir con el dominio pleno de esa expresión social y comprometida. Compromiso del escritor y del artista seguido por autores como Arnold Hauser, Giorgi Luckas y Jean Paul Sartre, y que tendría amplios seguidores en la España del bajo franquismo. Por más que fueran algunos de los autores inscribibles en la nómina de los social realistas, los que acometieron el salto al modelo literario de la escritura de los viajes. Los mismos Ferres, López Salinas o Alfonso Grosso no dudaron en asumir el modelo de la literatura de viajes, como derivada de planteamientos anteriores del compromiso del escritor ante su tiempo y ante su público.

Piénsese que el mismo Alfonso Grosso, es el encargado de recibir a Marsé y a sus acompañantes –estos eran el fotógrafo Albert Ripoll Guspí y el coautor, luego fallido y retirado, Antonio Pérez, colaborador con Martínez en Ruedo Ibérico–, en la sevillana estación de Plaza de Armas el 29 de septiembre de 1962. Autor, Alfonso Grosso, que venía de publicar la novela social La zanja, y que en 1959 había realizado el trabajo –sólo publicado tan tardíamente como en 1990– A poniente desde el Estrecho, como prueba de a, transitividad de los textos sociales y de los textos de viaje. Años más tarde de la estancia andaluza de Juan Marsé, Grosso junto a López Salinas, daría salida al extraordinario trabajo Por el río abajo (1966), publicado en París por Ediciones Ebro, esto es publicado desde una plataforma del Partido Comunista. Haciendo mucho más evidente la conexión de esos mundos de la literatura social y de la literatura de viajes.

Donde viene a visualizarse, además, con esos ejemplos citados y con el interés de las ediciones del Ruedo Ibérico por publicar un libro de viajes al Sur de España, la inflexión experimentada por los estandartes del realismo social. Y eso que la literatura viajera aparecía plagada de trampas, anatemas y escollos, en la medida en que la frivolidad aparente de la literatura de viajes –practicada por la pequeña burguesía y por sus escritores finiseculares– casaba mal con los supuestos de los compromisos social realistas que demandaban otros fondos temáticos. Y este sería uno de los puntos de ruptura de los viejos principios narrativos anteriores. Por más que los escritores de esos viajes, practicaran –o lo pretendieran– cierta denuncia sobre las desigualdades sociales, sobre los problemas económicos del campo, sobre el chabolismo de las grandes ciudades, la marginación de los jornaleros o sobre la crisis del viejo agrarismo caciquil.

Como Juan Marsé que –sin ser un representante de la vieja guardia social realista, como se deduce de las palabras de Andreu Jaume– viaja pertrechado con el libro de Pascual Carrión Los latifundios en España y busca fundamentar su escritura de apuntes y notas, con piezas y estudios que definan el marco del problema andaluz entrevisto. Sabedor Marsé que, en esos años, posteriores al Plan de Estabilización de 1959, comienza un imparable éxodo poblacional, del Sur al Norte, sobre todo a Cataluña y particularmente al entorno de Barcelona. Donde la realidad del universo charnego y de la Cataluña industrial, vista como novena provincia andaluza, es un hecho social y poblacional que tendrá repercusiones en el ámbito literario del posterior Marsé. El mundo del Pijoaparte, de la inmigración del Sur o de los barrios periféricos –Guinardó, Camp de la Bota o Somorrostro –poblados de recién llegados– que contrastan con las formas propias del catalanismo burgués –habrían emergido de otra forma– o lo habrían hecho de forma alterada sin ese viaje peculiar del otoño de 1962. Mundo actual ese – hacia 1960–, construido con los restos –aún humeante de la Guerra Civil y de las historias perdidas del anarquismo barcelonés y del federalismo catalanista– que pasarían a engordar los Aventis de los desclasados de la inmigración que engordan las páginas de la obra de Marsé.

Incluso la dualidad que se produce al introducir junto a la estructura del relato viajero –formado por sus impresiones, las descripciones costumbristas y las voces de terceros sujetos memorables –como El Chato de Ronda, el G.G. gaditano o los quintos de Tarifa– alternando con los titulares seleccionados de la prensa del día. Todo ello, con la pretensión de contextualizar el momento temporal y político del viaje, producido entre septiembre y octubre de 1962. Y celebrando, por ello, los apuntes del Sur con otros acontecimientos ajenos al viaje, como la crisis de los misiles de Cuba, las inundaciones del Llobregat o el Contubernio de Múnich. Textos propios, notas de titulares de prensa y las fotos, del ya referido, Albert Ripoll Guspí, componen un tríptico de lectura agregada y superpuesta. El trabajo de Guspí, se presenta muy desigual en sus características, con algunos altibajos técnicos bien visibles. Frente a piezas importantes –sobre todo las procedentes del chabolismo del barrio El Zapal, de Barbate de Franco– se aportan otras, de menor trascendencia.

Resulta revelador que buena parte de los libros de viajes citados cuenten con un importante apoyo visual, en unos momentos en que aún los libros gráficos no habían tenido suficiente desarrollo y que la imagen era aún un universo vedado y minoritario, más allá del cinematógrafo. Presencia de autores y fotógrafos en un rara hermandad insospechada, que establece la sombra de cierta duda sobre la capacidad del texto para erigirse él solo como argumento central del viaje. En unos casos por importante fotógrafos, y en otros como el caso de Valle de Alcudia (1967) de Vicente Romano y Fernando F. Sanz, omitiendo la autoría de las doce fotografías. Tal presencia tiene un antecedente –ya comentado en Hypérbole– con el trabajo de Pier Paolo Pasolini de 1959 La larga carreta de arena, que da cuenta de un recorrido estival por las costas italianas y que anticiparía posteriores movimientos en la cultura española.

Los precedentes viajeros que podrían servir para situar el empeño de Juan Marsé por descifrar la realidad meridional pueden ubicarse entre los textos remotos El manual del viajero por España y lectores en casa (1845) de Richard Ford, y el coetáneo a éste, La biblia en España (1843) de George Borrow. Manuales ubicados en el punto de la mirada romántica de los extranjeros, pero que cuenta –más allá de la constatación del exotismo arabizante y medieval– con un indudable tono de denuncia de realidades atrasadas y sorprendentes para un observador británico. Ambos trabajos son deudores, a mi juicio, del anterior texto de William Bowles, la soberbia Introducción a la Historia natural de España y a la Geografía física (1775), cuya finalidad siendo más descriptiva del medio físico no limita sus observaciones a ese medio, prolongándola al medio humano y social. Mas cerca aún de la mirada viajera de mediados del siglo XX, habría que situar los cinco artículos de Azorín de 1905, denominados La Andalucía trágica, que compone una aproximación pavorosa a la hambruna de ese año entre Trebujena y Lebrija y otros pueblos de la campiña sevillana. De otro tenor distinto y. en muchos sentidos en las antípodas de Marsé, habría que contar con la pieza de Ernesto Giménez Caballero Amor a Andalucía (1944), donde la curiosidad es que Marsé en algún momento pensó en denominar su trabajo como Andalucía mon amour.

La secuencia abierta por Juan Marsé en su viaje andaluz tendría las prolongaciones significativas –pese al desconocimiento de la obra marsiana, por lo ya citado antes– en otros trabajos y caladeros muy sintomáticos y representativos de la escritura y del reportaje literario. Como ocurriera con la Andalucía de Antonio Carlos Comín, que aparecería en el semanario Triunfo en el verano de 1967, durante cuatro semanas y con unas fotos extraordinarias de Gigi Corbeta. Y ya más tardíamente con la pieza de Luís Carandell y Eduardo Barrenechea La Andalucía de la Sierra, en 1973. Trabajo este del Viaje al Sur que funciona como un campo de experimentaciones y anticipaciones que hoy vemos sorprendidos. Como consecuencia de la desaparición de ese trabajo, que anduvo errante, olvidado y desdibujado. Como el Sur mismo, tanto tiempo.

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