Marta Vela, jota y cosmopolitismo

«La jota nació en Valencia
y de allí vino a Aragón;
Calatayud fue su cuna
a la orilla del Jalón» (1)

Escribir, hablar de jota hoy en día tiene su aquel. Vivimos tiempos de globalización, tendencias compartidas de manera cuasi universal, redes sociales capaces de conectar en segundos a usuarios asentados en los extremos del planeta. En este aún novedoso ambiente, la cultura hispánica no es precisamente la más privilegiada. Ante el prestigio cosmopolita del refinamiento francés, la alegría de vivir y el legado clásico que sugiere la italiana o la poderosa fascinación a la que invitan las indias y las asiáticas, la anglosajona se ha convertido en el molde a imitar, al menos en estas primeras décadas del siglo XXI. Lejos queda el atractivo que provocaba la curiosa idiosincrasia de las regiones españolas y sus característicos dances.

Sin embargo, más allá de su cariz tradicional, la jota posee una potente impronta en la alta cultura musical. Nada tiene que envidiar una jota a un lied si es depositada en buenas manos y es compuesta con esforzadas dotes.

Por esa razón, he quedado fascinado con el último ensayo de la profesora universitaria Marta Vela. La Jota, aragonesa y cosmopolita. De San Petersburgo a Nueva York expone ante el lector un horizonte bastante desconocido del saber musical más común: la jota como expresión refinada, culta, capaz de traspasar fronteras nacionales y emocionar en los grandes teatros y auditorios del orbe.

Vela ofrece a los lectores un libro que se lee del tirón. La clave es la manera en que la autora desarrolla unos acontecimientos que, de su mano, se convierten en un emocionante transcurrir. El siglo XIX inicia para la jota su etapa de esplendor. Como si nos condujese por un recorrido por donde pasean personajes de la celebridad de Liszt, Ravel, Nietzsche o incluso Wagner, y escenarios como Alemania, París, San Petersburgo o Nueva York, pasando por Zaragoza y España, el ensayo ofrece una mirada panorámica y muy entretenida del singular cúmulo de circunstancias que permitieron que la jota cautivase a grandes maestros internacionales.

La clave fue la época de cambio y promesa de perpetua prosperidad que supuso el periodo decimonónico. Tras las guerras napoleónicas fue multitud la suerte de intelectuales, buscavidas y mochileros à l’ancienne que aprovecharon una cierta comodidad de vida en su origen familiar para viajar una temporada por España. En bastantes ocasiones, durante años.

El deseo por la vieja Iberia se nutría de los orígenes multiculturales de la nación y la visión de una patria imperial y deteriorada, caótica y frágil, pero que había sido capaz de doblegar al todopoderoso Primer Imperio Francés de Napoleón a fuerza de testarudez, coraje y sangre, demasiada violencia y temeridad. En los viajes de algunos de estos intelectuales, entre los que se encontraron compositores sin los que hoy no imaginamos la música clásica, las costumbres tradicionales que fueron encontrando en las distintas regiones calaron con intensidad. Y de entre ellas, la jota gustó especialmente. Cantada y bailada, con su compás de 3/4 o incluso de 6/8, permite una amplia versatilidad a la hora de crear nuevas piezas. De las composiciones que fueron propagándose por Europa surgió una cierta efervescencia a su alrededor. La jota comenzó a ser reconocida en los círculos más exquisitos de occidente mientras en España se la sigue mirando y promocionando casi exclusivamente aún hoy en día como un baile de la gente, sin mayor trascendencia que la identidad autóctona.

A medio camino entre la narrativa y el ensayo histórico, preñado de un tono académico muy velado que dota de vigor al texto, La jota, aragonesa y cosmopolita se revela como un ensayo imperdible, un generoso abrazo a una tierra -y no sólo a Aragón, sino a España entera y a regiones de Latinoamérica como Colombia, donde también existe la jota- y, sobre todo, una vindicación, a muy juicio, muy necesaria en nuestra azotada cultura española. Necesitamos decirnos los buenos y los malos detalles de nuestra memoria: existe talento y existe elevación en determinados rasgos de lo español, como sucede con lo francés, lo griego, lo británico o lo ruso. Marta Vela suma a cada una de estas características una impecable meditación literaria: el libro transcurre sin prisa, intercala hechos personales del crisol de personajes que deambulan a lo largo y ancho de las páginas con acontecimientos históricos, entretiene despertando la curiosidad más educada y sincera, aquella que invita a aprender y a descubrir para satisfacer la necesidad eterna del saber.

Pregunta Ediciones es quien pone en esta ocasión el papel, la tinta y la delicadeza del esfuerzo editor. El volumen sigue la línea de trabajo del sello zaragozano, apostando por una alta calidad en el papel y en la cubierta, plastificada y con portada de la mano de ilustrador Óscar Sanmartín, unida a un carácter manejable que, como suelo repetir cuando corresponde en mis reseñas, se agradece, y mucho, sobre todo cuando se tienen entre las manos libros de más de doscientas páginas. Al pulcro trabajo investigador y literario de Marta Vela se une un también exquisito prólogo del escritor, coplista y crítico de ópera Miguel Ángel Yusta. Y, además, Vela ha incluido una lista de reproducción al final del libro, accesible mediante códigos QR, para escuchar algunas piezas que nombra en el libro en Spotify y en YouTube. Les invito a embarcarse en este acontecimiento literario. Un viaje por un arte tan vivo y poderoso que sigue siendo capaz de palpitar al mismo tiempo en la rondalla de las fiestas de diminutos municipios y en los principales teatros del mundo. No se pierdan este ensayo que entusiasma, deleita y enseña por igual.

La copla jotera está extraída del libro Historia de la música española. Tomo 7. El folklore musical, de Josep Crivillé i Bargalló.

La ficha:

La jota, aragonesa y cosmopolita. De San Petersburgo a Nueva York.
Marta Vela
Prólogo de Miguel Ángel Yusta
Ilustración de cubierta de Óscar Sanmartín Vargas
Pregunta Ediciones, Zaragoza, 2022. 222 páginas. 16 euros.

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