Centenario del Ulysses: James Joyce contra las Neurociencias…

100 años de la publicación de "Ulises" de James Joyce

«Toda vida consiste en muchos días, día tras día, caminamos a través de nosotros mismos encontrando ladrones, fantasmas, gigantes, viejos, jóvenes, esposas, viudas…«

«Ulises«, James Joyce 

Si fuésemos honestos, todos deberíamos titular nuestro suelto de hoy, a cien años vista de la publicación de Ulysses en París, y 140 años del nacimiento de su autor, con un “Yo tampoco he leído el Ulises de Joyce”, y sería hermoso en su modestia, como el propio matrimonio Bloom y su entorno. Pero el caso es que algunos lo tenemos en casa, y no para presumir[1] (de modo análogo a lo que Francisco Umbral contaba de que una vez que Baroja visitaba a Ramiro de Maeztu el hombre tenía el Zaratustra de Nietzsche abierto por exactamente la misma página…[2]), sino para leerlo en porciones, como los quesitos de La vaca que ríe. Habría que ser un auténtico bulímico de la Literatura, un “beato de la cultura” como diría Ortega y Gasset, para zamparse el clásico más clásico de las vanguardias de un empellón, algo así como tres meses a pan y agua y sin salir de casa hasta que nuestra querida Molly llegase al fin a puerto con su fantástico “Sí quiero Sí….”, gracias al cual Joyce performa -perdón- el prodigio de que una simple mujer sin apenas cultura, de vida sencilla y para colmo adultera redima todas las pequeñas miserias de la humanidad acaecidas en el Reino de Este Mundo. Yo también “quiero sí”, pero tuvo razón aquel crítico -¿Valery Larbaud?- que afirmó a la sazón que leído así el Ulises se convertía en una absurda condena a trabajos forzados[3]. No es una buena estrategia, por tanto, abordar el primer tocho de Joyce como si se tratara de El Señor de los Anillos, así como no lo es tampoco hacer el menor caso a Cortázar cuando nos aconseja su bobada adolescente de jugar a la rayuela con su novela homónima –y encima aderezando su exhortación con un tonto apelativo de género que hoy estaría con toda justeza muy mal visto. Es mejor idea, creo, conocer la trama general del novelón (sin ir más lejos, está bien apretada aquí, pero hay en la red versiones más amplias, y luego hacer las calas que a uno le vayan apeteciendo conforme se entera o no de lo que se encierra en cada episodio. Así, yo leí por ahí que en cierto momento Joyce imita a Thomas de Quincey, y como me encanta Sir Thomas ataqué ese tramo y dejé el resto para otro día. Es como hacen los taxistas (no saquemos el tema de las VTCs ahora…): ninguno se recorre su ciudad entera el primer día, sino que van conociéndola según rutas concretas, construyendo el todo a partir de una infinidad de detalles… 

Tantos detalles, en realidad, que Ulises no es más que la erupción loca y cachonda de la forma novela convertida en una hilarante y brutal perfusión de coladas de detalles en todas direcciones, dicho sea con el lenguaje de la vulcanología a que nos familiarizó la experiencia de la Palma. Joyce apretó a fondo el pedal del “monólogo interior” en Ulises, una técnica cuya paternidad los manuales de literatura achacan a Édouard Dujardin en Les lauriers sont coupés, de 1888, pero que en realidad ya estaba enterita y verdadera en el impactante y desconcertante final abierto de Retrato de una dama de Henry James, siete años antes, ese tremendo pasaje en que Elisabeth Archer se da cuenta hundida en un sofá de que ha perdido años de juventud y toda una fortuna -además de fracasar a los ojos ilusionados de un amigo difunto- casándose con un cretino pedante. James Joyce conocía a Dujardin, y había analizado elogiosamente que “el lector se encontraba, a partir de las primeras líneas, instalado en el pensamiento del personaje principal. El desarrollo ininterrumpido de este pensamiento, substituyéndose completamente a la forma usual del relato, es el que enseña al lector lo que hace este personaje y lo que le sucede.” El propio Dujardin había escrito en un ensayo de 1931 que “el monólogo interior es (…) el discurso sin oyente y no pronunciado, mediante el cualun personaje expresa su pensamiento más íntimo, el más cercano posible del inconsciente, anteriormente a toda organización lógica…”, y que su objetivo es “evocar el flujo ininterrumpido de pensamientos que atraviesan el alma del personaje a medida que surgen y en el orden que surgen, sin explicar el encadenamiento lógico (…), por medio de frases reducidas al mínimo de relaciones sintácticas, de forma que da la impresión de reproducir los pensamientos tal como llegan a la mente”. Pero Joyce sin duda conocía también profundamente a James, no sólo porque escribiera en su lengua y porque fuera un autor inexcusable en su tiempo (y quiero pensar que hoy también, pero Arturo Pérez Reverte quizá no estaría de acuerdo), sino porque así nos lo confirma Richard Ellmann en su monumental biografía del escritor –por cierto, sin duda muy extensa y muy pormenorizada,  pero no muy completa, puesto que nos hurta toda la jugosa información de las cartas guarras de Joyce a su mujer Nora, una chica tan lista que se negó obstinadamente a leer los geniales ladrillos de su marido, pero de las que podéis haceros una idea aquí (no apto para melindrosos). Ellmann, en efecto, narra en la página 733 de su esforzado volumen que en una ocasión Joyce, algo alterado, comenzó una frase espetando “Mr. Seldes, sé que el Dial no es una institución caritativa…”, y la terminó expresando, por deformación profesional, “… No, esto parece una frase a lo Henry James; volveré a empezar…”  

Que Henry James adelantara la exploración del monólogo interior no tiene nada de sorprendente, dado que había sido su hermano William el primero en teorizarlo en Principios de Psicología, tratado publicado más tarde, en 1890, por lo que parece claro que algo habrían hablado del asunto en familia. Pero eso no tiene importancia alguna ahora, lo que me importa a mi especialmente aquí es que esta misma mañana nos hemos desayunado con la noticia de que empresas tecnológicas como Neuralink o Kernel llevan años intentando replicar el arte de James Joyce pero con propósitos mucho más turbios. Piensan, estos villanos de película de James Bond, que si la “corriente de conciencia” -ese el nombre exacto que le dio William James- puede ser conocida, entonces también puede ser reorientada con objetivos de negocio o de simple poder, al modo de los múltiples intentos históricos que se han hecho de modificar el curso de los ríos. James, o Joyce, o Woolf, o Martín-Santos, no pusieron a la vista del lector una corriente de conciencia particular para dar a entender que estaban haciendo ciencia del espíritu humano, sino para reflejar hasta qué punto ese espíritu humano es libre, impredecible y saltarín incluso la más cotidiana y vulgar de sus transiciones mentales. Los griegos arcaicos, de hecho, denominaban a la mente “mariposa”, y eso es lo que significa precisamente el término psyché del que nace nuestro mostrenco terminológico y dudosa disciplina científica llamada “Psicología”. No puede, en realidad, haber Psicología, es decir, discurso acerca del devenir errabundo de nuestra mariposa interior, porque dejaría entonces de ser un bello insecto que va de flor en flor para ser una maquinita predecible a la que controlar con tres palancas elementales. Pongamos un ejemplo del propio Ulises, en el que Leopold Bloom cavila lo siguiente…  

Me animo a decir que el suelo engordaría con el abono de cadáveres, huesos, carne, uñas, osarios. Horribles. Se vuelven verdes y rosas, se descomponen. Se pudren rápido en la húmeda tierra. Los flacos viejos son más duros. Luego como ceroso con aspecto de queso. Luego se empieza a poner negro, una melaza que se les rezuma. Luego se secan. Mariposas de la muerte. Claro que las células o lo que sean siguen viviendo. Van cambiando. Viven prácticamente para siempre. Nada para comer se comen ellas mismas. 

Nora Barnacle (su mujer) y James Joyce,

Pero deben criar un infierno de gusanos. El suelo debe formar remolinos con ellos. Se le arremolina la cabeza a uno. Esas lindas chicas en la playa. Él parece bastante contento con esto. Le da una sensación de poder ver a los demás ir bajo tierra primero. Me pregunto cuál es su mirada sobre la vida. Cuenta sus chistes, además: lo pone de lo más feliz. Aquel del boletín. Spurgeon se fue al cielo a las 4 AM esta mañana. Las 11 AM (hora de cerrar). No llegó todavía. Pedro. Los mismos muertos los tipos de alguna manera querrían oír algún chiste o las mujeres saber qué está de moda. Una pera jugosa, o un jugo de frutas para damas, caliente, fuerte y dulce. La humedad, afuera. Hay que reírse a veces así que mejor hacerlo así. Los sepultureros en Hamlet. Muestra el profundo conocimiento del corazón humano. No se anima a contar un chiste de muertos por dos años, al menos. De mortuis nil nisi prius. Primero hay que salir del duelo. Difícil imaginarse su funeral. Parece como un chiste. Leer el propio obituario dicen que uno vive más. Como que da nuevos ímpetus. Un nuevo contrato para vivir. 

Me pregunto qué podrían obtener de algo así nuestros ambiciosos empresarios del control mental, esos que pretenden colocarnos las gafas del Metaverso de Zuckerberg para estudiar hasta la más mínima reacción de nuestras pupilas a su porquería de estímulos perceptivos virtuales… ¿Qué la sociedad irlandesa del 1916 estaría muy interesada en contratar a mansalva pólizas de seguros de vida? ¿O que  pobres diablos como Bloom demandan claramente que se les ofrezca la opción de incinerarse? ¿Tal vez que el dublinés común ha leído mucho el Hamlet de Shakespeare y por tanto hay que hacer llegar a las librerías locales obras de Christopher Marlowe en formato bolsillo? Yo creo que no saben muy bien lo que quieren, y que primero están obsesionados en saber cómo se hace eso de descerrajar almas ajenas y luego ya pensarán como lo monetizan, como decimos ahora. Y eso, y no otra cosa, es lo que denominan, con gran solemnidad, “Neurociencias” hoy: la misma detestable ingeniería de almas que predicaba Stalin pero accediendo directamente al teatrillo interior, ya que no funcionó tan bien transformando el teatro exterior. Desde luego, no era eso lo que en Ulises se pretendía. Si Joyce hubiera querido eso, se habría metido en el tinglado de establecer los cocientes de inteligencia de la población negra en Estados Unidos, que acababa de estrenarse entonces para desgracia de los negros. No, es más bien lo que decía Borges… 

https://www.youtube.com/watch?v=Z_XveIxJqfQ&t=219s

Dispersos en dispersas capitales, 

solitarios y muchos, 

jugábamos a ser el primer Adán 

que dio nombre a las cosas. 

Por los vastos declives de la noche 

que lindan con la aurora, 

buscamos (lo recuerdo aún) las palabras 

de la luna, de la muerte, de la mañana 

y de los otros hábitos del hombre. 

Fuimos el imagismo, el cubismo, 

los conventículos y sectas 

que las crédulas universidades veneran. 

Inventamos la falta de puntuación, 

la omisión de mayúsculas, 

las estrofas en forma de paloma 

de los bibliotecarios de Alejandría. 

Ceniza, la labor de nuestras manos 

y un fuego ardiente nuestra fe. 

Tú, mientras tanto, forjabas 

en las ciudades del destierro, 

en aquel destierro que fue 

tu aborrecido y elegido instrumento, 

el arma de tu arte, 

erigías tus arduos laberintos, 

infinitesimales e infinitos, 

admirablemente mezquinos, 

más populoso que la historia. 

Habremos muerto sin haber divisado 

la biforme fiera o la rosa 

que son el centro de tu dédalo, 

pero la memoria tiene sus talismanes, 

sus ecos de Virgilio, 

y así en las calles de la noche perduran 

tus infiernos espléndidos, 

tantas cadencias y metáforas tuyas, 

los oros de tu sombra. 

Qué importa nuestra cobardía si hay en la tierra 

un sólo hombre valiente, 

qué importa la tristeza si hubo en el tiempo 

alguien que se dijo feliz, 

que importa mi perdida generación, 

ese vago espejo, 

si tus libros la justifican. 

Yo soy los otros. Yo soy todos aquellos 

que ha rescatado tu obstinado rigor. 

Soy los que no conoces y los que salvas. 

Cyril Connolly escribió que la “mariposa” de Joyce tenía dos alas aparentemente contrapuestas. Conforme a la primera, el escritor era ese ser “legendario, ciego, pero paciente, pomposo, irritable, inextricable”, y conforme a la segunda, Jim era ese “personaje irlandés cariñoso y concupiscente”. Cien años después de la gran putada que nos hizo con el laberinto de su Ulysses, vamos a quedarnos con eso… 


[1] Tal vez un poco, para qué nos vamos a engañar, como yo mismo en Ulissex y Nieves y bienes sobre Madrid a los 80 años de la muerte de Joyce

[2] Aunque la que se lució de verdad fue Edith Wharton, que me cae fatal (no dejen de leer su biografía de la mano de mi compañero y colega, Jorge Freire), cuando escribió a su amigo Bernard Berenson que el Ulises es “un maremágnum de pornografía (de la peor calaña, propia del colegial más ordinario) y una sarta de chorradas indefinidas e insignificantes”  

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5 Comentarios

  1. says: Óscar S.

    En realidad, tal como yo lo veo, toda la obra de Joyce posterior a Dublineses gira en torno a Nora Barnacle, su mujer y madre de sus hijos. No a Nora en tanto sublimación de la feminidad, al modo de una Musa intocable y venerada, sino todo lo contrario: Nora en tanto carne mortal y temperamento natural, sin doblez ni rebuscamiento intelectual alguno. Joyce la conoció íntimamente por primera vez en el Hotel Finn, y no solamente hizo con ella en años posteriores la experiencia sexual más intensa posible, también comprendió que en eso consiste la verdadera vida para la inmensa mayoría de los organismos sintientes, y no, por ejemplo, los estudios sesudos de las claves de la belleza en Santo Tomás de Aquino. Molly Bloom es, sin duda, Nora en la hipótesis de una infidelidad hacia él, porque sin duda James era perfectamente consciente de que ella estaba en posesión de una fuerza vital, por así llamarlo, mucho mayor que la suya, y jamás dejó de sentirse muy por debajo de ella pese a sus diferncias de formación e inteligencia. Digamos que es como si Joyce testimoniase en Ulysses algo así como el traspaso del testigo de la existencia a Nora, y a la vez mostrase su agradecimiento hasta el punto que superar en su imaginación los celos frente las anteriores relaciones de ella.
    ¿Más pruebas?: Finnegans wake, el particular Everest de Joyce, sigue conservando el “Finn” del Hotel Finn al comienzo de su título, es decir: Nora siempre, Nora emplazada en el corazón de todo lo que Jim escribió en su vida, everlasting Nora, pero no, insisto, como la idealizada Beatriz de Dante, sino en tanto persona real (“mujeres reales”, decimos ahora en los contra-canlendarios anti-industria del modelaje que sacan chicas de verdad) con la que cohabitar, hacer una familia y fornicar, hasta el fin de tus días … Joyce, el Joyce colosal, no hizo otra cosa que defender eso, defender lo que Nora representa para el mundo, contra todo y contra todos, y valiéndose de los recursos lingüísticos y estilísticos que se le alcanzaron. Existe una película de Ewan McGregor acerca de esta etapa de la escritura del Ulysses que se llama, muy acertadamente, Nora.

    A mi me parece admirable…

  2. says: Óscar S.

    A Pacumbral le encantaban los bulos y las maledicencias. Este de aquí arriba yo lo leí, si no lo recuerdo mal, en Del 98 a Don Juan Carlos, hace treinta años, y después en Las palabras de la tribu, que es el álbum de filias y fobias más arbitrario y cruel de la literatura hispana. Pero tal como lo cuenta en este último no tiene mucho sentido, así que me decanto por la versión anterior, tal como la recuerdo.

  3. says: José Rivero

    Excelente tu paseo joyceano en un año crucial. Igual que tu autocomentario sobre la centralidad de Nora en ese mundo tan torcido como recto, tan admirable como reprobable. Joyce bien vale una fatiga, por más dificultades que nos acometan. Me han regalado la edición ilustrada de Ulises, por Eduardo Arroyo que está lleno de sugestiones visuales. Por más que determinados textos nucleares de la cultura sea imposible ilustrarlos. Pese a todo Arroyo nos invita a un viaje paralelo que invita a algo. Todavia no se bien qué.

  4. says: Oscar S.

    Gracias. Sí, la portada se me hace rara, porque mi sinestesia respecto de Ulises es colorido abigarrado, y en cambio el nos planta una mancha oscura en portada…

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