¿Qué diferencia hay entre una máscara y una mascarilla?

Lo más sencillo sería recurrir a muchas cosas obvias. Que unas son para el sufrimiento y otras para la felicidad, que unas son serias y otras son lúdicas, que unas son feas y otras son bellas, que unas son necesarias y otras son voluntarias, que unas son tapabocas otras son tapaojos, que unas son clasificables y otras inclasificables, que unas son agobiantes y otras son complacientes, que unas son baratas y otras son caras, etc. Pero todo eso se le ocurriría a cualquiera. Cuando uno se pone delante del teclado no debe conformarse con esas simplezas, todo tiene que tener un origen y un sentido. Originalidad y objetivo. Para los que combinamos pluma de escribiente y bata de médico, el método de lo que hacemos o escribimos siempre se basa en la comprensión y la empatía, usa la ciencia y la conciencia, busca el alivio, la curación o el cambio. Todo eso requiere seriedad pero no aburrimiento, y rigor pero no del tipo mortis.
Así que, ¿porque no nos ayudamos mutuamente a encontrar diferencias más originales o divertidas?

En primer lugar, la inspiración.

Me refiero a inspirar y expirar, no a la de las musas. Cuando se usa la mascarilla ambas funciones respiratorias resultan perceptibles, cuando en buena ley deben ser automáticas, casi inconscientes. Con ellas, respirar es una función asmática, un oficio de ventiladores, no el arte sublime de la oxigenación.

Hablando de arte. Por mucho que se engalane una mascarilla nunca inspirará categoría artística. Si acaso cabe cierta personalización, cierta estética de lo funcional, que no tiene por qué ser necesariamente feo. Pero arte, no. Aunque no dudo de que acabará habiendo alguna notoriedad de las artes posmodernas que se atreva a colgarlo en la feria mercantil de las vanidades.

Pero, concluyendo, por mucho que dure, una mascarilla nunca acabará siendo un objeto atesorado en la familia, ni una decoración de las paredes hogareñas.

En segundo lugar, la expiración.

De expirar y extinguir, de acabar y fenecer, de ahogar al ánima que anima la vida. No usamos mascarillas para preñar la vida de buena esperanza, ni para ahogar el grito de la parturienta que precede al llanto de la vida. Por mucho que proteja o salve, una mascarilla nunca orlará los extremos de la vida. Se agotará en sí misma. Se deteriorará y ajará, y su vejez será desdoro, no merecedora de esa pátina que convierte lo viejo en antigüedad.
No así con las máscaras. Las hay para orlar la extinción. Para disimular la fiereza cadavérica, para presentarte digno ante los dioses, para pasar a la eternidad de los humanos, para organizar exposiciones y especular subastas artísticas, incluso para robar con discreción y distinción, o para disimular la fealdad de los fantasmas grotescos.

Mascarillas para mitigar la expiración, máscaras para adornar la extinción.

En tercer lugar, la condición.

Por mucho que lo intente, el insolente mascarón nunca servirá para un baile de disfraces, nunca atrapará el misterio de la belleza, ni disimulará el desliz de la mirada, la picardía del gesto, ni excitará la tentación de retirarla. Antes bien, por mucho que mude de sitio no mudará de condición. Se escurrirá a tapaboca, bajará a bufanda, subirá a visera, se descuidará en anteojos, pero nunca ascenderá de condición ni categoría.

Mascarilla es a mascara, como careto a carita, como bruja a hechicera. La mascarilla desvela ansiedades, la máscara vela intenciones. La condición de una es purificadora, la de la otra es disimuladora.

Qué curiosa condición, la mascarilla tapa el morro pero no oculta la identidad, la máscara cubre facies, disimula los ojos y oculta a la persona.

En cuarto lugar, la protección.

Dejar salir el aliento o detenerlo, dejar entrar el aire o filtrarlo. Impedir que salgan o entren miasmas. Tapar todos los resquicios del riesgo, y al hacerlo aliviar aprensiones, resolver hipocondrías. Todas esas funciones, amén de las psicológicas, tienen las mascarillas. Estas últimas, aunque no son tan graves, no son menores, pero hay muchas otras diferencias que abarcan desde la epidemiología a la legalidad. Por ejemplo…

Protección propia y ajena, sentido de la responsabilidad social, buena educación cívica, tolerancia, moralidad, compromiso, ética, obligación legal… Pero también celo, recelo, suspicacia y paranoia.

Quién nos iba a decir hace algunos meses, que se pudiera hacer, decir, esperar tanto de una simple mascarilla.

Las máscaras, sin embargo, no protegen más que a la identidad. Quien se oculta tras una de ellas no busca nada de eso, salvo quizá, la identificación con pautas comunes, sociales, étnicas, lúdicas… al tiempo que la personalización de lo individual.

En quinto lugar, la composición.

De papel, de papel doble, de papel especial, de celulosa, de propileno, de algodón tejido, de tela de sábanas, de doble o triple tela, de telas especiales, de plástico, de impermeables, de bolsas de aspiradora, de… cualquier cosa con el único límite de la imaginación humana.

Veamos: Las caseras se pueden hacer con muchas coas, por ejemplo bolsas de aspiradora al vacío, que logran un 86% de eficacia contra los virus. Los trapos de cocina hasta un 73% de eficacia. Los tejidos de mezclas de algodón un 70%. Las fundas de almohada llegan hasta el 68%. Y también hay mascarillas hechas con materiales que tienen capacidad filtrante específica, como el Tejido-no-Tejido (TNT: textile non-tissé) convencional de 50-60 g/m2 o espesor de 0,3 -0,5 mm. El Ministerio de Salud recomienda utilizar los tejidos habituales para no tener que realizar ensayos de biocompatibilidad con la piel humana, como por ejemplo el TNT 50% viscosa 50% poliéster, que tiene avalada esta característica. Pero las buenas, buenas, las quirúrgicas tipo II o IIR están hechas de propileno suave o celulosas de alta calidad. Las famosas FFP están hechos de materiales sofisticados, como el Meltblown o el Spunbond que son varias capas (3 a 5) de un “no-tejido” de polipropileno.

En fin, que triste, que ingenio, que pena, que manera de buscarle los tres pies al gato de la pandemia.

Sin embargo, las máscaras se pueden hacer de lo que uno quiera, materiales de origen animal, vegetal o mineral. Tela, plástico, metal, madera, cerámica, vidrio, oro, turquesa, hierro, cobre, barro cocido, cera, piedra, cuero, mimbre, piel de animales, caparazón de tortuga, vaina de hojas, liana trenzada, tela bordada o pintada, tejidos de lana, plástico, yeso, madera, papel… Con tal de echarle arte al material, cualquiera sirve, de ahí su belleza y su valía.

En sexto lugar la caracterización.

Hemos llegado al punto crítico, al más complejo, pues como quien no dice nada hemos de conjugar cuatro palabras: carácter, persona, máscara y mascarilla. Vayamos por puntos.

Primero, el carácter: Cuando una persona usa una mascarilla, le imprime carácter. El a ella y viceversa. Tirando hacia atrás, carácter es en latín character y en griego χαρακτήρ (kharakter), y significa el que graba, del verbo χαράσσειν (kharassein), grabar, marcar con una estaca, y el sufijo -τήρ (-ter), agente, el que hace marcas. Pero yo sé, aunque no lo digan los diccionarios, que carácter y careta se parecen mucho, y careta es sinónimo de máscara y por extensión de mascarilla.

Segundo, la persona: Persona y máscara son casi la misma cosa. Todos los seres humanos tenemos una de cada, lo que soy, y lo que represento. Me explico. Persona, palabra que viene del latín, era en origen la máscara del actor teatral. Equivalía al griego πρóσωπον (prósôpon), que significa máscara y también individuo. Cada persona humana lo es física, química, social, legal… mente, psicológicamente. En español que es un lenguaje minucioso, hay tres personas, la primera, la segunda y la tercera. La primera es la que se pone la mascarilla, la segunda es la que no recibe los miasmas si la primera se la pone, y la tercera son la gente corriente, las que siempre hacen todo mal.

Tercero, la máscara: Como en los teatros griegos no había micrófonos, y a veces la voz del actor no era suficientemente potente, se usaban máscaras, que se llamaban per-sona, algo así como “para-sonar”, como si fueran bocinas amplificadoras de la voz, al salir esta por la apertura de la boca. Pero eso es poco posible. Lo más seguro es que las máscaras tapaban la cara del actor a la vez que expresaban sentimientos mediante muecas de tristeza, alegría, ira, etc. Sobre ese primitivo concepto se han acumulado veintitantos siglos de drama y literatura, de arte y psicología, hasta llegar al moderno concepto de personalidad, que viene a ser como la máscara que ponemos delante de la cara para ser y parecer, para relacionarnos y dejar nuestro rastro en la vida. Luego, queda claro, la máscara revela a la persona, al tiempo que la oculta.

Cuarto, la mascarilla: La relación entre mascarilla y persona es más circunstancial, un tanto espuria. La mascarilla es más humilde que la máscara. No nos personifica, no nos caracteriza, salvo de forma muy tangencial, solo a tenor de cómo la usamos. De ahí el título de libro. Esas veinte maneras de ponerse una mascarilla, y también de quitársela, hablan mucho de cómo somos. Dime como te la pones o te la quitas, y te diré como eres. Básicamente hay quien la usa con destreza y elegancia, y otros somos patosos, descuidados o, como diría un árabe, hacemos la سَخِرَة (sakhira), que significa hacer el ridículo cuando nos la ponemos o quitamos. Pero eso queda para el siguiente epígrafe.

En séptimo lugar, las veinte maneras de ponerse (y quitarse) una mascarilla.

Las máscaras solo tienen dos funciones: de disimulación o de simulación. Eso sí, con miles de matices… pues los humanos, aunque acomodaticios, somos seres curiosos e inquietos; devotos y sumisos, pero irreverentes; rústicos émulos de la masa, pero creativos.

Pero en lo referente a las mascarillas… ¿cuántos usos y manías hay? Hasta en las maneras de ponerse, o de quitarse, las mascarillas somos diferentes y originales.

Pongamos que veinte, por decir algo que antes ha resultado ingenioso. No obstante se admiten ideas, observaciones, anécdotas, descripciones de las maneras de ponerse y quitarse la mascarilla.

Por ejemplo…

La normal y canónica, llamada también tapabocas o cubreboca, según países.
De barbijo o barbuquejo.
De bozo o embozo.
Justo por debajo de la nariz, con ésta pendulona y desvergonzada
Para la boca solo, lo justito.
Para el cuello, a modo de pañuelo, de bufanda, o de cortavientos.
De anteojos, para no ver tanto dolor.
De antifaz.
De frontal.
De visera.
De boina.
De pendiente, una colgada de una oreja, o dos de dos.
De pulsera.
De bolsita de mano. En esta modalidad las he visto usar para pasear las llaves, el móvil, unas pocas monedas, etc.
He visto usarlas para recoger excrementos de perritos
Y le dejo otras cinco para que usted anote sus propias opciones:

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1 Comment

  • Buenísimo, noch einmal.

    Pero a.mi si me incita/excita descorrer el Velo de Maya. Y no solo con las mujeres, a las que, como un Joe Cocker de pacotilla, siempre puedo autorizar para dejarse al menos la mascarilla puesta. Esta misma mañana, a un compañero simpáticote, varón con el que comparto microsexismos como el antedicho, le he pedido que me revelase la verdad. Nuestros alumnos comunes me habían cotilleado que me iba a llevar la sorpresa más grande del instituto, habida cuenta de que soy nuevo. Así que se lo he pedido tal cual, por la cara, nunca mejor dicho. Y, oh dioses!, el hombre ha pasado, como por ensalmo, de parecer caucásico a ser semita. Yo, por mi parte, me he sentido en la obligación de retribuir el strp-tease, y toda barrera ha caído, como en 50 sombras de la covid… (Casi se cae de culo con la epifania de mi adonica faz, no hace falta decirlo).

    De modo que sí, la mascarilla también como permutador inesperado de etnias, chupa del frasco carrasco.

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