Tres notas sobre Javier Marías

1. Las traducciones

Había guardado, para posponer su lectura atenta, el texto de Juan Gabriel Vásquez Javier Marías y los traductores de la vida (El País, 11 de septiembre 2022), cosa que una vez realizada, tan sólo hace unos días, me llevó a incluir el recorte de prensa, plegado en el seno de la novela a la que se refiere el texto del escritor colombiano. La particularidad de ese trabajo se hace más evidente, al observar la última pieza de Marías para su sección La zona fantasma –de los dominicales de El País, en descanso aplazado desde el pasado julio– y que denomina El más verdadero amor al arte, publicado póstumamente el 12 de septiembre, ya como un legado postrero o como un memorial curioso e inamovible. Esta pieza –la 939 en la referida sección, ya fantasmal para siempre–vuelve al querido tema de la traducción y los traductores. Donde Marías, criticando la explotación del oficio –noble oficio, por demás, que nos permite trasladar un texto a otra lengua– nos hace ver la sutileza de que Thomas Shelton en 1612, traductor irlandés de El Quijote, se esforzara en una tarea heroica. “¿Qué tuvo que impulsar a aquel hombre para embarcarse en un novela española, larga y nada fácil, de un completo desconocido?”. Y esta pasión por la traducción es la que captura Juan Gabriel Vásquez en su citado trabajo de comienzos de septiembre.

Texto que da cuenta de su relectura, veinte años más tarde, de Fiebre y lanza (2002), primera de las tres entregas del voluminoso Tu rostro mañana. Para algunos una de las mejores novelas de Marías, junto a Negra espalda del tiempo (1998). En el texto de Vásquez deja claro que las novelas cambian en sus lecturas, tanto como lo hacemos los lectores e introduce, de la mano de Proust y del mismo Marías, la idea de la escritura como traducción del libro interior, del libro que llevamos dentro, a veces sin saberlo y sin haberlo escrito. También el valor cambiante de la lectura misma: Las lecturas de viejas novelas no son siempre las mismas, o su lecturas son diferentes y cambiantes como los días y las estaciones. “No sé de dónde me viene cierto gusto por las novelas que reflexionan, indirectamente, sobre lo que hacen las novelas. Tu rostro mañana pertenece a esta familia que comienza, como tantas otras cosas en el arte de la novela, con El Quijote. Son novelas en las cuales los personajes o las situaciones nos invitan a pensar en el funcionamiento de las novelas mismas: ficciones que son, también, una metáfora de la ficción”. Además de ello, anota Vásquez el pensamiento de Proust sobre la captura y la materialización del proyecto de toda novela: “la verdadera vida, la vida por fin descubierta e iluminada, esa única vida, en consecuencia, que es vivida plenamente, es la literatura”. Y antes de que tengamos tiempo de recuperarnos del exceso proustiano, llega a comparar la vida que vivimos con un libro que está por escribirse, esa suerte de libro interior. “Ese libro esencial”, dice entonces Proust, “el único libro verdadero, un gran escritor no está obligado, en el sentido corriente del término, a inventarlo, pues ya existe dentro de cada uno de nosotros, sino a traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor”. Para dejar claro que la escritura es la traducción del libro que llevamos dentro.

Y de aquí a la trayectoria de Marías: Dado que yo soy un autor que no tiene un trazado de las novelas antes de empezar (se decía de sí que escribía sin mapa, pero con brújula), sino que las averigua a medida que las hace, tener un primer borrador de una página, aunque sea escrito de cualquier manera, «funciona como el texto original en las traducciones”. La otra dimensión de Marías como traductor la reconoce Vásquez, con especial detenimiento en la verificada en 1978 del Tristan Shandy de Laurence Stern, junto a piezas de Faulkner, Conrad, Hardy o Nabokov. La peculiaridad de la traducción del Tristan Shandy –que Marías realiza residiendo en Barcelona– es que coincide en el tiempo con la que estaba verificando, simultáneamente, Félix de Azúa –otro de los asiduos de Benet en sus viajes a Madrid y hermano de su novia barcelonesa de entonces, según cuenta De Villena en su trabajo, Risa y Seriedad, Raíz y Escudo– de Jacques el fatalista, de Denis Diderot. Y por lo que recuerdo haber leído, algún intercambio de los problemas de sus traducciones en curso, se produjeron entre ambos. Con dos textos diferentes, pero aproximándose a un centro invisible. Tanto el Tristan como el Jacques, pueden considerarse como tributos a Cervantes por parte de Sterne y de Diderot. Otra coincidencia.

Con Umberto Eco

2. El señor Benet recibe

Mantiene Jordi Gracia la influencia y la importancia de Juan Benet en la trayectoria de Javier Marías, no sólo en el apodo otorgado de ‘el jóven Marías’ para diferenciarlo del Marías senior, que sería su docto padre el filósofo discípulo de Ortega. Particularmente anota la nebulosa estilística del principio: “Lo que salió fue «Los dominios del lobo», sin apenas resonancia, como es lógico, pero sí la suficiente como para que el azar de las amistades lo vinculase a un hombre capital en su biografía y en la de un puñado de chavales adictos a la literatura como aventura militar y experimento vital: Juan Benet. Lo ha dicho Marías tantas veces que parece mezquino ahora repetirlo, pero sin Benet, incluso sin un Benet recreado como personaje de ficción, como hizo en «Así empieza lo malo», Marías no habría encarrilado su prosa de novelista hacia una mezcla sinuosa y voluble de especulación reflexiva, narración sostenida, humor pálido y subterráneo y convicción sobre los poderes de la ficción como conocimiento”.

Baste observar que las primeras obras de Marías – Los dominios del lobo, 1971; Travesía del horizonte, 1973; El monarca del tiempo, 1978 y El Hombre sentimental, 1986– están aún referidas a otros modelos narrativos y estilísticos bien distintos de los del segundo tramo de su trayectoria que se abre y expande con Todas las almas en 1989. Se suele olvidar a menudo la existencia seminal de una pieza tan excepcional como rara – y por ello, poco leída– que va a constituir la auténtica inflexión de ambos tramos novelísticos. No se le escapa a Domingo Ródenas de Moya, este matiz en su texto Javier Marías en seis lecturas, donde convoca seis piezas para entender al joven maestro. Me refiero a El siglo, pieza de 1983 que supone el empeño de Marías por construir un mundo novelístico, lo más parecido al ensayado por Benet en su obra, por más que supiera de antemano que ese era un propósito imposible e inimitable, como el mismo había afirmado en varias ocasiones. Y que, probablemente el ejercicio formal y estilístico de El siglo y sus introspecciones deductivas y sus devaneos argumentativos, le llevó a un callejón sin salida, del cual saldría revitalizado y escarmentado. El párrafo largo, las frases subordinadas –la hipotaxis ferlosiana–, la introspección como motor del relato, una cierta atemporalidad descriptiva, el dudoso valor del testimonio del narrador que quiere recordar a su pesar, o la bruma específica de la memoria quieta y parda, van a componer en su desarrollo posterior el maderamen de las nuevas embarcaciones narrativas para llegar a otros puertos reconocidos.

3. Fortuna crítica.

La aparente unanimidad crítica sobre Javier Marías que se ha producido tras su muerte es en parte un espejismo y en parte una ofrenda póstuma. No debe llevarnos a confundirnos sobre el papel en el que se ha venido ubicando desde Todas las almas, en 1989, hasta la más próxima actualidad, vencidos ya algunos prejuicios estilísticos y estructurales. Baste observar –lo afirma Eduardo Mendoza– que Marías ha sido un escritor minoritario, a pesar de la fidelidad de sus lectores y en la estela del magisterio sostenido por Juan Benet, de tan difícil ajuste y digestión para los no benetianos y adversarios confesos. Grupo éste. a los que se trata de identificar con el marchamo de cierto elitismo grupal y de cierto esnobismo intelectual: desde Eduardo Chamorro a Félix de Azúa, desde Vicente Molina Foix a Javier Marías, con el trufado de algunos previos y seniors, como Juan García Hortelano y Antonio Martínez Sarrión, componen ese club de escritores y amigos que algunos vieron como parte interesada del debate de los ochenta entre el ‘superado realismo-social’ y las nacientes olas neomodernas, como las denomina Luis Alemany en su trabajo del diario El Mundo. Otros preferirán las distinción benetiana de ‘La taberna versus el Grand Style’. Una ola neomoderna –por así llamarla– que pastorea, según Alemany, Francisco Umbral, “amigo al principio y después, durante años, la némesis de Marías”. Némesis de Marías, por persona interpuesta de Benet, merced a muchos desencuentros y desavenencias. A los que el ínclito Umbral zahería en su suerte de trabajo de marcha y combate, el Diccionario de Literatura. España 1941-1995. De la posguerra a la posmodernidad, con el calificativo torpedero y cañonero de escritores angloaburridos. Unos escritores angloaburridos que ocupan, en el diccionario umbraliano, menos extensión que, por ejemplo, Corín Tellado o Luis María Ansón. Y donde pesa más el amiguismo y el ajuste de cuentas interpuestas con colegas-enemigos de las letras, que con valoraciones literarias. “La novela angloaburrida, la novela de la nada, la novela de la objetividad y la mirada estaba muriendo, con su proxeneta español: JBG” –iniciales de Juan Benet Goitia, para más aclaración a los despistados–, todo ello dicho en la entrada correspondiente a otro escritor ajeno al trato –como Muñoz Molina, con quien Javier Marías ese mismo año de 1995, sostuvo una sonora polémica en El País a propósito de Pulp fiction, donde emergieron muchas otras cuestiones colaterales entre creación e ideología– con el grupo de la calle Pisuerga, como no podía ser de otra forma. En ese volumen repetido Umbral dice en la voz Marías su ponderación crítica, más centrada que la dedicada a Benet –“Ingeniero y escritor. Su primera novela Volverás a Región disfruta unas bodas tardías. Luego todo lo demás lo escribió en la misma línea. Moriría tempranamente, más celebrado que leído”. Celebrar y leer, como máxima. De Marías expone Umbral: “Máximo representante de la novela aseptizada, de una prosa despersonalizada, de un victorianismo que se agrega al panorama español con reservas y escrúpulos (véase entrada Juan Benet Goitia). Últimamente ha publicado la novela Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí”. Y así fueron las cosas y los juicios.

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